sábado, 15 de octubre de 2011

Santa Teresa de Jesús

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Primera mujer Doctora de la Iglesia Universal

Sin rebuscar demasiado, podemos encontrar en nuestro Fundador Pedro Bienvenido y la espiritualidad que legó a la Iglesia, ciertas influencias de la Santa.
¡Disfrutemos de ello en acción de gracias a Dios por todos los santos/as!

Letrilla de Santa Teresa:
SÓLO DIOS BASTA

Nada te turbe;
nada te espante;
todo se pasa;
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene,
nada le falta.
Solo Dios basta.

(Letrilla que llevaba por
registro en su breviario)

Enlace para escuchar NADA TE TURBE:
http://youtube/go1-BoDD7CI

Exclamación de nuestro Buen Padre
ante una dura prueba:
SÓLO DIOS

Hoy, al entrar en mi habitación
me he encontrado con SÓLO DIOS.P.B.N.

(Recordemos así mismo las palabras que Milady Peychaud escuchó en la BENDICIÓN MILAGROSA)
Yo soy el que soy.
Los honores y la estima de los hombres no son más que humo y yo soy el que soy.
Su amistad no es más que polvo y yo soy el que soy.
Las riquezas y los placeres no son más que barro.
Y SÓLO YO SOY

sábado, 8 de octubre de 2011

Invitación

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9 de octubre de 2011
Mateo 22, 1-14

A través de sus parábolas Jesús va descubriendo a sus seguidores cómo experimenta a Dios, cómo interpreta la vida desde sus raíces más profundas y cómo responde a los enigmas más recónditos de la condición humana.
Quien entra en contacto vivo con sus parábolas comienza a cambiar. Algo "sucede" en nosotros. Dios no es como lo imaginamos. La vida es más grande y misteriosa que nuestra rutina convencional de cada día. Es posible vivir con un horizonte nuevo. Escuchemos el punto de partida de la parábola llamada «Invitación al Banquete».
Según el relato, Dios está preparando una fiesta final para todos sus hijos e hijas, pues a todos quiere ver sentados junto a él, en torno a una misma mesa, disfrutando para siempre de una vida plena. Esta imagen es una de las más queridas por Jesús para sugerir el final último de la historia humana.
Frente a tantas imágenes mezquinas de un Dios controlador y justiciero que impide a no pocos saborear la fe y disfrutar de la vida, Jesús introduce en el mundo la experiencia de un Dios que nos está invitando a compartir con él una fiesta fraterna en la que culminará lo mejor de nuestros esfuerzos, anhelos y aspiraciones.
Jesús dedica su vida entera a difundir la gran invitación de Dios: «El banquete está preparado. Venid». Este mensaje configura su modo de anunciar a Dios. Jesús no predica doctrina, despierta el deseo de Dios. No impone ni presiona. Invita y llama. Libera de miedos y enciende la confianza en Dios. En su nombre, acoge a su mesa a pecadores e indeseables. A todos ha de llegar su invitación.
Los hombres y mujeres de hoy necesitan descubrir el Misterio de Dios como Buena Noticia. Los cristianos hemos de aprender a hablar de él con un lenguaje más inspirado en Jesús, para deshacer malentendidos, aclarar prejuicios y eliminar miedos introducidos por un discurso religioso lamentable que ha alejado a muchos de ese Dios que nos está esperando con todo preparado para la fiesta final.
En estos tiempos en los que el descrédito de la religión está impidiendo a muchos escuchar la invitación de Dios, hemos de hablar de su Misterio de Amor con humildad y con respeto a todos, sin forzar las conciencias, sin ahogar la vida, despertando el deseo de verdad y de luz que sigue vivo en lo más íntimo del ser humano.
Es cierto que la llamada religiosa encuentra hoy el rechazo de muchos, pero la invitación de Dios no se ha apagado. La pueden escuchar todos los que en el fondo de sus conciencias escuchan la llamada del bien, del amor y de la justicia.
José Antonio Pagola

Domingo 28º

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Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

¿Creéis que hemos perdido sensibilidad para la fiesta del Evangelio? Jesús insiste en el empeño del Padre por invitar a su Reino: “¡Venid, todo está preparado!”. Pero muchos no atienden. Pasó con Israel y pasa hoy. Se dieron y se dan mil excusas; se pretende tener sensatas y buenas razones. “Los invitados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras; otro, a sus negocios” (cf. ev.).
Un fenómeno muy extendido es la deficiente actitud de muchas personas para con los demás. Nietzsche decía que el ser humano sólo debe responder de sí mismo y ante sí mismo. Por desgracia, cuando la persona pierde el hábito de responder ante los demás y cree que no debe tampoco dar cuenta a Dios, termina por desentenderse de todo, se convierte en un completo irresponsable, en necio y frustrante egoísta.
Jesús ha criticado con fuerza esa actitud de autoengaño de quien se encierra en su pequeño mundo y se va haciendo cada vez más sordo a lo que exige un verdadero cambio de conducta. La “parábola del banquete de bodas” nos habla de la invitación insistente que se hace a hombres y mujeres de todo tiempo y lugar. La invitación se rechaza cuando, insensatamente, sólo se ocupa uno de sí mismo.
El mensaje es claro: hay que escuchar la llamada que nos llega de Dios; hay que decidirse a gustar la experiencia de vivir en el Señor, participando de la intimidad de su presencia y de sus dones, de la dicha de su Evangelio, de la mesa compartida, de los hermanos igualmente invitados. Sí, esa invitación paternal, lejos de producir temores vanos, abre los caminos que llevan a la verdadera alegría de la fiesta.
La Palabra de Dios, ya con el texto de Isaías (cf. 1ª lect.), nos presenta el Reinado de Dios bajo el símbolo de un banquete abundante. Lo más importante es que el propio Dios pone la mesa (cf. salmo responsorial) y nos llama, y nos acompaña, y se nos entrega como alimento salvador. Cuantos tenemos la gracia de creer reconocemos en Jesucristo la mejor oferta de Dios y la más cumplida respuesta humana. Jesús es el Buen Pastor que, dándosenos, anticipa la fiesta del Reino eterno y la victoria sobre todo mal. Con su Santo Espíritu, fortalece nuestra convicción y esperanza. Por ello, con san Pablo, decimos: “todo lo puedo en Aquél que me conforta” (cf. 2º lect.).
“El Señor es mi pastor, nada me falta… Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término”. Con el salmo, gustamos ya lo anunciado por el profeta y que se ha hecho plena realidad en Jesucristo: El Señor Dios aniquilará la muerte para siempre y enjugará las lágrimas de todos los rostros. “Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara; celebremos y gocemos con su salvación” (cf. 1ª lect.).
Sí, hermanas y amigos, somos la comunidad cristiana reunida hoy para celebrar con gozo “el sacramento de nuestra fe”. Ponernos el traje de fiesta, entre otras cosas, ha de significar irnos despojando de egoísmos, dejar de ir cada uno solamente a lo suyo, preocuparnos por los demás en el servicio cotidiano. Ese vivir “para Dios y para los demás”, desde la pobreza personal, comunitaria e institucional, ese vivir al estilo de Jesucristo, nos convierte en Iglesia fiel, transparencia del Evangelio del Señor. Lo soñamos hace mucho tiempo, pero tenemos que avivar día a día el deseo, y responder fielmente a la vocación dando respuesta adecuada en todo momento. Así habrá “nueva evangelización”.
Así aportamos lo mejor de nosotros mismos a los desafíos actuales. Así respondemos verdaderamente a la llamada del Dios y Padre de Jesucristo nuestro Padre. Así colaboramos en la tarea evangelizadora de toda la Iglesia. Así, participando ya de la fiesta del amor de Dios, vamos haciendo camino con los hermanos que tienen la misma graciosa suerte: escuchar con fe su voz y acogerla gozosamente. Al vivir, día a día, el Evangelio, ofrecemos también nuestras personas y obras para que la tierra y todos sus bienes se hagan realmente una mesa fraterna para todos. Así y todo, sólo será degustación provisional, anticipo de cuanto Dios Padre nos tiene preparado.
Sabemos, por la fe, que el banquete anunciado por el Evangelio sólo se nos dará plenamente en el cara a cara con Dios. Ésa es la meta final de la salvación. Sólo entonces será la fiesta permanente. Por ahora, celebramos con fe, amor y esperanza el hecho de que la victoria decisiva ya nos fue regalada en la Pascua de Jesucristo. Comulgar con Él, con sus actitudes y sentimientos, con sus obras y palabras, implica compartir, en el gozo festivo de la Eucaristía, su amor entregado y los trabajos que llevan a vivir la fraternidad universal. Dios quiere que, ya en este mundo, vayan reinando la hermandad y la alegría, la libertad y la justicia, el amor y la abundancia para todos. Él ha puesto la mesa, Él invita, Él se nos da como alimento. ¡Acojámoslo con asombro y gratitud! y ¡démosle gracias de todo corazón!

28 Domingo Tiempo Ordinario

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Habitaré en la casa del Señor,�
por días sin término. Sa22d28A11cas

martes, 4 de octubre de 2011

La empleada de correos

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Víctor Codina sj.
Cochabamba, Bolivia, septiembre de 2011.
Llega a nuestra casilla o apartado de correos el aviso de un paquete de España para nuestra comunidad jesuítica. Tengo que hacer varios trámites previos antes de poder recoger el paquete: me exigen que presente el sello seco de mi comunidad, que vuelva al día siguiente con el sello, luego tengo que hacer cola para comprar estampillas o sellos de correos, anotar el número mi carnet de identidad, firmar…Al final me entregan el paquete y la empleada que sabe que es un paquete para una comunidad religiosa, me dice: “Padrecito, su bendición”. Entre sorprendido, admirado y con una cierta timidez, yo le doy la bendición. Bendecir es invocar la protección divina sobre alguien, sobre su salud y su trabajo, sobre su relación con Dios y con los suyos, es desearle un rayo de luz en medio de las nubes de cada día.
Al salir de Correos me preguntaba qué dirían Feuerbach y los maestros de la sospecha (Marx, Freud y Nietzsche) de mi bendición a la empleada, que diría el teólogo luterano Barth con su fuerte crítica a la religión y sobre todo qué opinaría Bonhoeffer que en sus escritos desde la prisión exhortaba a vivir en el mundo secular “como si Dios no existiese” (etsi Deus non daretur); qué dirían algunos teólogos actuales que cuestionan la oración de petición, los que critican la religión y tienden a reducir el cristianismo a la inmanencia de una ética secular, qué dirían los que defienden una espiritualidad sin religión, ni creencias, ni dioses; que pensarían los que han optado por el agnosticismo o por la indiferencia religiosa…
Yo también me preguntaba: bendecir públicamente a una empleada de Correos ¿es un resto de la Cristiandad barroca y decadente que todavía se resiste a morir?¿es un fruto típico de los países subdesarrollados? ¿estaré yo haciendo el juego al conservadurismo involucionista? ¿habré pecado de clericalismo patriarcal? ¿estaré fomentando la fe de carbonero o incluso la superstición?¿es, política y eclesialmente correcto, hacer lo que he hecho?¿ me hubiera debido negar a darle mi bendición?
Y sin embargo, más allá de estos cuestionamientos y ambigüedades, uno se pregunta si la hemorroisa que tocó el borde del manto de Jesús no lo hizo con una fe profunda que el Señor alabó. Uno se pregunta si la fe y devoción de los pobres, de los que no tienen otros recursos, no merece respeto. ¿No les ha revelado el Padre a ellos los misterios del Reino? La secularización rampante ¿es un hecho que de forma determinista llega a todos y a todas partes por igual? ¿es lo mismo lo que acontece en la plaza Tarhir de El Cairo donde los hombres arrodillados rezan, que lo que se vive en las plazas europeas o norteamericanas, llenas de comercios y de letreros luminosos? Según la fe cristiana, el ser humano está movido por dentro por el Espíritu de Jesús, lo sepa o no, Espíritu que muchas veces con gemidos inenarrables nos mueve a clamar ¡Abbá, Padre!. No sabemos cómo esta oración o la bendición puede ser eficaz, es un misterio, pero creemos que no es un grito que caiga en el vació, como no cayó en el vacío la oración de Jesús en Getsemaní. Por esto J.B. Metz en su último libro, Mística de ojos abiertos, Freiburg 2011, se pregunta si no sucede a veces que incluso el no creyente reza etsi Deus daretur, como si Dios existiera…
No podemos ser simplistas, el mundo es complejo, no podemos gritar optimísticamente como Ortega y Gasset la noticia alegre de “Dios a la vista”, hay ambigüedades en la religión que deben ser purificadas y evangelizadas, los pueblos han de progresar, los bautizados necesitan mayor formación, pero el Espíritu del Señor llena el universo, aunque no sepamos de dónde viene o a dónde va. Volvería a dar la bendición a la empleada de correos, aunque no sea políticamente correcto, porque ¿y si Dios existiera?…Quizás hubiera podido añadir a la bendición las palabras de Jesús a la hemorroísa: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz” (Mc 5,34).

sábado, 1 de octubre de 2011

¿Estamos decepcionando a Dios?

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2 de octubre de 2011
Mateo 21,33-43

Jesús se encuentra en el recinto del Templo, rodeado de un grupo de altos dirigentes religiosos. Nunca los ha tenido tan cerca. Por eso, con audacia increíble, va a pronunciar una parábola dirigida directamente a ellos. Sin duda, la más dura que ha salido de sus labios.
Cuando Jesús comienza a hablarles de un señor que plantó una viña y la cuidó con solicitud y cariño especial, se crea un clima de expectación. La «viña» es el pueblo de Israel. Todos conocen el canto del profeta Isaías que habla del amor de Dios por su pueblo con esa bella imagen. Ellos son los responsables de esa "viña" tan querida por Dios.
Lo que nadie se espera es la grave acusación que les va a lanzar Jesús: Dios está decepcionado. Han ido pasando los siglos y no ha logrado recoger de ese pueblo querido los frutos de justicia, de solidaridad y de paz que esperaba.
Una y otra vez ha ido enviando a sus servidores, los profetas, pero los responsables de la viña los han maltratado sin piedad hasta darles muerte. ¿Qué más puede hacer Dios por su viña? Según el relato, el señor de la viña les manda a su propio hijo pensando: «A mi hijo le tendrán respeto». Pero los viñadores lo matan para quedarse con su herencia.
La parábola es transparente. Los dirigentes del Templo se ven obligados a reconocer que el señor ha de confiar su viña a otros viñadores más fieles. Jesús les aplica rápidamente la parábola: «Yo os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos».
Desbordados por una crisis a la que ya no es posible responder con pequeñas reformas, distraídos por discusiones que nos impiden ver lo esencial, sin coraje para escuchar la llamada de Dios a una conversión radical al Evangelio, la parábola nos obliga a hacernos graves preguntas.
¿Somos ese pueblo nuevo que Jesús quiere, dedicado a producir los frutos del reino o estamos decepcionando a Dios? ¿Vivimos trabajando por un mundo más humano? ¿Cómo estamos respondiendo desde el proyecto de Dios a las víctimas de la crisis económica y a los que mueren de hambre y desnutrición en África?
¿Respetamos al Hijo que Dios nos ha enviado o lo echamos de muchas formas "fuera de la viña"? ¿Estamos acogiendo la tarea que Jesús nos ha confiado de humanizar la vida o vivimos distraídos por otros intereses religiosos más secundarios?
¿Qué hacemos con los hombres y mujeres que Dios nos envía también hoy para recordarnos su amor y su justicia? ¿Ya no hay entre nosotros profetas de Dios ni testigos de Jesús? ¿Ya no los reconocemos?
José Antonio Pagola

Domingo 27º

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2-10-2011
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier
AMOR-ESCUCHA-OBEDIENCIA-SERVICIO-AMOR

Quería frutos. Era el dueño de la viña. La había plantado y cuidado con mimo, pero sólo halló violencia y muerte. Su paciencia le llevó a enviar al propio hijo heredero. Su amor le “obligaba” a intentarlo de nuevo.
Pero… ¡asesinarían también al hijo! Aún estremece el grito. Muchos se preguntan dónde está Dios y se oyen respuestas varias: “¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir: nosotros lo hemos matado, vosotros y yo, todos somos sus asesinos. ¿Cómo hemos podido hacerlo? ¿a dónde se dirige la tierra?, ¿a dónde vamos?” (Nietzsche). Según el filósofo “loco”, uno de los más famosos de la Modernidad, “¡Dios ha muerto!” y estamos solos para construir futuro, ha llegado la hora de emanciparnos de toda religión, el ser humano es “el superhombre”. Este pensar y sentir ha influido e influye en la cultura occidental, llamada “postmoderna”.
No pocos políticos, negociantes, artistas, escritores, guionistas de cine, periodistas y gente de la calle propagan la idea de que la fe cristiana (y, en general, la religión) es cosa inútil. Creen que, para que crezca el ser humano, hay que ‘matar’ a Dios y hacer desaparecer todo lo que a Él se refiere: “lo matamos y nos quedamos con su herencia” (cf. ev.). El Papa ha estado hace unos días en Alemania. Precisamente el lema de su visita (“Donde está Dios hay futuro”) y el contenido de sus intervenciones han venido a poner de relieve el fuerte contraste de la fe cristiana con esa mentalidad, con esa cultura, con ese sentir. De forma clara y ante todos, razonándolo con su habitual sencillez y profundidad. Ofreciendo de nuevo, con viva esperanza, la Buena Noticia de Jesucristo.
Los viñadores homicidas (cf. ev.) sabían que había “dueño”. Hoy en día son muchos los que viven sin conciencia de que exista. ¿Está todo permitido con tal de que no lo prohíban las leyes civiles?, ¿cuál es el fundamento auténtico de las mismas y del derecho? Dios esperaba “derecho”, pero qué dolorosa letanía de injusticias, miserias, hambre, asesinatos y guerras, lamentos de pueblos, de millones de seres humanos, de ancianos, jóvenes y niños. Algo muy grave está sucediendo. Sólo por los caminos de la ciencia, la técnica, el progreso material y el dinero no llega la felicidad, ni siquiera el bienestar social de las mayorías. El mundo occidental, el clima cultural dominante, parecen haberse olvidado del Dios vivo y vivificante. Aquí y allá, muchos se han entregado a los ídolos del tiempo, “dioses” sin corazón, que no promueven ni respetan la auténtica vida humana, tanto en su dimensión personal como social.
En general, el mundo loco del consumismo, los abusivos intereses financieros de los mercados impersonales, los objetivos de los poderosos, devoran a los propios consumidores y hacen más difícil la vida de los pobres, individuos y pueblos, y hasta la existencia de cuantos integran las llamadas clases medias. Pero ¿tendremos alguna responsabilidad en todo ello? Puede que también nosotros soñáramos con una nueva ciudad que diera “uva dulce”. Puede que nos esté tocando, sin embargo, recoger “agrazones”, la mala uva de la insolidaridad, de la indiferencia, de las ambiciones insultantes y hasta las de la violencia y del odio.
Queridas hermanas y amigos: Os invito a retomar la palabra de Dios desde vuestra personal experiencia. El canto de Isaías (cf. 1ª lect.) es poema hermoso de amor dolorido que cuenta las relaciones de Dios con su pueblo. Aplicándose a sí mismo versículos del salmo 118 (117), Jesús explica: “la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”. La expresión de la ternura de Dios por su viña muestra igualmente el contraste de la ingratitud e injusticia humana. Sin embargo, quisiera destacar también la notable diferencia entre la parábola de Isaías y su aplicación por Jesús. Según Isaías, Dios castiga duramente a la viña por haberse negado al amor. Según Jesús, Dios no va a olvidar a su querida viña ni dejar que la pisoteen hombres y ganados. Según Jesús de Nazaret, Dios no va a enviar castigos del cielo. El Dios y Padre de Jesús, nuestro Padre del cielo, seguirá confiando en el ser humano y entregará el Reino a un “pueblo que produzca sus frutos”.
¡Nadie es insustituible! Si el Evangelio de Jesús y su Iglesia desaparecen en un lugar, echarán raíces y darán frutos en otro. La historia así lo enseña. Lo que pasó con el antiguo pueblo de Israel tendría que “sacudirnos de la modorra” y hacernos “espabilar” a todos cuantos somos y formamos la Iglesia. ”Desbordados por una crisis a la que ya no es posible responder con pequeñas reformas, distraídos por discusiones que nos impiden ver lo esencial, sin coraje para escuchar la llamada de Dios a una conversión radical al Evangelio, la parábola nos obliga a hacernos graves preguntas. ¿Somos ese pueblo nuevo que Jesús quiere, dedicado a producir los frutos del Reino o estamos decepcionando a Dios? ¿Vivimos trabajando por un mundo más humano?.. ¿Respetamos al Hijo que Dios nos ha enviado o lo echamos de muchas formas "fuera de la viña"?... ¿Qué hacemos con los hombres y mujeres que Dios nos envía, también hoy, para recordarnos su amor y su justicia?” (J.A. Pagola)
¿Creemos aún que Jesucristo es la piedra angular que da solidez y plenitud a la dignidad humana? ¿Vemos en Jesucristo la clave para construir una sociedad libre y verdadera, justa, solidaria, pacífica y pacificadora? Sí, gracias a la fe cristiana, reconocemos a Jesús de Nazaret como el Hijo de Dios y Salvador. Por Él hemos sido llamados a participar en el proyecto divino de creación y redención. Podemos, ciertamente, acoger, vivir y extender su infinita ternura. Así daremos frutos de amor. También en nuestros días y desde la peculiar vocación. Supliquemos, pues, la gracia de una “buena poda”, la purificación que precisemos para vivir con verdad y con gozo, y así fructificar personal y comunitariamente en favor del mundo. Ojalá esta Eucaristía nos ayude a sentirnos “viña de Dios”, su Iglesia amada.





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