martes, 8 de marzo de 2011

Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma de 2011

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Os facilitamos el mensaje de Benedito XVI para este tiempo de Cuaresma.
Carta Papa Cuaresma 2011

lunes, 7 de marzo de 2011

María de Nazaret: Magnificat realizado en ella

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El Magnificat está recorrido por un dinamismo pascual. Lo mismo que en otros himnos bíblicos, nace de una experiencia de paso, de tránsito, de transformación (es eso lo que sig¬nifica en hebreo la palabra pascua). Los personajes que suelen entonarlos son, con frecuencia, mujeres cuya si¬tuación inicial era de negatividad y desolación pero a quienes la acción de Dios ha cambiado la suerte y se han convertido en «mujeres canto¬ras»: la Biblia al recordarlas, nos ha dejado las palabras de júbilo más hermosas, los himnos más entusias¬mados, las expresiones más gozosas y radiantes.
MariaMagnificat (1)

Oración en torno a la situación de la mujer

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Fue en 1911 cuando se celebró por primera vez el Día Internacional de la Mujer Trabajadora con una reivindicación a favor del derecho al voto, el derecho al trabajo y la no discriminación laboral. La elección del 8 de marzo tuvo su origen en los hechos sucedidos en la misma fecha del año 1908. 146 mujeres, trabajadoras de la fábrica textil Cotton, de Nueva York, murieron calcinadas en un incendio provocado por las bombas incendiarías que les lanzaron como respuesta ante la negativa de abandonar el encierro en el que protestaban por los bajos salarios y las infames condiciones de trabajo que padecían.
oracion 8 marzo

sábado, 5 de marzo de 2011

La fuerza del Evangelio

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6 de marzo de 2011
Mateo 7, 21-27

Mateo concluye el gran discurso de Jesús en una montaña de Galilea con dos breves parábolas, narradas con maestría y fáciles de recordar por todos. Su mensaje es de importancia decisiva: seguir a Jesús consiste en «escuchar sus palabras» y en «ponerlas en práctica». Si no lo hacemos así nuestro cristianismo es una insensatez. No tiene sentido alguno.
El hombre sensato construye su casa sobre roca firme. Por eso, cuando llegan las lluvias torrenciales del invierno y el agua desciende de los montes y soplan los fuertes vientos del Mediterráneo, la casa no se hunde: «está cimentada sobre roca». Así es la Iglesia formada por creyentes que se esfuerzan por escuchar el Evangelio y ponerlo en práctica.
El hombre necio, por el contrario, construye su casa sobre arena, en el fondo del valle. Por eso, al llegar las lluvias, los aluviones y el vendaval, la casa «se hunde totalmente». Así se desmorona el cristianismo cuando no está fundamentado en la roca del Evangelio escuchado y practicado en las comunidades.
En la conciencia moderna se ha producido un profundo cambio cultural que está poniendo en crisis el nacimiento y la vivencia de la fe cristiana. Cada vez se va haciendo más difícil despertar una fe viva en Dios y en Jesucristo por vía de "adoctrinamiento". Señalemos dos causas fáciles de detectar.
Por una parte, está en crisis la autoridad, toda autoridad. Es difícil que la fe brote hoy de la obediencia a una autoridad religiosa que se presente como poseedora de la verdad. La palabra que pronuncia la Iglesia desde su posición de autoridad sagrada no resulta hoy por sí misma ni creíble ni atractiva.
Por otra parte, más que doctrina religiosa, las personas buscan una experiencia que les ayude a vivir con sentido y esperanza. Muchos hombres y mujeres se distancian casi instintivamente de cualquier iniciación a la fe entendida como "proceso de aprendizaje".
Hemos de creer mucho más en la fuerza transformadora del Evangelio. Las palabras de Jesús tienen más poder que nuestras doctrinas. Su Buena Noticia es más atractiva que todos nuestros sermones. ¿No ha llegado el momento de formar grupos, crear espacios, posibilitar encuentros en los que la gente de hoy tenga la oportunidad de entrar en contacto directo con el Evangelio para escuchar a Jesús y descubrir juntos su Buena Noticia?
Muchos que se sienten perdidos y viven sin esperanza podrían descubrir con alegría que no están solos, que pueden confiar en un Dios Padre y que pueden vivir con la esperanza de Jesús. Es lo que más necesitan.
José Antonio Pagola

Una escucha edificante

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En la gran exhortación bíblica que atraviesa toda la Escritura Santa, se nos invita a escuchar a Dios: “Escucha, Israel” …“Este es mi Hijo bienamado, escuchadle”. El que hizo las cosas diciéndolas: “Dijo Dios, hágase”, las rehace a través de la palabra redentora de su propio Hijo. No es por tanto una cuestión secundaria lo de escuchar a Dios, y por este motivo la Iglesia nos convoca para escuchar juntos los hablares del Señor cada domingo.
Nos dice el libro del Deuteronomio que Dios pone ante nuestros ojos una bendición y una maldición (Deut 11,18-28), como para indicarnos que en la realidad en la que nuestra vida se desenvuelve hay siempre una gran cuestión: cómo se sitúa nuestra libertad. Y es aquí donde encontramos una llamada de atención que examina en definitiva nuestra actitud oyente. Porque podemos escuchar de tantos modos a este Deus loquens, un Dios que tiene boca y que sabe y quiere hablarnos. Podría sonarnos en el oído la letra de su voz e incluso saber tatarear la música escondida en su relato, y aprendernos de carrerilla incluso alguna oración: “Señor, Señor…”, como irónicamente nos dice el Evangelio. Y a pesar de todo ello, permanecer sordos a lo que hablándonos Dios nos quiere dar, hacer, alertar, confirmar o reprender.
El Evangelio de este domingo nos pone precisamente ante ese juego de la libertad en la cual se cifra nuestra calidad oyente del Señor que nos habla. Y viene a preguntarnos plásticamente sobre qué firme edificamos nuestra vida, a qué, a quién y cómo entregamos nuestra entrega cuando nos damos. Si lo que es importante en nuestra vida como es el amor, los ensueños, aquello en lo que nos empeñamos o lo que guardamos como recuerdo, lo construimos sobre una arena movediza que no tiene fundamento, es arriesgarse irresponsablemente a que nuestra vida sea fatalmente vulnerable, insulsa, vacía, sin significado y víctima de la improvisación o de cualquier desaprensivo ataque.
Escuchar al Señor es edificar sobre la roca, caminar en la compañía de su Palabra que nos da la vida, que nos ilumina en las cañadas oscuras, que en medio de las tormentas nos pacifica, que es capaz de ablandar nuestra dureza de corazón, y con su verdad nos salva de la mentira. Pero este tipo de escucha honda y sincera, es la que traduce a la vida concreta lo que ha escuchado de los labios de Dios: no os contentéis con oír la Palabra, sino poned por obra lo que habéis escuchado. Lo que decimos con los labios no lo contradigan nuestras obras, y que éstas sean el fiel reflejo de lo que hemos oído al Señor.

Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo: A. A. de Huesca y Jaca

Domingo 9º A (Primera “Javierada”)

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“Obras son amores y no buenas razones", “amaos de verdad y no sólo de boquilla”… Al menos en esto, puede que estemos de acuerdo. Jesús insiste: “No todo el que me dice: ‘Señor, Señor’ entrará en el Reino de los cielos, sino el que cumple la voluntad de mi Padre que está en el cielo.” (cf. ev.). Y el querer del Padre es que nos amemos como Él nos ama… ¡Gracia y programa decisivo para vivir, morir y resucitar con Él!
Partícipes de su vida, dar a conocer a Jesucristo y su Evangelio es tarea permanente de todo cristiano. Habrá, además, que presentarlo en atención a las diversas circunstancias culturales y personales. Evangelizar, “nueva evangelización”… es clamor del cielo y de la tierra. Pero, para difundir fielmente la Buena Noticia de Jesucristo, hay que vivirla. Se ha dicho con acierto: “el mejor predicador…, ¡fray ejemplo!”, la auténtica vida creyente.
Por ello, no nos podemos quedar en bellas teorías y espléndidas celebraciones. Sin la verdad del amor, sin unión de corazones en la fe y la esperanza, seríamos como aquella casa edificada sobre arena: se viene abajo ante las contrariedades, defrauda a propios y a extraños. Lo que nos salva y hace santos, lo que nos configura con Jesucristo, no son los grandes ritos, sino la gracia de Dios acogida con fe (cf. 2ª lect.).
Ésa es la primera urgencia, siempre gratuita y gratificante. Nos apremia el Amor de Dios que va haciendo el corazón humano semejante al de Jesús. Y, de esa fuente salvadora, cada uno podrá beber sin cesar y, si quiere, cooperará generosamente para que todos lleguen a vivir con la dignidad de los hijos de Dios.
Hoy, como cada día, a la luz de la Palabra de Dios, será bueno preguntarnos por la consistencia de nuestra "casa" (cf. Ev.), por la calidad de nuestra vida. No vaya a resultar tan sólo un decorado sin consistencia interior, sin fundamento de garantía y a merced de los embates caprichosos o perversos. Sabemos, sí, que la vida cristiana se ve acosada por elementos varios, sean de indiferencia, sean de abierta hostilidad.
Es normal que, para nuestro propio bien y el de todos, se nos pida siempre mayor exigencia en la fidelidad al Señor, en el camino del seguimiento llevando la propia cruz, en la entrega constante con servicios de amor generoso. Vivimos con otros, iguales siempre en dignidad, diferentes a menudo en carácter, sensibilidad, cultura, ideología, religión, valores, etc. Estamos expuestos a la intemperie en medio de un mundo cambiante y, no pocas veces, agresivo. Ahí, en contacto con la realidad, también nos da cita el Dios de todos.
Sí, el Señor es la única Roca en la que podemos apoyarnos para edificar en verdad nuestra casa. Así, cuando vengan torrentes y soplen vientos recios en las crisis de la vida, en las dudas de la fe, en las pruebas de la enfermedad o en la aparente pérdida de seres queridos, como en otros momentos difíciles, nada podrá arrancarnos del sólido fundamento, ni siquiera el miedo a la muerte, la última tempestad. Pedíamos con el salmista: “¡Sé la roca de mi refugio, Señor!”; dirígeme y guíame, haz brillar tu rostro, sálvame por tu misericordia. (cf. sal. resp.) Escuchar la palabra del Señor y ponerla en práctica es edificar sobre roca. Escuchar al Señor nos exige discernir y elegir en coherencia creyente. Y, además, nos ayuda. “Meteos mis palabras en el corazón y en el alma… Mirad: hoy os pongo delante maldición y bendición…” (1ª lect.).
Ya veis, hermanas y amigos: el mismo Dios nos invita e interpela, respeta nuestra decisión, nos hizo libres y espera la respuesta. Nada menos que “la bendición” y “la maldición” quedan expuestas al riesgo de nuestro querer, a merced de nuestra libre opción. ¿Cómo no preguntarnos si estamos construyendo la vida personal y social sobre Jesucristo y su Evangelio, o sobre meras costumbres y tradiciones? ¿Ponemos la fe en el Espíritu del Señor? ¿O en promesas y ofertas de ‘los poderes’ de este mundo? Lo que rige nuestro vivir, ¿es el mandamiento del amor o son normas y reglamentos sociales? ¿Acaso el clima cultural del ambiente social está preñado de la luz y el valor de las Bienaventuranzas? ¿No hay que ser en verdad muy audaces?
Sólo Jesús da pleno sentido a nuestra vida, sólo Él nos justifica y nos salva, sólo Él nos enseña cómo amar y afrontar con valor compromisos y responsabilidades. Sólo Él nos motiva sin cesar para asumir los riesgos de la libertad y de la fe. Sí, su Palabra de Vida eterna nos hace vivir en la libertad de los hijos de Dios. Y lo hacemos con alegría desbordante, como siervos suyos, con juventud renovada, entregados a Él para poder amar como Él nos ama. ¿Por qué no asumir el lema de la JMJ, Madrid, agosto 2011?: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe (cf. Col 2,7)”.
Sí, podremos siempre secundar este cariñoso aliento: “¡sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor!” (cf. salmo). Podemos y debemos acudir confiados a Él. Nos lo pide con insistencia: “Venid a mí todos los cansados y agobiados y yo os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón” (cf. Mt 11,28). Escuchemos su voz en este primer domingo de marzo, mes de Javieradas y de la Novena de la Gracia. Son también días especiales para vivir, cerca del corazón ardiente del santo Patrono, cuanto implica lo afirmado en slogan elegido para la presente edición: “Arraigados y afianzados en Cristo, como Francisco Javier”.
Nos ayude santa María, la Madre de Jesús y Madre nuestra. Ella vivió permanentemente anclada en el querer de Dios. Su confianza y su alegría brotaban de saber que Dios quiso fijarse en ella, su humilde esclava. Dios la eligió para Madre y ella creyó en su amor: lo acogió, lo saboreó, lo entrañó, lo acarició y cuidó, y lo entregó… Y todo lo hizo bien: radiante y generosa, con profundo gozo, compatible incluso a la hora de padecer el máximo dolor. Lo cantó en su Magníficat, aceptando libre y plenamente la gracia de compartir, en vida y muerte, la suerte del Hijo Amado.
Al celebrar la Eucaristía, hermanas y amigos, ¿cómo no abrazarnos todos en su canto de gratitud y alabanza? Sí, el Señor hace maravillas. Las hizo en María y en Francisco de Javier. Las hace con muchos hoy y con nosotros. Las hará siempre a favor de todos. Lo sabemos, lo proclamamos, lo celebramos en su santa Iglesia. Y en esta “casa de oración” suplicamos juntos al Padre común que todos -jóvenes, niños, adultos y ancianos- puedan creer en Jesucristo. Para que tengan vida y la tengan en plenitud. (cf. Jn 10, 10)

viernes, 4 de marzo de 2011

Tiempo Ordinario 9 A

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Nos sentimos perdidos en la intemperie.
Pero decimos 'Creo' y de pronto nos sentimos también seguros,
acogidos en la Presencia, tomados de la mano,
mirados con cuidado.
José Arregi
Tiempo Or9





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