miércoles, 17 de octubre de 2012

Carta Apostólica en forma de Motu Proprio

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PORTA FIDEI DE BENEDICTO XVI CON LA QUE SE CONVOCA EL AÑO DE LA FE
1. «La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida.
Éste empieza con el bautismo (cf. Rm 6, 4), con el que podemos llamar a Dios con el nombre de Padre, y se concluye con el paso de la muerte a la vida eterna, fruto de la resurrección del Señor Jesús que, con el don del Espíritu Santo, ha querido unir en su misma gloria a cuantos creen en él (cf. Jn 17, 22). Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo– equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de los siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.
2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud»[1]. Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado[2]. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.
3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.
4. A la luz de todo esto, he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. En la fecha del 11 de octubre de 2012, se celebrarán también los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado por mi Predecesor, el beato Papa Juan Pablo II,[3]con la intención de ilustrar a todos los fieles la fuerza y belleza de la fe. Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue querido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis[4], realizándose mediante la colaboración de todo el Episcopado de la Iglesia católica. Y precisamente he convocado la Asamblea General del Sínodo de los Obispos, en el mes de octubre de 2012, sobre el tema de La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana. Será una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe. No es la primera vez que la Iglesia está llamada a celebrar un Año de la fe. Mi venerado Predecesor, el Siervo de Dios Pablo VI, proclamó uno parecido en 1967, para conmemorar el martirio de los apóstoles Pedro y Pablo en el décimo noveno centenario de su supremo testimonio. Lo concibió como un momento solemne para que en toda la Iglesia se diese «una auténtica y sincera profesión de la misma fe»; además, quiso que ésta fuera confirmada de manera «individual y colectiva, libre y consciente, interior y exterior, humilde y franca»[5]. Pensaba que de esa manera toda la Iglesia podría adquirir una «exacta conciencia de su fe, para reanimarla, para purificarla, para confirmarla y para confesarla»[6]. Las grandes transformaciones que tuvieron lugar en aquel Año, hicieron que la necesidad de dicha celebración fuera todavía más evidente. Ésta concluyó con la Profesión de fe del Pueblo de Dios[7], para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados, comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado.
5. En ciertos aspectos, mi Venerado Predecesor vio ese Año como una «consecuencia y exigencia postconciliar»[8], consciente de las graves dificultades del tiempo, sobre todo con respecto a la profesión de la fe verdadera y a su recta interpretación. He pensado que iniciar el Año de la fe coincidiendo con el cincuentenario de la apertura del Concilio Vaticano II puede ser una ocasión propicia para comprender que los textos dejados en herencia por los Padres conciliares, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza»[9]. Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia»[10].
6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Precisamente el Concilio, en la Constitución dogmática Lumen gentium, afirmaba: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha” (Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1 Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo, con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz»[11].
En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos, la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y transforman lentamente, en un proceso que no termina de cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor» (Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 9-10; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).
7. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo»[12]. El santo Obispo de Hipona tenía buenos motivos para expresarse de esta manera. Como sabemos, su vida fue una búsqueda continua de la belleza de la fe hasta que su corazón encontró descanso en Dios.[13]Sus numerosos escritos, en los que explica la importancia de creer y la verdad de la fe, permanecen aún hoy como un patrimonio de riqueza sin igual, consintiendo todavía a tantas personas que buscan a Dios encontrar el sendero justo para acceder a la «puerta de la fe».
Así, la fe sólo crece y se fortalece creyendo; no hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crescendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande porque tiene su origen en Dios.
8. En esta feliz conmemoración, deseo invitar a los hermanos Obispos de todo el Orbe a que se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe. Queremos celebrar este Año de manera digna y fecunda. Habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a todos los creyentes en Cristo a que su adhesión al Evangelio sea más consciente y vigorosa, sobre todo en un momento de profundo cambio como el que la humanidad está viviendo. Tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo.
9. Deseamos que este Año suscite en todo creyente la aspiración a confesar la fe con plenitud y renovada convicción, con confianza y esperanza. Será también una ocasión propicia para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, y de modo particular en la Eucaristía, que es «la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y también la fuente de donde mana toda su fuerza»[14]. Al mismo tiempo, esperamos que el testimonio de vida de los creyentes sea cada vez más creíble. Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada[15], y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.
No por casualidad, los cristianos en los primeros siglos estaban obligados a aprender de memoria el Credo. Esto les servía como oración cotidiana para no olvidar el compromiso asumido con el bautismo. San Agustín lo recuerda con unas palabras de profundo significado, cuando en un sermón sobre la redditio symboli, la entrega del Credo, dice: «El símbolo del sacrosanto misterio que recibisteis todos a la vez y que hoy habéis recitado uno a uno, no es otra cosa que las palabras en las que se apoya sólidamente la fe de la Iglesia, nuestra madre, sobre la base inconmovible que es Cristo el Señor. […] Recibisteis y recitasteis algo que debéis retener siempre en vuestra mente y corazón y repetir en vuestro lecho; algo sobre lo que tenéis que pensar cuando estáis en la calle y que no debéis olvidar ni cuando coméis, de forma que, incluso cuando dormís corporalmente, vigiléis con el corazón»[16].
10. En este sentido, quisiera esbozar un camino que sea útil para comprender de manera más profunda no sólo los contenidos de la fe sino, juntamente también con eso, el acto con el que decidimos de entregarnos totalmente y con plena libertad a Dios. En efecto, existe una unidad profunda entre el acto con el que se cree y los contenidos a los que prestamos nuestro asentimiento. El apóstol Pablo nos ayuda a entrar dentro de esta realidad cuando escribe: «con el corazón se cree y con los labios se profesa» (cf. Rm 10, 10). El corazón indica que el primer acto con el que se llega a la fe es don de Dios y acción de la gracia que actúa y transforma a la persona hasta en lo más íntimo.
A este propósito, el ejemplo de Lidia es muy elocuente. Cuenta san Lucas que Pablo, mientras se encontraba en Filipos, fue un sábado a anunciar el Evangelio a algunas mujeres; entre estas estaba Lidia y el «Señor le abrió el corazón para que aceptara lo que decía Pablo» (Hch 16, 14). El sentido que encierra la expresión es importante. San Lucas enseña que el conocimiento de los contenidos que se han de creer no es suficiente si después el corazón, auténtico sagrario de la persona, no está abierto por la gracia que permite tener ojos para mirar en profundidad y comprender que lo que se ha anunciado es la Palabra de Dios.
Profesar con la boca indica, a su vez, que la fe implica un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree. La Iglesia en el día de Pentecostés muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y del anunciar a todos sin temor la propia fe. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio, haciéndolo franco y valeroso.
La misma profesión de fe es un acto personal y al mismo tiempo comunitario. En efecto, el primer sujeto de la fe es la Iglesia. En la fe de la comunidad cristiana cada uno recibe el bautismo, signo eficaz de la entrada en el pueblo de los creyentes para alcanzar la salvación. Como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «“Creo”: Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. “Creemos”: Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. “Creo”, es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: “creo”, “creemos”»[17].
Como se puede ver, el conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el propio asentimiento, es decir, para adherirse plenamente con la inteligencia y la voluntad a lo que propone la Iglesia. El conocimiento de la fe introduce en la totalidad del misterio salvífico revelado por Dios. El asentimiento que se presta implica por tanto que, cuando se cree, se acepta libremente todo el misterio de la fe, ya que quien garantiza su verdad es Dios mismo que se revela y da a conocer su misterio de amor[18].
Por otra parte, no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre»[19]. Esta exigencia constituye una invitación permanente, inscrita indeleblemente en el corazón humano, a ponerse en camino para encontrar a Aquel que no buscaríamos si no hubiera ya venido[20]. La fe nos invita y nos abre totalmente a este encuentro.
11. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II. En la Constitución apostólica Fidei depositum, firmada precisamente al cumplirse el trigésimo aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, el beato Juan Pablo II escribía: «Este Catecismo es una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial... Lo declaro como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»[21]. Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica. En efecto, en él se pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus dos mil años de historia. Desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, de los Maestros de teología a los Santos de todos los siglos, el Catecismo ofrece una memoria permanente de los diferentes modos en que la Iglesia ha meditado sobre la fe y ha progresado en la doctrina, para dar certeza a los creyentes en su vida de fe.
En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.
12. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural. Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.
En efecto, la fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad[22].
13. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.
Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.
Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio de que sería la Madre de Dios en la obediencia de su entrega (cf. Lc 1, 38). En la visita a Isabel entonó su canto de alabanza al Omnipotente por las maravillas que hace en quienes se encomiendan a Él (cf. Lc 1, 46-55). Con gozo y temblor dio a luz a su único hijo, manteniendo intacta su virginidad (cf. Lc 2, 6-7). Confiada en su esposo José, llevó a Jesús a Egipto para salvarlo de la persecución de Herodes (cf. Mt 2, 13-15). Con la misma fe siguió al Señor en su predicación y permaneció con él hasta el Calvario (cf. Jn 19, 25-27). Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf.Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14; 2, 1-4).
Por la fe, los Apóstoles dejaron todo para seguir al Maestro (cf. Mt 10, 28). Creyeron en las palabras con las que anunciaba el Reino de Dios, que está presente y se realiza en su persona (cf. Lc 11, 20). Vivieron en comunión de vida con Jesús, que los instruía con sus enseñanzas, dejándoles una nueva regla de vida por la que serían reconocidos como sus discípulos después de su muerte (cf. Jn 13, 34-35). Por la fe, fueron por el mundo entero, siguiendo el mandato de llevar el Evangelio a toda criatura (cf. Mc 16, 15) y, sin temor alguno, anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.
Por la fe, los discípulos formaron la primera comunidad reunida en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común todos sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).
Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que los había trasformado y hecho capaces de llegar hasta el mayor don del amor con el perdón de sus perseguidores.
Por la fe, hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, dejando todo para vivir en la sencillez evangélica la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que no tarda en llegar. Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia, para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4, 18-19).
Por la fe, hombres y mujeres de toda edad, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida (cf. Ap 7, 9; 13, 8), han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús allí donde se les llamaba a dar testimonio de su ser cristianos: en la familia, la profesión, la vida pública y el desempeño de los carismas y ministerios que se les confiaban.
También nosotros vivimos por la fe: para el reconocimiento vivo del Señor Jesús, presente en nuestras vidas y en la historia.
14. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).
La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado. «Cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 40): estas palabras suyas son una advertencia que no se ha de olvidar, y una invitación perenne a devolver ese amor con el que él cuida de nosotros. Es la fe la que nos permite reconocer a Cristo, y es su mismo amor el que impulsa a socorrerlo cada vez que se hace nuestro prójimo en el camino de la vida. Sostenidos por la fe, miramos con esperanza a nuestro compromiso en el mundo, aguardando «unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia» (2 P 3, 13; cf. Ap 21, 1).
15. Llegados sus últimos días, el apóstol Pablo pidió al discípulo Timoteo que «buscara la fe» (cf. 2 Tm 2, 22) con la misma constancia de cuando era niño (cf. 2 Tm 3, 15). Escuchemos esta invitación como dirigida a cada uno de nosotros, para que nadie se vuelva perezoso en la fe. Ella es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.
«Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero. Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf. Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.
Confiemos a la Madre de Dios, proclamada «bienaventurada porque ha creído» (Lc 1, 45), este tiempo de gracia.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 11 de octubre del año 2011, séptimo de mi Pontificado.

BENEDICTO XVI

domingo, 30 de septiembre de 2012

MENSAJE DEL XXXII CONGRESO DE TEOLOGÍA

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Actualidad de Redes Cristianas
10 de Septiembre de 2012

Del 6 al 9 de septiembre de 2012 nos hemos reunido en Madrid cristianos y cristianas de las diferentes tradiciones eclesiales y de todos los continentes para reflexionar sobre Cristianismo, mercado y movimientos sociales, intercambiar experiencias y buscar alternativas. Queremos compartir el siguiente mensaje.
1. El mercado-centrismo es la institución suprema del neoliberalismo que convierte a los seres humanos en mercancía y en piezas subalternas del sistema, identifica la justicia con el cumplimiento de la legalidad, dictada por el mercado, y reduce los derechos humanos al derecho de propiedad. El mercado genera situaciones de muerte para millones de seres humanos y para la naturaleza.
2. Vemos con especial preocupación y nos provocan indignación las consecuencias de la crisis, provocada por los poderes financieros, que castiga injustamente a los sectores más vulnerables de la sociedad en todo el mundo, y de manera especial en algunos países de Europa como Grecia, Portugal y España, donde se está produciendo un espectacular incremento de la pobreza en una sociedad con recursos suficientes para satisfacer las necesidades de la población.
3. En medio de esta situación valoramos positivamente los gestos de solidaridad de algunos miembros del clero y de la jerarquía eclesiástica, pero expresamos nuestro malestar e indignación ante el silencio de la Conferencia Episcopal Española, tan locuaz en otras ocasiones y ante otras cuestiones. La sociedad percibe dicho silencio como escándalo y complicidad con quienes han provocado la crisis. Nosotros lo consideramos insensibilidad ante la injusticia, alejamiento del mensaje liberador del Evangelio y falta de compasión con las víctimas. Creemos que tal actitud se debe a la cómoda instalación de la Iglesia institucional en una situación de privilegio. Lo que contrasta con los recortes en todos los terrenos.
4. Nosotros mismos, los participantes en este Congreso, no estamos exentos de contradicciones e incoherencias entre nuestro modo de pensar alternativo y nuestra forma de vivir acomodaticia, nuestra actitud crítica y nuestra práctica conformista; la crítica al consumo y nuestro consumismo; la opción por los pobres y nuestra falta de testimonio de pobreza.
5. La respuesta a la crisis requiere un nuevo paradigma que se traduzca en transformaciones estructurales, revolución de la subjetividad y de las conciencias, de los hábitos de vida y de las relaciones personales, bajo la guía y la prioridad de los valores éticos, presentes en todas las tradiciones religiosas, morales y espirituales, si bien con frecuencia incumplidos. Entre ellos cabe destacar: la dignidad humana frente al trato inhumano que reciben millones de seres humanos; el respeto a la vida, contra la violencia en sus diversas formas; la justicia global; la verdad, la honradez y la igualdad de género.
6. Reconocemos la importancia de los movimientos sociales, que constituyen mediaciones necesarias para transformar la realidad; son alternativa al pensamiento único y a la globalización neoliberal; recuperan valores que parecían en vías de extinción y se rebelan contra una realidad caracterizada por la explotación, la dominación y la tendencia a reducir la razón a mero cálculo.
7. Especial significación ha reconocido el Congreso al feminismo como teoría de la emancipación y de la igualdad no clónica entre hombres y mujeres; práctica de la sororidad internacional y defensa de las reivindicaciones de las mujeres, que, con frecuencia, se ven relegadas en nombre de “intereses generales superiores”, incluso en los propios movimientos sociales.
8. No podemos instalarnos en el pesimismo y el fatalismo históricos. Existen alternativas. Por eso apoyamos y hacemos nuestras las iniciativas siguientes para salir de la crisis: creación de una asamblea constituyente, desobediencia civil, banca ética, tasa Tobin, reparto del trabajo, universalización de los servicios sociales, reconocimiento de la ciudadanía a todos los residentes en nuestro territorio, pactos de ayuda mutua sin subordinación, soberanía alimentaria, cambio en los modelos de producción, etc.
9. Como cristianas y cristianos nos comprometemos a:
. Recuperar la herencia de Jesús, que se caracteriza por la opción por los excluidos y marginados, la compasión como principio de actuación y la afirmación de la autoridad de los que sufren.
. Seguir el espíritu y la práctica de Jesús, que consiste en humanizar el mundo comenzando por los últimos, luchar contra el olvido de las víctimas y ponernos de su lado.
. Afirmar la incompatibilidad entre Dios y el Dinero y luchar contra el Imperio del Dinero.
. Practicar la resistencia al sistema desde la no violencia activa.
. Participar activamente en los movimientos sociales, los antiguos y los nuevos, y de manera especial en los diferentes Foros Sociales, que trabajan por “Otro Mundo Posible”, y en el movimiento de los Indignados, en cuyo horizonte se sitúa Jesús de Nazaret, Indignado con las autoridades religiosas, el patriarcado y los poderes políticos y económicos de su tiempo.

Madrid, 9 de septiembre de 2012.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Pedro Casaldáliga

Por Con No hay comentarios:
Vida del obispo que arraigado, enraizado en Brasil, se torna película de cine.
La vida de Pedro Casaldáliga, el obispo español reconocido como uno de los mayores exponentes de la Teología de la liberación y desde 1968 enraizado en Brasil, (MT), está siendo filmada por una co-producción brasileño-hispana para la televisión.
"EN ESTA TIERRA ES FACIL NACER Y MORIR, LO DIFÍCIL ES VIVIR!", dijo Casaldáliga sobre la región que adoptó hace 44 años, donde encontró un mundo de tensiones sociales, con grandes propietarios de la tierra imponiendo su voluntad sobre los pobres trabajadores rurales e indígenas.
La noticia esta publicada por el periódico Unisinos, 20-08-2012.
Hoy con 84 años y todavía viviendo en San Félix, Pedro continua comprometido con la lucha: " NO PODEMOS CONFORMANOS CON ESTE SISTEMA QUE HACE DE LA HUMANIDAD UN NEGOCIO". Enfermo de Parkinson, nunca más volvió a España. Enfrentó a los grandes propietarios de la tierra, el gobierno y hasta el Vaticano al denunciar el latifundio y salir en defensa de los trabajadores rurales, indígenas e de una Iglesia más comprometida. Vivió bajo amenazas de muerte y ha sido fundador de la Pastoral de la Tierra y del Consejo Indígena, entidades fundamentales en la lucha por la Reforma Agraria y los derechos de los indígenas.
Bendito seas Pedro. Agradecemos a Dios por tu vida.

PONTE EN MARCHA

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"Vivamos la segunda fase del Congreso en profundidad, abiertos al Espíritu, buscando juntos el camino más adecuado para ser, verdaderamente, Familia en Misión, don en un mundo en cambio"

domingo, 2 de septiembre de 2012

UNA LECTURA ÉTICO-TEOLÓGICA DE LAS MARCHAS DEL TIPNIS

Por Con No hay comentarios:
19 Julio 2012

Víctor Codina sj
Ahora que la IX marcha indígena regresa al territorio del TIPNIS con la sensación de tristeza y fracaso ante la imposibilidad de diálogo con el gobierno, quisiera hacer una reflexión ético-teológica sobre el sentido de las dos marchas por el TIPNIS.

Más allá de lo sociopolítico
Se ha escrito ya mucho sobre el TIPNIS y las marchas VIII y IX de los indígenas en defensa de su territorio.
No quiero entrar en los temas y preocupaciones políticas que la marcha ha suscitado: intento de golpe de estado, influjo de la embajada USA y de las ONG, presencia de miembros de la oposición singularmente del MSM, impulso gubernamental a la contramarcha, visitas del gobierno a los indígenas con prebendas para que aprueben la consulta y la carretera, contradicción entre las propuestas ambientalistas y de respeto a la Madre Tierra de parte del gobierno y su praxis concreta en el caso del TIPNIS…
Tampoco quiero debatir sobre los responsables, hasta ahora impunes, de la represión policial a los indígenas de la VIII marcha en Chaparina o a los marchistas de la IX marcha en La Paz mientras hacían vigilia esperando el diálogo con el Presidente. Dejo de lado los temas económicos implicados en la marcha: préstamos del Brasil para la construcción de la carretera desde Villa Tunari a San Ignacio de Moxos, interés económico de una ruta transoceánica especialmente para el comercio con China, intereses financieros de madereras, cocaleros, petroleros, empresas de turismo… que defienden la construcción de la carretera.
No quiero discutir tampoco el tema del progreso de la zona que se favorecería con la construcción de la carretera y que se materializaría en mejoras en educación, salud, facilidad de entrada y salida de productos, tal como la propaganda oficial lo presenta en la TV. Paso de largo el tema legal, el decreto que defiende la intangibilidad del territorio del TIPNIS, la ley 222 que determina la consulta a los pobladores y la respuesta salomónica del Tribunal Constitucional. Tampoco deseo entrometerme en la cuestión de la legitimidad de los representantes que encabezan la IX marcha. No quiero discutir sobre el hecho de que los niños acompañasen a los marchistas, que como tanto UNICEF como PNUD han criticado. No tengo competencia para juzgar si el tramo segundo de la carretera dañará realmente el medio ambiente y si es posible establecer una ruta alternativa. Tampoco soy experto en los temas antropológicos y culturales implicados en esta marcha de chimanes, yuracarés y trinitario-moxeños. Todos estos temas ya han sido ampliamente debatidos en los últimos meses y se ha escrito mucho sobre todas estas implicaciones de la marcha del TIPNIS[1].
Yo quisiera abordar el tema de las marchas del TIPNIS desde otra dimensión, desde otro paradigma, desde su vertiente ética y espiritual, ya que solo desde estas raíces profundas se puede explicar el sentido último de la marcha. Hay que ir más allá de la racionalidad socio-política, económica, técnica y legal de la marcha.

Un llamado ético
La dimensión ética de estas marchas se puede formular de muchas formas pero que siempre tocan el mismo núcleo esencial:¿podemos explotar la naturaleza a cualquier precio, en nombre del progreso? ¿El progreso económico y técnico puede justificar cualquier acción destructora de la naturaleza y del medio ambiente? ¿Somos dueños y señores absolutos de nuestro entorno? ¿Todo lo técnicamente posible es necesariamente ético? ¿No tenemos responsabilidad para con las futuras generaciones que quedarán afectadas por nuestras decisiones exploratorias y extractivas?
Cuando uno reflexiona sobre el inmenso esfuerzo de los indígenas, hombres, mujeres, niños, incluso ancianos, caminando durante dos meses desde los llanos tropicales a las frías alturas del altiplano, soportando calor, lluvias y frío, mal alimentados y mal alojados en carpas, reprimidos por la policía, abucheados por algunos pobladores, mal recibidos por otros, con algunos muertos por accidente y otros por el frío y la falta de atención médica… surge espontáneamente la pregunta ¿de dónde nace esta convicción, esta tenacidad para seguir adelante, esta valentía y fortaleza en medio de tantas dificultades, cuál es la causa de esta audacia y de esta animosa y alegre postura?
Esto no se explica únicamente por la defensa de su habitat, ni de sus costumbres ancestrales, ni de su modus vivendi, no es solo el sentido de fidelidad a la tradición secular de sus mayores. Hay algo más, hay un plus.
¿Cuál es este plus de sentido que va más allá de la razón instrumental pragmática, de lo lógicamente razonable, más allá del sentido común, y de la misma utilidad práctica?

Más allá de la ética
Aquí lo ético se abre a una dimensión más profunda y misteriosa, al orden de lo espiritual. Se abre a la Trascendencia, a algo Tremendo y Fascinante, al Infinito, al Otro, a lo Incomprensible, a lo Sagrado, al Misterio último que podemos llamar Dios o con otros nombres.
Los indígenas en el fondo no defienden solo sus ríos, sus bosques, sus animales, su caza y su pesca…sino que defienden la Tierra, la Creación, la obra del Creador, expresada en diferentes mitologías y creencias. Tienen para la Tierra un respeto religioso y una veneración que va más allá del progreso técnico y económico, de la utilidad pragmática y consumista.
Para muchos “modernos” la postura indígena es una locura, negación del progreso, un fundamentalismo telúrico recalcitrante y reaccionario. Por esto se la critica, se la combate, se la frena, se la reprime, incluso violentamente.
Pero en realidad los indígenas desde su cosmovisión y espiritualidad ancestral, sean católicos, evangélicos o cultivadores de la espiritualidad originaria, están lanzando un mensaje al país y a la humanidad: no somos propietarios de la tierra, no somos dueños y explotadores, hemos de cuidar la tierra para las futuras generaciones, el lucro o el consumo no son la última palabra, la tierra es de todos y para todos, no para unos pocos aventureros con dinero y técnica. Ellos denuncian que la humanidad debe ir por otros rumbos. La Tierra merece respeto, armonía, comunión, contemplación amorosa, gratitud, solidaridad, reconciliación, no abuso, ni apropiación indebida, ni extinción, ni explotación inmisericorde, ni voracidad, ni codicia, ni violencia, ni caos.
¿De dónde le viene a esta gente pobre e iletrada esta profunda intuición? No han leído libros sobre ecología o desarrollo sostenible, ni seguramente conocen Greenpace, ni los protocolos de Kyoto o las reuniones de Río 92 y Río + 20. Es ciertamente la sabiduría milenaria de estos pueblos la que aflora intuitivamente en estas marchas, una sabiduría anterior al cristianismo, una sabiduría cósmica, telúrica, espiritual, que brota de la comunión armónica durante siglos con la naturaleza, de la que se sienten parte.

Una lectura cristiana de estas marcha
Si quisiéramos hacer una lectura cristiana de todo este proceso deberíamos hablar del Espíritu de Señor que desde los orígenes de la creación llena el universo, aletea en la creación originaria e inspira a los hombres y mujeres este sentido de respeto y comunión con la naturaleza y con todo el cosmos (Génesis 1, 2; Sabiduría 1, 7). Este Espíritu creador sostiene y hace florecer las culturas y religiones de la humanidad, este Espíritu, anterior a la llegada de los misioneros, es el que da sentido a sus vidas, coherencia interna, fuerza y valentía para defender la tierra. El Espíritu del Señor transforma esta ética y espiritualidad en una mística y en una profecía para nuestro mundo. Los indígenas de la marcha nos despiertan de nuestro letargo consumista, tecnocrático y posesivo, de nuestro espíritu pequeño burgués y poco soñador, nos abren a una dimensión mayor y más profunda, a una utopía real. Nos advierten que el camino del capitalismo neoliberal competitivo y discriminante, la ideología de mercado y del consumo, el “sistema” y estilo actual de vida, la american way of life, llevan a la ruina de las civilizaciones, de la humanidad y de la tierra[2].
A lo mejor todo este esfuerzo de los indígenas nos puede parecer inútil, es muy probable que estas marchas hayan sido un fracaso, la carretera seguramente se hará, la selva será destruida y el TIPNIS se convertirá en zona productiva y progresará económicamente. Triunfarán los sabios y prudentes de este mundo. Dentro de unos años nadie se acordará ya de las marchas indígenas por el TIPNIS.
Pero el grito de estos indígenas descalzos y pobres no podrá ser ahogado nunca, pues a través de ellos, con todas sus ambigüedades, mixtificaciones, impurezas, errores e incluso egoísmos, nos está hablando el mismo Espíritu que aleteaba en la creación. Es un signo de los tiempos.
Desde una visión cristiana, la marcha de los indígenas del TIPNIS confirma las palabras llenas de exultación mesiánica de Jesús de Nazaret porque su Padre ha ocultado los misterios del Reino a los sabios y prudentes y los ha revelado a los pequeños y sencillos (Lucas 10, 21-22).
Estos indígenas, pobres, mal vestidos y caminado con chinelas o descalzos por las carreteras, son más sabios que los poderosos y bienpensantes de este mundo.
Una hermenéutica desde los pobres nos abre a dimensiones siempre nuevas, a la ética y a la espiritualidad, a una mística profética, que irrumpe más allá de los límites del país y de la Iglesia, en una suerte de teología pública, publicness, que advierte e ilumina nuestro futuro. La población de La Paz que ha recibido con inmenso cariño y generosidad a los marchistas del TIPNIS ¿intuía algo de esto? Los marchistas quizás hayan sido mal aconsejados, quizás no hayan actuado ni se hayan expresado siempre de forma correcta, quizás hayan sido poco realistas… pero lo cierto es que nos han dado una lección de ética y de espiritualidad, de mística y de profecía. Ellos, mal que nos pese, en el fondo tienen razón: hay que cambiar el “sistema” y caminar hacia la utopía. ¡Gracias, hermanos, hermanas y niños indígenas!
Cochabamba 12 de julio 2012

________________________________________ [1] Remito al nº 101 de Cuarto intermedio, Cochabamba mayo 2012, y concretamente a los artículos de Felix Patzi, Miserias de la plurinacionalidad e interculturalidad en el conflicto del Tipnis, págs 32-53 y Xavier Albó, Los actores locales del Tipnis, ibdm, págs 54-69.
[2] Véase la Carta pastoral de la Conferencia episcopal boliviana, El Universo don de Dios para la vida, Cuaresma 2012. En el nº 101 de Cuarto intermedio, mayo 2012, hay un breve resumen, págs 82-97.
Este artículo fue publicado el Jueves, julio 19th, 2012 a horas 22:24 y está catalogado como Realidad Indígena.

sábado, 1 de septiembre de 2012

La queja de Dios

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2 de septiembre de 2012
22 Tiempo ordinario (B)
Marcos 7, 1-8.14-15.21-23

Un grupo de fariseos de Galilea se acerca a Jesús en actitud crítica. No vienen solos. Los acompañan algunos escribas, venidos de Jerusalén, preocupados sin duda por defender la ortodoxia de los sencillos campesinos de las aldeas. La actuación de Jesús es peligrosa. Conviene corregirla.
Han observado que, en algunos aspectos, sus discípulos no siguen la tradición de los mayores. Aunque hablan del comportamiento de los discípulos, su pregunta se dirige a Jesús, pues saben que es él quien les ha enseñado a vivir con aquella libertad sorprendente. ¿Por qué?
Jesús les responde con unas palabras del profeta Isaías que iluminan muy bien su mensaje y su actuación. Estas palabras con las que Jesús se identifica totalmente hemos de escucharlas con atención, pues tocan algo muy fundamental de nuestra religión. Según el profeta, esta es la queja Dios.
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí". Este es siempre el riesgo de toda religión: dar culto a Dios con los labios, repitiendo fórmulas, recitando salmos, pronunciando palabras hermosas, mientras nuestro corazón "está lejos de él". Sin embargo, el culto que agrada a Dios nace del corazón, de la adhesión interior, de ese centro íntimo de la persona de donde nacen nuestras decisiones y proyectos.
"El culto que me dan está vacío". Cuando nuestro corazón está lejos de Dios, nuestro culto queda sin contenido. Le falta la vida, la escucha sincera de la Palabra de Dios, el amor al hermano. La religión se convierte en algo exterior que se practica por costumbre, pero donde faltan los frutos de una vida fiel a Dios.
"La doctrina que enseñan son preceptos humanos". En toda religión hay tradiciones que son "humanas". Normas, costumbres, devociones que han nacido para vivir la religiosidad en una determinada cultura. Pueden hacer mucho bien. Pero hacen mucho daño cuando nos distraen y alejan de la Palabra de Dios. Nunca han de tener la primacía.
Al terminar la cita del profeta Isaías, Jesús resume su pensamiento con unas palabras muy graves: "Dejáis de lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres". Cuando nos aferramos ciegamente a tradiciones humanas, corremos el riesgo de olvidar el mandato del amor y desviarnos del seguimiento a Jesús, Palabra encarnada de Dios. En la religión cristiana lo primero es siempre Jesús y su llamada al amor. Solo después vienen nuestras tradiciones humanas por muy importantes que nos puedan parecer. No hemos de olvidar nunca lo esencial.

José Antonio Pagola

Domingo 22º B

Por Con No hay comentarios:
2-9-2012
Monasterio de la Sagrada Familia,
Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier

¡Vivir de lo esencial! Es la clave para ser felices. Lo dice la experiencia y, sobre todo, nos lo proclama la Palabra de Dios. ¡Vivir de lo esencial!, grita la vocación consagrada. Nos lo ha enseñado el propio Jesucristo con su ejemplo e insuperable magisterio: adorar sólo a Dios y dar la vida por el prójimo; amar al Señor con todo el ser y al prójimo como a uno mismo.
Acerquémonos a Jesucristo, nuestra paz y justicia, nuestra vida y salvación. Sólo en Él se realiza el pleno sentido de la existencia humana y del mundo. Es la honda sabiduría de los santos: “Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (S. Agustín).
El camino está señalado. Moisés exhortaba a su pueblo: “Escucha, Israel, así viviréis y entraréis a tomar posesión de la tierra que el Señor, Dios de vuestros padres, os va a dar” (cf. 1ª lect.). Esta voz profética alcanza su plenitud en la voz del Padre al mostrarnos y darnos a Jesús: “Éste es mi Hijo Amado, ¡escuchadlo!”. ¡Escuchar y hacer lo que dice Jesucristo! Eso es acoger dócilmente la Palabra de Dios capaz de salvarnos (cf. 2ª lect.); en esto consiste la auténtica religión: en vivir el mandamiento del amor. Así entramos y nos hospedamos “en su tienda” (cf. salmo resp.) y podemos “ofrecer el culto auténtico”.
Por Jesucristo y por la acción de su santo Espíritu, Dios está más íntimo a nosotros que nosotros mismos. El Señor llama a la puerta para que abramos y compartamos de verdad su cercanía, su amistad, sus proyectos de salvación en favor de todos.
¡Qué lejos de todo eso estaba aquel grupo de fariseos y letrados! (cf. ev.) Se apartaban de lo esencial y ocultaban la verdad. Las invectivas de Jesús son, también hoy, clara denuncia social y llamada a conversión: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi. El culto que me dan está vacío porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos. Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”.
La estricta observancia de la ley, vigente en tiempos de Jesús, había sido convertida por los fariseos en toda una maraña de normas y reglamentaciones que impedía captar los valores esenciales de la Antigua Alianza. Abundaban formalismos que sofocaban la libertad de mucha gente. Jesús se revolvió contra ese modo de entender la Ley. Sí, la Ley seguía siendo expresión del querer divino. Pero la soberana libertad de Jesús no consentía que la voluntad del Padre fuera coartada y adulterada con prolijas formalidades sin alma.
Hermanas, amigos: ¿acaso no podemos decir que el test de la vida humana está en el corazón, en lo íntimo de cada persona? De él, nos dice el Señor, brota bondad o maldad. ¿No vale también para nuestros días la lección de Jesús? “Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre”.
Según Jesús, si no vivimos en coherencia con el amor de Dios derramado en nuestros corazones, no seremos auténticos, no viviremos con los pensamientos y sentimientos, con las actitudes y obras que hacen dichoso al ser humano. Por desgracia, en la vida de no pocos cristianos, esto también se ha olvidado con excesiva frecuencia.
Pidamos para todos que el Señor nos purifique, que nos renueve por dentro con espíritu firme, que nos haga experimentar el gozo de su presencia y salvación. Por ella hemos sido ya engendrados a vida eterna “como primicias de sus criaturas”. Porque la ley de Dios, sus mandatos, no son cadena opresora, sino sabiduría y libertad, bendición divina y dignidad humana. Nos han sido dados para que tengamos vida y vida abundante.
Sí, Dios quiere que nos convirtamos a su amor, que acojamos con alegría su revelación, que nos dejemos transformar por su Espíritu. Él, sólo Él, nos dará valor para vivir y anunciar, en toda ocasión, el Evangelio de la gracia.
Hermanas y amigos, ¿asumiremos su santa voluntad con ayuda de la fe apostólica y de la liturgia de este domingo? Celebremos con alegría, aquí y ahora, el misterio pascual de Nuestro Señor Jesucristo. Es el triunfo de la libertad y del amor, la victoria decisiva sobre el pecado y la muerte, la única oferta permanente y para todos de vida eterna, de vida en plenitud.





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