sábado, 9 de julio de 2011
Rezar 1 minuto por la paz
Me llegó un correo electrónico invitándome a rezar por la paz, haciéndolo todos los días a la misma hora durante un minuto. Parece que durante la Segunda Guerra un consejero de Churchill hizo la misma invitación a los ingleses y pararon los bombardeos. Parece tan sencillo y cuesta tan poco dedicar un minuto por día a dicha convocatoria que creo que vale la pena intentarlo.
Pero, más allá de si creemos o no en los efectos milagrosos de la oración, me doy cuenta de que rezar es peligroso. Esto lo aprendí hace años, en la película “Tierra de Sombras” que relata la vida de C. S. Lewis. En un diálogo que éste mantiene con su obispo sobre si estaba rezando o no luego de la muerte de su esposa, Lewis responde: “no puedo evitar rezar, pero la oración no lo cambia a Dios, me cambia a mí”.
He meditado sobre esta frase muchas veces, dándome cuenta que cualquier oración tiene un enorme poder transformador. Por eso no dudo en el poder de la oración, sino dónde se ejerce dicho poder. Dejando de lado el tema de la energía, que me resulta nuevo y del cuál prácticamente no sé nada, diría que disponernos a orar es disponernos a ser transformados. Por eso considero que es muy peligroso.
En el caso concreto de la invitación a orar por la paz, el poder de la oración sobre mí sería el de hacerme consciente de todas mis acciones contrarias a la paz. Pero no a la paz como algo abstracto, sino a lo concreto de las pequeñas cosas cotidianas. Al estado de mi corazón con respecto al mandamiento de amar a los enemigos, aunque también debería mirarme con respecto a los amigos que muchas veces son las víctimas de mi corazón no pacificado. Arrancar de mi vida todas las cizañas que me impiden reconocer a Jesús en el otro, sobre todo en el diferente es el desafío de orar por la paz. Y cuando oramos por los más necesitados, por los
hambrientos, por los excluidos estamos orando para ser capaces de acciones
concretas que ayuden a personas concretas a salir de su pobreza o exclusión.
Rezar no es, según creo yo, acudir a un Dios todopoderoso que va a intervenir desde afuera para arreglar los desaguisados que nosotros mismos inventamos, sino que es abrirnos a la Presencia que mora en cada uno de nosotros y en toda la creación, con la disponibilidad para ser transformados. Menudo peligro el de abrir nuestras puertas, el de dejar que se desmoronen las paredes que nos construimos para protegernos de los demás.
“El Espíritu sopla donde quiere”, dice el Evangelio, y alguien dijo: “sopla donde lo dejan”.
A dejarlo soplar entonces, aunque se lleve con su viento nuestras comodidades, nuestras certezas, nuestras ideologías. Aunque nos deje desnudos frente a la vida con las únicas armas de la confianza, la libertad y el amor. Aunque nos demos cuenta de que para que haya paz, o para que nadie pase hambre, ni frío, ni soledad tengo que “salir de mi tierra” y “hacerme prójimo” de los que parecen no tener ningún valor. De aquellos que considero una amenaza, ya sea por la inseguridad de la violencia que hoy estamos viviendo o porque con su sola presencia son como una espada que se clava en mi corazón y me pide a gritos que haga algo y me deja sintiéndome impotente. O me cierra aún más para no sufrir y sigo siendo la otra cara de la moneda de la violencia.
Dios actúa desde abajo y desde adentro, no desde arriba y desde afuera. Dios actúa a través mío y tuyo y hasta que no aceptemos esto no nos haremos responsables por las cosas que pasan en el mundo y que nosotros podríamos cambiar siendo de verdad discípulos de Jesús. Todos los que hoy tenemos “cinco panes y dos peces” tenemos la enorme responsabilidad de multiplicar y redistribuir los bienes para que nadie se quede sin sentarse a la mesa.
A rezar entonces, con entusiasmo y sin parar, pero dispuestos a conseguir aquello que pedimos con nuestras acciones concretas: “porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba desnudo, enfermo, preso… ¿Cuándo Señor? Les aseguro que cuando lo hicieron por el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mt 25, 35-40). Entonces sí la paz quedará asegurada. ¡Feliz Pentecostés para todos!
ECLESALIA, 05/07/11
Pero, más allá de si creemos o no en los efectos milagrosos de la oración, me doy cuenta de que rezar es peligroso. Esto lo aprendí hace años, en la película “Tierra de Sombras” que relata la vida de C. S. Lewis. En un diálogo que éste mantiene con su obispo sobre si estaba rezando o no luego de la muerte de su esposa, Lewis responde: “no puedo evitar rezar, pero la oración no lo cambia a Dios, me cambia a mí”.
He meditado sobre esta frase muchas veces, dándome cuenta que cualquier oración tiene un enorme poder transformador. Por eso no dudo en el poder de la oración, sino dónde se ejerce dicho poder. Dejando de lado el tema de la energía, que me resulta nuevo y del cuál prácticamente no sé nada, diría que disponernos a orar es disponernos a ser transformados. Por eso considero que es muy peligroso.
En el caso concreto de la invitación a orar por la paz, el poder de la oración sobre mí sería el de hacerme consciente de todas mis acciones contrarias a la paz. Pero no a la paz como algo abstracto, sino a lo concreto de las pequeñas cosas cotidianas. Al estado de mi corazón con respecto al mandamiento de amar a los enemigos, aunque también debería mirarme con respecto a los amigos que muchas veces son las víctimas de mi corazón no pacificado. Arrancar de mi vida todas las cizañas que me impiden reconocer a Jesús en el otro, sobre todo en el diferente es el desafío de orar por la paz. Y cuando oramos por los más necesitados, por los
hambrientos, por los excluidos estamos orando para ser capaces de acciones
concretas que ayuden a personas concretas a salir de su pobreza o exclusión.
Rezar no es, según creo yo, acudir a un Dios todopoderoso que va a intervenir desde afuera para arreglar los desaguisados que nosotros mismos inventamos, sino que es abrirnos a la Presencia que mora en cada uno de nosotros y en toda la creación, con la disponibilidad para ser transformados. Menudo peligro el de abrir nuestras puertas, el de dejar que se desmoronen las paredes que nos construimos para protegernos de los demás.
“El Espíritu sopla donde quiere”, dice el Evangelio, y alguien dijo: “sopla donde lo dejan”.
A dejarlo soplar entonces, aunque se lleve con su viento nuestras comodidades, nuestras certezas, nuestras ideologías. Aunque nos deje desnudos frente a la vida con las únicas armas de la confianza, la libertad y el amor. Aunque nos demos cuenta de que para que haya paz, o para que nadie pase hambre, ni frío, ni soledad tengo que “salir de mi tierra” y “hacerme prójimo” de los que parecen no tener ningún valor. De aquellos que considero una amenaza, ya sea por la inseguridad de la violencia que hoy estamos viviendo o porque con su sola presencia son como una espada que se clava en mi corazón y me pide a gritos que haga algo y me deja sintiéndome impotente. O me cierra aún más para no sufrir y sigo siendo la otra cara de la moneda de la violencia.
Dios actúa desde abajo y desde adentro, no desde arriba y desde afuera. Dios actúa a través mío y tuyo y hasta que no aceptemos esto no nos haremos responsables por las cosas que pasan en el mundo y que nosotros podríamos cambiar siendo de verdad discípulos de Jesús. Todos los que hoy tenemos “cinco panes y dos peces” tenemos la enorme responsabilidad de multiplicar y redistribuir los bienes para que nadie se quede sin sentarse a la mesa.
A rezar entonces, con entusiasmo y sin parar, pero dispuestos a conseguir aquello que pedimos con nuestras acciones concretas: “porque tuve hambre y ustedes me dieron de comer, tuve sed y me dieron de beber, estaba desnudo, enfermo, preso… ¿Cuándo Señor? Les aseguro que cuando lo hicieron por el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo”. (Mt 25, 35-40). Entonces sí la paz quedará asegurada. ¡Feliz Pentecostés para todos!
ECLESALIA, 05/07/11
sábado, 2 de julio de 2011
Domingo 14º Día del Papa
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier
En los próximos tres días la ciudad de Pamplona se pondrá de fiesta para celebrar los “sanfermines”. Aquí y con toda la Iglesia, en la oración de este domingo, pedíamos al Padre verdadera alegría y poder disfrutar con los gozos del cielo, gracias a la humillación y al triunfo de Jesucristo. ¡Gracias, sí, a Dios por la Pascua que celebramos! Sabemos que las aspiraciones humanas más nobles, lo sepan o no, conectan con esa súplica. ¡Esto sí que es “fiesta universal”!
Las lecturas iban en la misma dirección: “Alégrate, hija de Sión”, exhortaba el profeta Zacarías anunciando al Mesías que entraría, sobre pollino, en su ciudad. Pensando en ese Jesús hacíamos nuestra la convicción del salmista: “El Señor es clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas”. El mismo Jesús (cf. ev.) se muestra, ante el Padre, feliz y agradecido, y nos llama a todos a descansar y gozar en su presencia.
¿De qué contento nos habla el Señor?, ¿de dónde brota su alegría?, ¿cómo compartir y experimentar su misma dicha? Jesús se alegra porque el Padre Dios se manifiesta a los sencillos. Por lo general, “los sabios y entendidos de este mundo”, según el sentido bíblico, cerrados en sí mismos, autosuficientes y soberbios, ponen mil obstáculos a la comunión de amor que Dios quiere para todos. Pero la cercanía y fidelidad de Dios, su amor y su verdad, la acogen ciertamente “los sencillos de corazón”.
Sí, “la fuerza del cristianismo se encuentra en la debilidad. El sueño de una cristiandad organizada desde los puestos de mando se desvanece en cuanto se abre con honradez el Antiguo y el Nuevo Testamento. El rey que viene no se apoya en el poder ni en las armas. Dicta la paz y la justicia desde la humildad de un borrico (cf. 1ª lect.). Descubre la verdadera sabiduría no a los que creen sabérselas todas, sino a los únicos capaces de captarla: los sencillos, los libres para escuchar y admirarse (cf. ev.). La Vida no se adentra en la carne autosuficiente, sino en el espíritu abierto (cf. 2ª lect.)”
¿Y nosotros?..., ¿cantamos la maravilla de este proceder de Dios?, ¿nos movemos por sus caminos?, ¿facilitamos el encuentro de los hermanos con el Señor? ¿Comenzamos por confiar en Jesús, “manso y humilde de corazón”? ¿Creemos que el Padre lo ha puesto todo en sus manos? ¿Vemos a Jesús viviendo para el Padre y alegrándose con su amor y su querer? Porque Jesús ha venido para dar su vida por los hermanos. Y se alegra con inmenso júbilo al rezar y cumplir su misión: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra..., sí, así te ha parecido mejor”. Vemos cómo, en su misma oración de Hijo, Jesús nos descubre la fuente de su alegría, el manantial del gozo sin fin.
En la oración de Jesús aprendemos a ser nosotros mismos alabanza y acción de gracias: brotan del corazón cuando somos capaces de mirar la vida en positivo; cuando descubrimos, a pesar de todo, lo bueno de las personas y su verdad; también, la variedad y hermosura de la creación. A todos nosotros, la oración, entre otros dones, nos libera de la inquietud y el desasosiego causados por una exagerada dependencia de las cosas, de los programas, de las meras expectativas humanas, de nosotros mismos.
Jesús podía escudriñar y valorar el interior de la gente que le rodeaba. Limitaciones, lejanía y pecado no le impedían percibir la sed de felicidad radical que afloraba en todos los humildes y sencillos. De alguna manera, éstos lo intuían y, por eso, acudían a Él. Hoy Jesús nos invita: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”. ¿Nos sentiremos aludidos?, ¿creerás, hermana/o, que el Señor te habla así a ti en tu actual situación? Sí, estamos agobiados y cansados por muchas cosas, pero podemos alcanzar el descanso que Jesús ofrece. Reconocemos, por qué no, la resistente obstinación a tanta gracia que, en los demás como en nosotros mismos, procede del egoísmo y es precisamente la esencia del pecado.
Sin embargo, podemos ser liberados de todo mal. Él, sólo Él, nos dará la Vida. Jesús resucitado nos comunica el Don por excelencia, su Espíritu Santo. ¿Por qué no confiarnos al Espíritu del Padre y del Hijo? Es el Amor, es el Gozo, es la Paz. Sana nuestra mente y nuestra libertad, nos hace capaces de superar el mal y hacer obras buenas. Ya ha comenzado en nosotros su obra de santidad que nos hace entrever la belleza más querida. Ya comenzamos, por su amor, a degustar en este mundo la felicidad de la vida celestial. ¡Demos gracias a Dios!
Proclamemos juntos la fe de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Y oremos por el Papa, en este su día, domingo inmediatamente posterior a la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Oremos también por “los pamplonicas” y por cuantos se acerquen a “los Sanfermines”. Y por las gentes que, de cualquier clase y nación, trabajan, se fatigan y siguen buscando, aun sin saberlo, lo que no puede dar ninguna fiesta popular ni los mejores proyectos y realizaciones humanas. Que conozcan y amen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él es la Vida; sólo Él, la Verdad, el Amor y la Paz.
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier
En los próximos tres días la ciudad de Pamplona se pondrá de fiesta para celebrar los “sanfermines”. Aquí y con toda la Iglesia, en la oración de este domingo, pedíamos al Padre verdadera alegría y poder disfrutar con los gozos del cielo, gracias a la humillación y al triunfo de Jesucristo. ¡Gracias, sí, a Dios por la Pascua que celebramos! Sabemos que las aspiraciones humanas más nobles, lo sepan o no, conectan con esa súplica. ¡Esto sí que es “fiesta universal”!
Las lecturas iban en la misma dirección: “Alégrate, hija de Sión”, exhortaba el profeta Zacarías anunciando al Mesías que entraría, sobre pollino, en su ciudad. Pensando en ese Jesús hacíamos nuestra la convicción del salmista: “El Señor es clemente y misericordioso, bueno con todos, cariñoso con todas sus criaturas”. El mismo Jesús (cf. ev.) se muestra, ante el Padre, feliz y agradecido, y nos llama a todos a descansar y gozar en su presencia.
¿De qué contento nos habla el Señor?, ¿de dónde brota su alegría?, ¿cómo compartir y experimentar su misma dicha? Jesús se alegra porque el Padre Dios se manifiesta a los sencillos. Por lo general, “los sabios y entendidos de este mundo”, según el sentido bíblico, cerrados en sí mismos, autosuficientes y soberbios, ponen mil obstáculos a la comunión de amor que Dios quiere para todos. Pero la cercanía y fidelidad de Dios, su amor y su verdad, la acogen ciertamente “los sencillos de corazón”.
Sí, “la fuerza del cristianismo se encuentra en la debilidad. El sueño de una cristiandad organizada desde los puestos de mando se desvanece en cuanto se abre con honradez el Antiguo y el Nuevo Testamento. El rey que viene no se apoya en el poder ni en las armas. Dicta la paz y la justicia desde la humildad de un borrico (cf. 1ª lect.). Descubre la verdadera sabiduría no a los que creen sabérselas todas, sino a los únicos capaces de captarla: los sencillos, los libres para escuchar y admirarse (cf. ev.). La Vida no se adentra en la carne autosuficiente, sino en el espíritu abierto (cf. 2ª lect.)”
¿Y nosotros?..., ¿cantamos la maravilla de este proceder de Dios?, ¿nos movemos por sus caminos?, ¿facilitamos el encuentro de los hermanos con el Señor? ¿Comenzamos por confiar en Jesús, “manso y humilde de corazón”? ¿Creemos que el Padre lo ha puesto todo en sus manos? ¿Vemos a Jesús viviendo para el Padre y alegrándose con su amor y su querer? Porque Jesús ha venido para dar su vida por los hermanos. Y se alegra con inmenso júbilo al rezar y cumplir su misión: “Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra..., sí, así te ha parecido mejor”. Vemos cómo, en su misma oración de Hijo, Jesús nos descubre la fuente de su alegría, el manantial del gozo sin fin.
En la oración de Jesús aprendemos a ser nosotros mismos alabanza y acción de gracias: brotan del corazón cuando somos capaces de mirar la vida en positivo; cuando descubrimos, a pesar de todo, lo bueno de las personas y su verdad; también, la variedad y hermosura de la creación. A todos nosotros, la oración, entre otros dones, nos libera de la inquietud y el desasosiego causados por una exagerada dependencia de las cosas, de los programas, de las meras expectativas humanas, de nosotros mismos.
Jesús podía escudriñar y valorar el interior de la gente que le rodeaba. Limitaciones, lejanía y pecado no le impedían percibir la sed de felicidad radical que afloraba en todos los humildes y sencillos. De alguna manera, éstos lo intuían y, por eso, acudían a Él. Hoy Jesús nos invita: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”. ¿Nos sentiremos aludidos?, ¿creerás, hermana/o, que el Señor te habla así a ti en tu actual situación? Sí, estamos agobiados y cansados por muchas cosas, pero podemos alcanzar el descanso que Jesús ofrece. Reconocemos, por qué no, la resistente obstinación a tanta gracia que, en los demás como en nosotros mismos, procede del egoísmo y es precisamente la esencia del pecado.
Sin embargo, podemos ser liberados de todo mal. Él, sólo Él, nos dará la Vida. Jesús resucitado nos comunica el Don por excelencia, su Espíritu Santo. ¿Por qué no confiarnos al Espíritu del Padre y del Hijo? Es el Amor, es el Gozo, es la Paz. Sana nuestra mente y nuestra libertad, nos hace capaces de superar el mal y hacer obras buenas. Ya ha comenzado en nosotros su obra de santidad que nos hace entrever la belleza más querida. Ya comenzamos, por su amor, a degustar en este mundo la felicidad de la vida celestial. ¡Demos gracias a Dios!
Proclamemos juntos la fe de la Iglesia, una, santa, católica y apostólica. Y oremos por el Papa, en este su día, domingo inmediatamente posterior a la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo. Oremos también por “los pamplonicas” y por cuantos se acerquen a “los Sanfermines”. Y por las gentes que, de cualquier clase y nación, trabajan, se fatigan y siguen buscando, aun sin saberlo, lo que no puede dar ninguna fiesta popular ni los mejores proyectos y realizaciones humanas. Que conozcan y amen al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él es la Vida; sólo Él, la Verdad, el Amor y la Paz.
El pueblo sencillo
3 de julio de de 2011
Mateo 11, 25-30
Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivía trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, los más olvidados.
Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.
El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, les estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.
La actitud de los "entendidos" era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.
Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejo».
También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.
Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.
Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.
José Antonio Pagola
Mateo 11, 25-30
Jesús no tuvo problemas con la gente sencilla. El pueblo sintonizaba fácilmente con él. Aquellas gentes humildes que vivía trabajando sus tierras para sacar adelante una familia, acogían con gozo su mensaje de un Dios Padre, preocupado de todos sus hijos, sobre todo, los más olvidados.
Los más desvalidos buscaban su bendición: junto a Jesús sentían a Dios más cercano. Muchos enfermos, contagiados por su fe en un Dios bueno, volvían a confiar en el Padre del cielo. Las mujeres intuían que Dios tiene que amar a sus hijos e hijas como decía Jesús, con entrañas de madre.
El pueblo sentía que Jesús, con su forma de hablar de Dios, con su manera de ser y con su modo de reaccionar ante los más pobres y necesitados, les estaba anunciando al Dios que ellos necesitaban. En Jesús experimentaban la cercanía salvadora de Padre.
La actitud de los "entendidos" era diferente. Lo que al pueblo sencillo le llena de alegría a ellos les indigna. Los maestros de la ley no pueden entender que Jesús se preocupe tanto del sufrimiento y tan poco del cumplimiento del sábado. Los dirigentes religiosos de Jerusalén lo miran con recelo: el Dios Padre del que habla Jesús no es una Buena Noticia, sino un peligro para su religión.
Para Jesús, esta reacción tan diferente ante su mensaje no es algo casual. Al Padre le parece lo mejor. Por eso le da gracias delante de todos: «Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y las has dado a conocer a los sencillos. Sí, Padre, así te ha parecido mejo».
También hoy el pueblo sencillo capta mejor que nadie el Evangelio. No tienen problemas para sintonizar con Jesús. A ellos se les revela el Padre mejor que a los “entendidos” en religión. Cuando oyen hablar de Jesús, confían en él de manera casi espontánea.
Hoy, prácticamente, todo lo importante se piensa y se decide en la Iglesia, sin el pueblo sencillo y lejos de él. Sin embargo, difícilmente, se podrá hacer nada nuevo y bueno para el cristianismo del futuro sin contar con él. Es el pueblo sencillo el que nos arrastrará hacia una Iglesia más evangélica, no los teólogos ni los dirigentes religiosos.
Hemos de redescubrir el potencial evangélico que se encierra en el pueblo creyente. Muchos cristianos sencillos intuyen, desean y piden vivir su adhesión a Cristo de manera más evangélica, dentro de una Iglesia renovada por el Espíritu de Jesús. Nos están reclamando más evangelio y menos doctrina. Nos están pidiendo lo esencial, no frivolidades.
José Antonio Pagola
viernes, 1 de julio de 2011
jueves, 30 de junio de 2011
14 Tiempo Ordinario
En esta época, en la que muchas personas se toman sus vacaciones,
tiene especial resonancia la invitación de Jesús al descanso.
El descanso es necesario y, como dice el poeta,
“pertenece al trabajo como los párpados a los ojos” –Tagore-.
Que nuestro descanso sea el tiempo para serenar el espíritu,
reflexionar, disfrutar del regalo de la existencia,
reencontrarnos con la vida y con nosotr@s mism@s.
Para encontrar descanso no hay que recorrer grandes distancias.
Basta recorrer la que nos lleva a encontrar la paz de nuestro corazón.
Que aprendemos y practiquemos el arte de descansar.
Tiempo Ordinario 14 -A- JES+ÜS, NUESTRO DESCANSO. 03-07-11
El Espíritu habita en nosotros
Sa144d14A11cas
tiene especial resonancia la invitación de Jesús al descanso.
El descanso es necesario y, como dice el poeta,
“pertenece al trabajo como los párpados a los ojos” –Tagore-.
Que nuestro descanso sea el tiempo para serenar el espíritu,
reflexionar, disfrutar del regalo de la existencia,
reencontrarnos con la vida y con nosotr@s mism@s.
Para encontrar descanso no hay que recorrer grandes distancias.
Basta recorrer la que nos lleva a encontrar la paz de nuestro corazón.
Que aprendemos y practiquemos el arte de descansar.
Tiempo Ordinario 14 -A- JES+ÜS, NUESTRO DESCANSO. 03-07-11
El Espíritu habita en nosotros
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¿Cómo contemplar el Corazón de Jesús y el Corazón de María?
El corazón es un signo sencillo que encierra un gran misterio. Es asequible, concreto y profundo. Dice más de lo que es, mucho más. Está cargado de afectos. Referirse al corazón es un modo sintético de considerar el gran misterio de la entrega en el amor. Los enamorados pintan corazones en los árboles y en las iglesias.
El Sagrado Corazón no es sólo una representación sensible, ni su devoción se queda en un conjunto de prácticas religiosas. La devoción al Sagrado Corazón evoca el amor del Hijo de Dios que se encarnó por amor y que entregó su cuerpo en la cruz mediante un acto de amor. Esta devoción ayuda a centrar la vida espiritual en el amor de Jesús, rico en misericordia.
Si alguien tiene sed que venga a mí y beba (Jn 17, 37)
El buscador de Dios encuentra en la oración una respuesta. La meditación diaria es un momento de gracia en que el Espíritu Santo viene con Su poder y nos cubre con Su sombra (cf Lc 1,35). Allí, el amor se convierte para el sediento en la única ocupación.
Desde el día en que el soldado traspasó el costado de Jesús con su lanza (Jn 19,34), la Iglesia es regada por esa fuente de la que mana la Vida. Por eso ayuda mucho contemplar en la oración la herida en el costado de Jesús. Junto a María, al pie de la cruz, ver cómo brotan el agua y la sangre, figuras del bautismo y de la eucaristía. Es un continuo fluir de la misericordia divina que nos lava y nos nutre y sacia nuestra sed a través de los sacramentos. El costado traspasado de Jesús nos baña con su infinita misericordia que brota del manantial del amor: el Sagrado Corazón.
Un modo de contemplar el amor de Jesús es, pues, a través del costado traspasado. Les comparto tres consideraciones delante de la herida del costado de Jesús que me han ayudado en la oración:
1. Dios nos ama con un corazón humano
Una dificultad frecuente en la vida de oración consiste en que se ve el mundo espiritual demasiado lejano a nuestra realidad cotidiana. Me gusta imaginar a un bebé buscando desde el suelo la mirada de su padre sin poder alcanzarlo. De pronto el padre se tumba en el suelo, se pone a su nivel y le sonríe. Luego lo carga y lo levanta. Nosotros no alcanzamos a Dios y, de pronto, Él desciende hasta nosotros y nos eleva a Sí.
En Cristo, Dios se hace asequible. (cf Jn 1,14) El Corazón de Jesús representa la humanidad de Cristo; lo vemos como uno de los nuestros. Dios se encarnó para amarnos con un corazón humano. Así nos permitió vivir la comunión de vida con Él. Y cuando vemos a Dios amándonos así, con un corazón como el nuestro, nos brota espontáneo decirle: ¡Así te necesito, de carne, sangre y hueso!
Si el amor de Dios nos parece demasiado espiritual para estar a nuestro alcance es que aún no conocemos a Jesús de Nazareth, el que nació en Belén y murió en Jerusalén por amor a nosotros.
2. Contemplar para escuchar
Otra dificultad que se plantea continuamente en la dirección espiritual y en los cursos de oración cuando se explica que orar es sobre todo escuchar, es la pregunta ¿Y qué significa escuchar en la oración? ¿Cómo se hace para escuchar a Dios? Mi respuesta suele ser: si quieres escuchar, contempla.
Contémplalo en la cueva de Belén, contémplalo en la cruz, contémplalo en la creación, contémplalo en el Sagrario, contempla los corazones traspasados de Jesús y de María…. y escucharás que te dice que te ama.
Contemplar los misterios de la vida de Cristo es comprobar la abundancia del amor de Dios a nosotros. "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19, 37; Zac 12, 10). Mirarle con los ojos interiores, mirarle sobre todo cuando estamos dolidos y arrepentidos y escuchar que nos dice una y otra vez: “No pasó nada, te sigo amando igual”.
Así se lo dijo a Sor Faustina:
“Has de saber hija mía, que mi corazón es la Misericordia misma. Desde este mar de Misericordia las Gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí ha partido sin haber sido consolada. Cada miseria se hunde en mi Misericordia y de este manantial brota toda Gracia salvadora y santificante..." (Diario de Sor Faustina # 1777, p. 626)
3. Dejarse amar
¿Quién entiende la pasión de Cristo? ¿Quién entiende la Eucaristía? No tratemos de entender, son misterios que más bien es preciso contemplar y agradecer.
Este icono que apareció en el siglo XII en Oriente es fuente de fecunda inspiración.
Centra la mirada en las manos de Jesús. No están atadas con cuerdas. Las cuerdas que le atan debe descubrirlas el corazón contemplativo: son las cuerdas del amor a la Iglesia. Se encuentran libres, pero Jesús libremente se somete y se ofrece como manso cordero.
“Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18) “Su no-violencia es la fuerza del amor” (Jean Corbon)
Después de resucitado quiere quedarse con las manos voluntariamente atadas, preso en el Sagrario, para que vaya a visitarle y allí encontrar yo mi descanso: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Él es el preso y sin embargo, cuando voy a acompañarle, soy yo el que sale consolado.
Para mí, éste icono, llamado “Del esposo”, es el icono de los Corazones traspasados de Jesús y de María. Mira los rostros de Jesús y de María.
Jesús reclina su cabeza sobre la Madre, significando aceptación. Y María, representándonos a todos nosotros, se une a Jesús llena de compasión (en este contexto puedes leer con provecho el artículo ¿Cómo sé si rezo bien el rosario?). Ese diálogo contemplativo de la mirada de María, nos hace comprender que el quehacer en la oración es dejarse amar y amar. El rostro de Cristo Redentor: manso y misericordioso. En sus ojos cerrados repasa la historia de tu vida y de la suya, deja que te invada de paz y junto con San Pablo concluye sin decir palabra: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20)
Y una vez que has experimentado el grande amor que Dios te tiene: dale amor. El camino nos lo indican las dos manos de María. ¿Hacia dónde están orientadas? Hacia el costado traspasado: así nos muestra ella el camino de la interioridad y la conversión. Conocer el amor, vivir el amor, compartir el amor.
Este icono me dice que la oración, más que actos y técnicas es un tiempo para estar juntos, sin preocuparnos de pasos y de métodos, sino de estar en su presencia, contemplando el rostro de Cristo. Estarse allí, como María: dándole amor, gustando su amor, compartiendo su amor.
Una sugerencia para la meditación personal en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
En la solemnidad del Sagrado Corazón haré mi oración de esta manera, tal vez alguno quiera hacer lo mismo: trayendo a la memoria el icono de los Corazones traspasados estaré rumiando esta expresión de San Agustín que me hace tanto bien en el momento presente de mi vida:
“El pasado ponlo en las manos de la Divina Misericordia.
El futuro en manos de la Divina Providencia.
El presente en manos del Divino Amor.”
¡Sagrado Corazón de Jesús! En ti confío.
El Sagrado Corazón no es sólo una representación sensible, ni su devoción se queda en un conjunto de prácticas religiosas. La devoción al Sagrado Corazón evoca el amor del Hijo de Dios que se encarnó por amor y que entregó su cuerpo en la cruz mediante un acto de amor. Esta devoción ayuda a centrar la vida espiritual en el amor de Jesús, rico en misericordia.
Si alguien tiene sed que venga a mí y beba (Jn 17, 37)
El buscador de Dios encuentra en la oración una respuesta. La meditación diaria es un momento de gracia en que el Espíritu Santo viene con Su poder y nos cubre con Su sombra (cf Lc 1,35). Allí, el amor se convierte para el sediento en la única ocupación.
Desde el día en que el soldado traspasó el costado de Jesús con su lanza (Jn 19,34), la Iglesia es regada por esa fuente de la que mana la Vida. Por eso ayuda mucho contemplar en la oración la herida en el costado de Jesús. Junto a María, al pie de la cruz, ver cómo brotan el agua y la sangre, figuras del bautismo y de la eucaristía. Es un continuo fluir de la misericordia divina que nos lava y nos nutre y sacia nuestra sed a través de los sacramentos. El costado traspasado de Jesús nos baña con su infinita misericordia que brota del manantial del amor: el Sagrado Corazón.
Un modo de contemplar el amor de Jesús es, pues, a través del costado traspasado. Les comparto tres consideraciones delante de la herida del costado de Jesús que me han ayudado en la oración:
1. Dios nos ama con un corazón humano
Una dificultad frecuente en la vida de oración consiste en que se ve el mundo espiritual demasiado lejano a nuestra realidad cotidiana. Me gusta imaginar a un bebé buscando desde el suelo la mirada de su padre sin poder alcanzarlo. De pronto el padre se tumba en el suelo, se pone a su nivel y le sonríe. Luego lo carga y lo levanta. Nosotros no alcanzamos a Dios y, de pronto, Él desciende hasta nosotros y nos eleva a Sí.
En Cristo, Dios se hace asequible. (cf Jn 1,14) El Corazón de Jesús representa la humanidad de Cristo; lo vemos como uno de los nuestros. Dios se encarnó para amarnos con un corazón humano. Así nos permitió vivir la comunión de vida con Él. Y cuando vemos a Dios amándonos así, con un corazón como el nuestro, nos brota espontáneo decirle: ¡Así te necesito, de carne, sangre y hueso!
Si el amor de Dios nos parece demasiado espiritual para estar a nuestro alcance es que aún no conocemos a Jesús de Nazareth, el que nació en Belén y murió en Jerusalén por amor a nosotros.
2. Contemplar para escuchar
Otra dificultad que se plantea continuamente en la dirección espiritual y en los cursos de oración cuando se explica que orar es sobre todo escuchar, es la pregunta ¿Y qué significa escuchar en la oración? ¿Cómo se hace para escuchar a Dios? Mi respuesta suele ser: si quieres escuchar, contempla.
Contémplalo en la cueva de Belén, contémplalo en la cruz, contémplalo en la creación, contémplalo en el Sagrario, contempla los corazones traspasados de Jesús y de María…. y escucharás que te dice que te ama.
Contemplar los misterios de la vida de Cristo es comprobar la abundancia del amor de Dios a nosotros. "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19, 37; Zac 12, 10). Mirarle con los ojos interiores, mirarle sobre todo cuando estamos dolidos y arrepentidos y escuchar que nos dice una y otra vez: “No pasó nada, te sigo amando igual”.
Así se lo dijo a Sor Faustina:
“Has de saber hija mía, que mi corazón es la Misericordia misma. Desde este mar de Misericordia las Gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí ha partido sin haber sido consolada. Cada miseria se hunde en mi Misericordia y de este manantial brota toda Gracia salvadora y santificante..." (Diario de Sor Faustina # 1777, p. 626)
3. Dejarse amar
¿Quién entiende la pasión de Cristo? ¿Quién entiende la Eucaristía? No tratemos de entender, son misterios que más bien es preciso contemplar y agradecer.
Este icono que apareció en el siglo XII en Oriente es fuente de fecunda inspiración.
Centra la mirada en las manos de Jesús. No están atadas con cuerdas. Las cuerdas que le atan debe descubrirlas el corazón contemplativo: son las cuerdas del amor a la Iglesia. Se encuentran libres, pero Jesús libremente se somete y se ofrece como manso cordero.
“Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18) “Su no-violencia es la fuerza del amor” (Jean Corbon)
Después de resucitado quiere quedarse con las manos voluntariamente atadas, preso en el Sagrario, para que vaya a visitarle y allí encontrar yo mi descanso: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Él es el preso y sin embargo, cuando voy a acompañarle, soy yo el que sale consolado.
Para mí, éste icono, llamado “Del esposo”, es el icono de los Corazones traspasados de Jesús y de María. Mira los rostros de Jesús y de María.
Jesús reclina su cabeza sobre la Madre, significando aceptación. Y María, representándonos a todos nosotros, se une a Jesús llena de compasión (en este contexto puedes leer con provecho el artículo ¿Cómo sé si rezo bien el rosario?). Ese diálogo contemplativo de la mirada de María, nos hace comprender que el quehacer en la oración es dejarse amar y amar. El rostro de Cristo Redentor: manso y misericordioso. En sus ojos cerrados repasa la historia de tu vida y de la suya, deja que te invada de paz y junto con San Pablo concluye sin decir palabra: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20)
Y una vez que has experimentado el grande amor que Dios te tiene: dale amor. El camino nos lo indican las dos manos de María. ¿Hacia dónde están orientadas? Hacia el costado traspasado: así nos muestra ella el camino de la interioridad y la conversión. Conocer el amor, vivir el amor, compartir el amor.
Este icono me dice que la oración, más que actos y técnicas es un tiempo para estar juntos, sin preocuparnos de pasos y de métodos, sino de estar en su presencia, contemplando el rostro de Cristo. Estarse allí, como María: dándole amor, gustando su amor, compartiendo su amor.
Una sugerencia para la meditación personal en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús
En la solemnidad del Sagrado Corazón haré mi oración de esta manera, tal vez alguno quiera hacer lo mismo: trayendo a la memoria el icono de los Corazones traspasados estaré rumiando esta expresión de San Agustín que me hace tanto bien en el momento presente de mi vida:
“El pasado ponlo en las manos de la Divina Misericordia.
El futuro en manos de la Divina Providencia.
El presente en manos del Divino Amor.”
¡Sagrado Corazón de Jesús! En ti confío.