"El Concilio Vaticano II nos ha recordado que, a lo largo de los siglos, el Evangelio es en todas las épocas el que hace vivir a la Iglesia. Estas son sus palabras: "El Evangelio es, en todo tiempo, el principio de toda vida para la Iglesia" (Lumen Gentiumn 20). La fe no puede nacer ni ser transmitida sin la presencia viva del Evangelio. Hemos de creer más en su fuerza regeneradora. Nada puede revitalizar hoy la fe de los cristianos tanto como la experiencia directa e inmediata del Evangelio.Hemos de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde se acoge el Evangelio de Jesús. Un lugar humilde y frágil en estos momentos, pero un lugar donde se cuida, antes que nada, la acogida del Evangelio. Hemos de instaurar tiempos y espacios para recorrer juntos los relatos evangélicos. Reunir a los creyentes, a los menos creyentes, a los poco creyentes e incluso a los increyentes en torno al Evangelio de Jesús. Darle al Evangelio la oportunidad de que despliegue su frescura y su fuerza salvadora penetrando en nuestras vidas con sus problemas, crisis, miedos y esperanzas. Crear las condiciones para que el Evangelio irrumpa en nuestras comunidades.Hemos de captar bien que los evangelios son relatos de conversión. No solo narran el camino abierto por Jesús, sino que lo hacen para engendrar fe en Jesucristo. Son relatos que invitan a entrar en un proceso de cambio, de mutación de identidad, de seguimiento del reino de Dios. En esa actitud de conversión los hemos de leer, meditar y compartir en las comunidades crisitianas.El contacto con el Evangelio puede ser así el comienzo de una nueva identidad cristiana. Jesús, narrado en los evangelios, nos enseña a vivir la fe, no por obligación, sino por atracción. Nos hace vivir la vida cristiana, no como un deber, sino como discípulos y seguidores seducidos por él. Al contacto con su Evangelio aprendemos su estilo de vivir y descubrimos formas más humanas y evangélicas de pensar, vivir, celebrar y contagiar nuestra fe. Con los ojos fijos en Jesús podemos caminar en los años venideros hacia un nivel nuevo de existencia cristiana más inspirada en él y mejor motivada para servir a su proyecto del Reino de Dios" J. Antonio Pagola
jueves, 6 de diciembre de 2012
miércoles, 5 de diciembre de 2012
Fallece Mª Luz Valero
Desde el Comité Nacional de Asociados Laicos, queremos comunicaros la muerte de la Asociada Laica del grupo 1 de Málaga Mª Luz Valero. Nos unimos en oración a todos sus familiares, seguros de que ya está gozando del amor y la presencia plena del Padre.
sábado, 1 de diciembre de 2012
Domingo 1º Adviento
2-12-2012
Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier
Oyentes de la Palabra de Dios, creyentes en Jesucristo, avivamos la esperanza. “¡El Señor está cerca!”. Intuimos, sí, el clamor oculto de la creación y el ansia con que patriarcas y profetas esperaron la llegada del Mesías.
Dios es el único que colma verdaderamente la ardiente esperanza. En Jesús de Nazaret se han cumplido las promesas. Él es la mejor garantía de la fidelidad de Dios con toda la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él… Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.” (Jn 3, 16-19)
La historia, entre logros y fracasos, supo realmente de sueños y trabajos por un futuro mejor. Cada uno de nosotros también tiene los suyos, mil interrogantes incluidos. No somos ilusos. Abandonar la fe en Dios, lejos de alumbrar una mejor humanidad, parece dejar a sus protagonistas sin puntos válidos de segura y eficaz referencia. ¿A dónde camina nuestra sociedad? ¿Qué “nuevo” mundo está surgiendo?
Lo que, ahora también, parece imposible se hizo realidad decisiva e incipiente en Jesucristo. Creer en él es tener ya “vida eterna”. Y, por él, podemos creer en el ser humano como lo quiere Dios. La fe en Jesús nos lleva a una paciente y serena convicción: aunque todavía no convivamos en libertad verdadera, en compartir solidario, a plena luz, en justicia y en paz, sabemos que sólo Dios puede darnos vida eterna y feliz. Nos corresponde velar en oración confiada y movernos en el amor de los hijos. Mientras esperamos la manifestación gloriosa del Reino de Dios, nuestro quehacer deberá tener el señorío de la Palabra de Dios. Atentos a discernir los signos de los tiempos, el Espíritu Santo nos impulsará a colaborar en la mejora del mundo.
La salvación es don y tarea. Antes que nada -ayer, hoy y mañana- obra de Dios. Él cuenta también con nosotros y nos enseña el camino. La salvación “se hace”, no desde la cumbre de la prepotencia sino con servicios generosos, aunque sencillos y ocultos. “Se hace” la salvación desde la propia entrega, en amor fiel que, no lo olvidemos, será “crucificado”. “Se hace” la salvación sólo por Jesucristo y por nuestra agraciada y creciente configuración con él. En “el año de la fe”, regalo de Dios, el mismo don de la fe nos emplaza, como Iglesia, a luchar contra el pecado y todo mal, sea cual sea su figura: idolatría, insolidaridad, corrupción, mentira, manipulación, afán consumista, poder aplastante, vulgaridad, indiferencia, egoísmo… Cada uno tiene que estar preparado y luchar en su “mundo”, según la vocación y los dones recibidos.
La Palabra de Dios ilumina y nutre nuestra vida: Jeremías exhorta a velar confiados porque el Señor cumplirá sus promesas: “suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra” (cf. 1ª lect.). El salmo nos mueve a levantar el ánimo ante el Señor, “bueno y recto”, pidiéndole nos instruya a los pecadores “en sus sendas” que son “misericordia y lealtad”: “haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador”. Sí, “a ti, Señor, levanto mi alma”. El Evangelio, Buena noticia siempre, es hoy un clamor: “se acerca vuestra liberación”, “manteneos en pie ante el Hijo del hombre”. ¿Por qué temer, hermanas y amigos? “Tened cuidado”, eso sí. Que nada nos haga perder la cabeza, que nadie endurezca el corazón ni se desvíe en el camino de la fe.
Preparemos, pues, la venida del Señor compartiendo el apasionado deseo del Apóstol: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos… Y que así os fortalezca interiormente; para que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre” (cf. 2ª lect.). Fortalecidos interiormente. Somos hermanos en Jesucristo. Su Espíritu da a nuestras vidas hondura y sentido pleno, las puede hacer “rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. Por ello, en la familia de los hijos de Dios, no podemos abdicar de la responsabilidad de la santa esperanza. El mundo la necesita y, si lo conociera en verdad, desearía creer en el Dios Vivo, el Dios de la Vida, del Amor y de la Paz.
Hermanas y amigos: para iluminar “desde fuera” y para fortalecer “interiormente” la esperanza, miremos a María, Virgen y Madre. Aprendamos de ella a orar desde el corazón, acariciando la Palabra de Dios. Que se nos haga “entraña”, que nos vaya transformando día a día. Hoy somos Iglesia expectante y orante, Iglesia en nuevo Adviento. Desde nuestra pobreza y vacío, desde el trabajo paciente. Abiertos a las promesas más generosas y eficaces, con vivos deseos de plenitud. A pesar de los que aplastan al pobre y marginan a los necesitados, a pesar de los falsos “pastores” que descarrían a sus pueblos, falsos agoreros y profetas de calamidades, ¡atrévete a esperar! Todo es posible al que cree. Estamos en camino. Unidos en la fe y el amor, esperamos al Señor, Mesías prometido y Salvador del mundo. Y le suplicamos: "¡Ven, Señor Jesús!".
Monasterio de la Sagrada Familia, Oteiza de Berrioplano
Ramón Sánchez-Lumbier
Oyentes de la Palabra de Dios, creyentes en Jesucristo, avivamos la esperanza. “¡El Señor está cerca!”. Intuimos, sí, el clamor oculto de la creación y el ansia con que patriarcas y profetas esperaron la llegada del Mesías.
Dios es el único que colma verdaderamente la ardiente esperanza. En Jesús de Nazaret se han cumplido las promesas. Él es la mejor garantía de la fidelidad de Dios con toda la humanidad: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él… Este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.” (Jn 3, 16-19)
La historia, entre logros y fracasos, supo realmente de sueños y trabajos por un futuro mejor. Cada uno de nosotros también tiene los suyos, mil interrogantes incluidos. No somos ilusos. Abandonar la fe en Dios, lejos de alumbrar una mejor humanidad, parece dejar a sus protagonistas sin puntos válidos de segura y eficaz referencia. ¿A dónde camina nuestra sociedad? ¿Qué “nuevo” mundo está surgiendo?
Lo que, ahora también, parece imposible se hizo realidad decisiva e incipiente en Jesucristo. Creer en él es tener ya “vida eterna”. Y, por él, podemos creer en el ser humano como lo quiere Dios. La fe en Jesús nos lleva a una paciente y serena convicción: aunque todavía no convivamos en libertad verdadera, en compartir solidario, a plena luz, en justicia y en paz, sabemos que sólo Dios puede darnos vida eterna y feliz. Nos corresponde velar en oración confiada y movernos en el amor de los hijos. Mientras esperamos la manifestación gloriosa del Reino de Dios, nuestro quehacer deberá tener el señorío de la Palabra de Dios. Atentos a discernir los signos de los tiempos, el Espíritu Santo nos impulsará a colaborar en la mejora del mundo.
La salvación es don y tarea. Antes que nada -ayer, hoy y mañana- obra de Dios. Él cuenta también con nosotros y nos enseña el camino. La salvación “se hace”, no desde la cumbre de la prepotencia sino con servicios generosos, aunque sencillos y ocultos. “Se hace” la salvación desde la propia entrega, en amor fiel que, no lo olvidemos, será “crucificado”. “Se hace” la salvación sólo por Jesucristo y por nuestra agraciada y creciente configuración con él. En “el año de la fe”, regalo de Dios, el mismo don de la fe nos emplaza, como Iglesia, a luchar contra el pecado y todo mal, sea cual sea su figura: idolatría, insolidaridad, corrupción, mentira, manipulación, afán consumista, poder aplastante, vulgaridad, indiferencia, egoísmo… Cada uno tiene que estar preparado y luchar en su “mundo”, según la vocación y los dones recibidos.
La Palabra de Dios ilumina y nutre nuestra vida: Jeremías exhorta a velar confiados porque el Señor cumplirá sus promesas: “suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y derecho en la tierra” (cf. 1ª lect.). El salmo nos mueve a levantar el ánimo ante el Señor, “bueno y recto”, pidiéndole nos instruya a los pecadores “en sus sendas” que son “misericordia y lealtad”: “haz que camine con lealtad; enséñame porque tú eres mi Dios y Salvador”. Sí, “a ti, Señor, levanto mi alma”. El Evangelio, Buena noticia siempre, es hoy un clamor: “se acerca vuestra liberación”, “manteneos en pie ante el Hijo del hombre”. ¿Por qué temer, hermanas y amigos? “Tened cuidado”, eso sí. Que nada nos haga perder la cabeza, que nadie endurezca el corazón ni se desvíe en el camino de la fe.
Preparemos, pues, la venida del Señor compartiendo el apasionado deseo del Apóstol: “Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a todos… Y que así os fortalezca interiormente; para que, cuando Jesús nuestro Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles ante Dios nuestro Padre” (cf. 2ª lect.). Fortalecidos interiormente. Somos hermanos en Jesucristo. Su Espíritu da a nuestras vidas hondura y sentido pleno, las puede hacer “rebosar de amor mutuo y de amor a todos”. Por ello, en la familia de los hijos de Dios, no podemos abdicar de la responsabilidad de la santa esperanza. El mundo la necesita y, si lo conociera en verdad, desearía creer en el Dios Vivo, el Dios de la Vida, del Amor y de la Paz.
Hermanas y amigos: para iluminar “desde fuera” y para fortalecer “interiormente” la esperanza, miremos a María, Virgen y Madre. Aprendamos de ella a orar desde el corazón, acariciando la Palabra de Dios. Que se nos haga “entraña”, que nos vaya transformando día a día. Hoy somos Iglesia expectante y orante, Iglesia en nuevo Adviento. Desde nuestra pobreza y vacío, desde el trabajo paciente. Abiertos a las promesas más generosas y eficaces, con vivos deseos de plenitud. A pesar de los que aplastan al pobre y marginan a los necesitados, a pesar de los falsos “pastores” que descarrían a sus pueblos, falsos agoreros y profetas de calamidades, ¡atrévete a esperar! Todo es posible al que cree. Estamos en camino. Unidos en la fe y el amor, esperamos al Señor, Mesías prometido y Salvador del mundo. Y le suplicamos: "¡Ven, Señor Jesús!".
Cuando el otoño tiene rostro anciano
CARTA SEMANAL DEL ARZOBISPO DE OVIEDO. 25 DE NOVIEMBRE DE 2012
Son días de neblinas mañaneras que llegando la tarde se antojan para dar un paseo, como dice el refrán. El otoño es una estación del año que nos recoge en los adentros, nos eriza con nostalgia los recuerdos, y nos permite saber y saborear las cosas verdaderamente importantes de nuestra vida. Sin duda que tiene magia mágica ver nuestros bosques y parques tan desnudos de hojas que se nos alfombran, y tan vitales en el secreto escondido de sus mejores raíces.
La vida humana tiene también sus estaciones cada año, pero diría más: la vida sabe de estaciones a lo largo de su biografía. El pequeñín que nace, el joven que crece, el adulto que va haciendo síntesis, el anciano que se recoge. Toda una historia llena de fechas, de nombres, de circunstancias que han ido poniendo lo más hermoso y noble, así como no faltan tampoco las cosas tristes y olvidadizas.
Hace unos días, Benedicto XVI ha visitado una casa de ancianos. El gesto ha sido precioso, sus palabras amables y llenas de sabiduría. Pero sobre todo, me ha impresionado que haya querido presentarse ante ellos como un anciano más, sin ser un anciano cualquiera. El gesto y las palabras cobraban así un tono de confidencia, casi de complicidad. No hablaba el Papa de prestado, como quien sale al paso de algo que no le afecta. Hablaba Benedicto XVI de algo que también le corresponde. Vale la pena leer lo que a aquellos ancianos les ha dicho dejando un precioso testimonio de cómo él ve y vive esa misma condición desde una actitud cristiana.
Decía así el Papa: «Vengo como Obispo de Roma, pero también como anciano que visita a sus coetáneos. Es superfluo decir que conozco bien las dificultades, los problemas y los límites de esta edad, y sé que para muchos estas dificultades están agravadas por la crisis económica. A veces, a una cierta edad, uno se vuelve al pasado añorando cuando se era joven, se gozaba de energías frescas y se hacían proyectos para el futuro. De este modo, la mirada puede llenarse de tristeza considerando esta fase de la vida como el tiempo del atardecer. Pero esta mañana, dirigiéndome idealmente a todos los ancianos, aún siendo consciente de las dificultades que nuestra edad comporta, quisiera deciros con profunda convicción: ¡es bello ser ancianos! A cada edad es necesario saber descubrir la presencia y la bendición del Señor, y las riquezas que conlleva. No debemos aprisionarnos en la tristeza. Hemos recibido el don de una vida larga. Vivir es bello también a nuestra edad, a pesar de algunos achaques y alguna limitación. En nuestro rostro esté siempre no la tristeza, sino la alegría de sentirnos amados por Dios. No olvidéis que entre los recursos preciosos que tenéis está ese esencial que es la oración: convertíos en intercesores ante Dios, rezando con fe y constancia. Rezad por la Iglesia, también por mí, por las necesidades del mundo, por los pobres, y para que en el mundo no haya más violencia. La oración de los ancianos puede proteger el mundo. Sentíos amados por Dios y sabed llevar a nuestra sociedad, tantas veces individualista y pragmatista, un rayo de amor de Dios. Y Dios estará siempre con vosotros y con cuantos os sostienen con su ayuda y afecto».
Al final de la vida, en ese otoño de la existencia, seremos examinados sobre el amor. Pero si ese es el examen final, tenemos un examen parcial todos los días, en el atardecer de cada jornada que Dios nos da. Ojalá que sepamos salir airosos con fe, amor y esperanza. Es el otoño cotidiano que llena de ternura y paz nuestras entrañas.
Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Son días de neblinas mañaneras que llegando la tarde se antojan para dar un paseo, como dice el refrán. El otoño es una estación del año que nos recoge en los adentros, nos eriza con nostalgia los recuerdos, y nos permite saber y saborear las cosas verdaderamente importantes de nuestra vida. Sin duda que tiene magia mágica ver nuestros bosques y parques tan desnudos de hojas que se nos alfombran, y tan vitales en el secreto escondido de sus mejores raíces.
La vida humana tiene también sus estaciones cada año, pero diría más: la vida sabe de estaciones a lo largo de su biografía. El pequeñín que nace, el joven que crece, el adulto que va haciendo síntesis, el anciano que se recoge. Toda una historia llena de fechas, de nombres, de circunstancias que han ido poniendo lo más hermoso y noble, así como no faltan tampoco las cosas tristes y olvidadizas.
Hace unos días, Benedicto XVI ha visitado una casa de ancianos. El gesto ha sido precioso, sus palabras amables y llenas de sabiduría. Pero sobre todo, me ha impresionado que haya querido presentarse ante ellos como un anciano más, sin ser un anciano cualquiera. El gesto y las palabras cobraban así un tono de confidencia, casi de complicidad. No hablaba el Papa de prestado, como quien sale al paso de algo que no le afecta. Hablaba Benedicto XVI de algo que también le corresponde. Vale la pena leer lo que a aquellos ancianos les ha dicho dejando un precioso testimonio de cómo él ve y vive esa misma condición desde una actitud cristiana.
Decía así el Papa: «Vengo como Obispo de Roma, pero también como anciano que visita a sus coetáneos. Es superfluo decir que conozco bien las dificultades, los problemas y los límites de esta edad, y sé que para muchos estas dificultades están agravadas por la crisis económica. A veces, a una cierta edad, uno se vuelve al pasado añorando cuando se era joven, se gozaba de energías frescas y se hacían proyectos para el futuro. De este modo, la mirada puede llenarse de tristeza considerando esta fase de la vida como el tiempo del atardecer. Pero esta mañana, dirigiéndome idealmente a todos los ancianos, aún siendo consciente de las dificultades que nuestra edad comporta, quisiera deciros con profunda convicción: ¡es bello ser ancianos! A cada edad es necesario saber descubrir la presencia y la bendición del Señor, y las riquezas que conlleva. No debemos aprisionarnos en la tristeza. Hemos recibido el don de una vida larga. Vivir es bello también a nuestra edad, a pesar de algunos achaques y alguna limitación. En nuestro rostro esté siempre no la tristeza, sino la alegría de sentirnos amados por Dios. No olvidéis que entre los recursos preciosos que tenéis está ese esencial que es la oración: convertíos en intercesores ante Dios, rezando con fe y constancia. Rezad por la Iglesia, también por mí, por las necesidades del mundo, por los pobres, y para que en el mundo no haya más violencia. La oración de los ancianos puede proteger el mundo. Sentíos amados por Dios y sabed llevar a nuestra sociedad, tantas veces individualista y pragmatista, un rayo de amor de Dios. Y Dios estará siempre con vosotros y con cuantos os sostienen con su ayuda y afecto».
Al final de la vida, en ese otoño de la existencia, seremos examinados sobre el amor. Pero si ese es el examen final, tenemos un examen parcial todos los días, en el atardecer de cada jornada que Dios nos da. Ojalá que sepamos salir airosos con fe, amor y esperanza. Es el otoño cotidiano que llena de ternura y paz nuestras entrañas.
Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Arzobispo de Oviedo
Indignación y esperanza
2 de diciembre de 2012
1 Adviento (C)
Lucas 21,25-28. 34-36
Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.
Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará "signos" de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.
Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los "acontecimientos cósmicos" que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte.
El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos "Dios".
No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El "último día" no es un día de ira y de venganza, sino de liberación. Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: "Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación". Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.
Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.
Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. "Tened cuidado: que no se os embote la mente". No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. Mantened viva la indignación. "Estad siempre despiertos". No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.
¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.
José Antonio Pagola
1 Adviento (C)
Lucas 21,25-28. 34-36
Una convicción indestructible sostiene desde sus inicios la fe de los seguidores de Jesús: alentada por Dios, la historia humana se encamina hacia su liberación definitiva. Las contradicciones insoportables del ser humano y los horrores que se cometen en todas las épocas no han de destruir nuestra esperanza.
Este mundo que nos sostiene no es definitivo. Un día la creación entera dará "signos" de que ha llegado a su final para dar paso a una vida nueva y liberada que ninguno de nosotros puede imaginar ni comprender.
Los evangelios recogen el recuerdo de una reflexión de Jesús sobre este final de los tiempos. Paradójicamente, su atención no se concentra en los "acontecimientos cósmicos" que se puedan producir en aquel momento. Su principal objetivo es proponer a sus seguidores un estilo de vivir con lucidez ante ese horizonte.
El final de la historia no es el caos, la destrucción de la vida, la muerte total. Lentamente, en medio de luces y tinieblas, escuchando las llamadas de nuestro corazón o desoyendo lo mejor que hay en nosotros, vamos caminando hacia el misterio último de la realidad que los creyentes llamamos "Dios".
No hemos de vivir atrapados por el miedo o la ansiedad. El "último día" no es un día de ira y de venganza, sino de liberación. Lucas resume el pensamiento de Jesús con estas palabras admirables: "Levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación". Solo entonces conoceremos de verdad cómo ama Dios al mundo.
Hemos de reavivar nuestra confianza, levantar el ánimo y despertar la esperanza. Un día los poderes financieros se hundirán. La insensatez de los poderosos se acabará. Las víctimas de tantas guerras, crímenes y genocidios conocerán la vida. Nuestros esfuerzos por un mundo más humano no se perderán para siempre.
Jesús se esfuerza por sacudir las conciencias de sus seguidores. "Tened cuidado: que no se os embote la mente". No viváis como imbéciles. No os dejéis arrastrar por la frivolidad y los excesos. Mantened viva la indignación. "Estad siempre despiertos". No os relajéis. Vivid con lucidez y responsabilidad. No os canséis. Mantened siempre la tensión.
¿Cómo estamos viviendo estos tiempos difíciles para casi todos, angustiosos para muchos, y crueles para quienes se hunden en la impotencia? ¿Estamos despiertos? ¿Vivimos dormidos? Desde las comunidades cristianas hemos de alentar la indignación y la esperanza. Y solo hay un camino: estar junto a los que se están quedando sin nada, hundidos en la desesperanza, la rabia y la humillación.
José Antonio Pagola
martes, 27 de noviembre de 2012
VI FORO GLOBAL SOBRE MIGRACIÓN Y DESARROLLO
Del 19 al 22 de noviembre se ha celebrado en Isla Mauricio el VI FORO GLOBAL SOBRE MIGRACIÓN Y DESARROLLO, cuyo tema es "la mejora del desarrollo humano de los migrantes y su contribución al desarrollo de las comunidades y los Estados".Podéis acceder a su página web en inglés http://www.gfmd.org/en/ (podéis traducirlo con el traductor de google) y conocer cómo se han tratado los temas. Desde su inauguración en 2007, el Foro se ha convertido en el proceso intergubernamental más importante de este tipo que puede hacer frente a los complejos vínculos que existen entre migración y desarrollo. En el foro se ha trabajado a partir de tres mesas redondas con diferentes sesiones, poniendo en relación países de origen y países de destino de los procesos migratorios: Como habréis podido comprobar los medios de comunicación apenas se han hecho eco de éste tema tan importante. Están demasiado preocupados por su crisis económica… En las distintas mesas se habló de: MESA 1: Protección y mejora de las condiciones de los trabajadores migrantes. Sesión 1: Más allá de la frontera: Habilidades y Empleo para el desarrollo humano. Sesión 2: Apoyo a migrantes y la migración como agentes de cambio socioeconómico MESA 2: Planes del Desarrollo para los Gobierno que introduzcan los factores migratorios: Sesión 1: Apoyando el desarrollo nacional a través de los procesos de integración de los migrantes. Perfiles migratorios y estrategias de reducción de la pobreza Sesión 2: Abordar la migración Sur-Sur y las Políticas de Desarrollo MESA 3: Gestión de la migración y protección a los migrantes para garantizar el desarrollo humano: Sesión 1: Mejorar la percepción pública de los migrantes y la migración Sesión 2: Protección a migrantes como parte integral de gestión de la migración Sesión 3: La protección de las trabajadoras domésticas migrantes: Aumentar su potencial de desarrollo humano. Como veis, los acontecimientos nacionales e internacionales nos van animando a poner nuestra sensibilidad y nuestras prácticas del lado de los últimos de este mundo
Ante el momento presente
Comunicado de la CONFER
CONFERENCIA ESPAÑOLA DE RELIGIOSOS,
MADRID.
Los religiosos y religiosas de España, reunidos estos días en Asamblea General como CONFER y representando a la Vida religiosa española no podemos en estos momentos y en esta fecha sentirnos ajenos a lo que es un clamor popular de exigencia de justicia en nuestro país.
Lo queremos hacer como signo de solidaridad con tantas tragedias, cuyas lágrimas y angustias no son para nosotros anónimas, sino de rostros que conocemos bien, conscientes también de las ambigüedades en que muchas veces cae nuestra propia Vida Consagrada, y llamados, como todos, a la conversión personal sin la que no será posible un cambio social que ponga en primer plano los valores de la justicia y la solidaridad, la ética y la búsqueda del bien común antes que los intereses particulares y partidistas.
No podemos dejar de constatar, con enorme preocupación, el prolongarse angustioso de la crisis social y económica, que afecta cada vez a más sectores de nuestra sociedad. Nuestra vocación nos llama a ser testigos de la misericordia y el amor de Dios en el mundo, y por ello no podemos permanecer insensibles ante una sociedad que egoístamente ha desplazado a los márgenes a aquellos que para Jesús son el centro.
Tenemos que preguntar con libertad evangélica a los responsables de los asuntos públicos, cómo es posible que aun disponiendo de tantos medios económicos y técnicos, no han sido capaces de ordenar la vida común de un modo verdaderamente justo y humano, preguntar si se están repartiendo con equidad las cargas de la crisis, y si de verdad se esfuerzan por encontrar todos los recursos posibles y necesarios para remediar lo que ya son necesidades primarias como la comida, la salud, la vivienda, la educación, la cooperación al desarrollo de los países empobrecidos, etc. No podemos creer que la palabra “no hay alternativas” sea la última palabra de nuestro momento presente como si fuese ya el fin de la historia. Nosotros creemos en el ser humano porque creemos en el Dios de la esperanza como motor de la vida.
Nos unimos, pues, a todas las voces, angustiadas o indignadas, que claman, en el día de hoy y cada día, por una sociedad distinta, donde sean posibles la justicia y la misericordia.
MADRID, 15 de noviembre de 2012.
CONFERENCIA ESPAÑOLA DE RELIGIOSOS,
MADRID.
Los religiosos y religiosas de España, reunidos estos días en Asamblea General como CONFER y representando a la Vida religiosa española no podemos en estos momentos y en esta fecha sentirnos ajenos a lo que es un clamor popular de exigencia de justicia en nuestro país.
Lo queremos hacer como signo de solidaridad con tantas tragedias, cuyas lágrimas y angustias no son para nosotros anónimas, sino de rostros que conocemos bien, conscientes también de las ambigüedades en que muchas veces cae nuestra propia Vida Consagrada, y llamados, como todos, a la conversión personal sin la que no será posible un cambio social que ponga en primer plano los valores de la justicia y la solidaridad, la ética y la búsqueda del bien común antes que los intereses particulares y partidistas.
No podemos dejar de constatar, con enorme preocupación, el prolongarse angustioso de la crisis social y económica, que afecta cada vez a más sectores de nuestra sociedad. Nuestra vocación nos llama a ser testigos de la misericordia y el amor de Dios en el mundo, y por ello no podemos permanecer insensibles ante una sociedad que egoístamente ha desplazado a los márgenes a aquellos que para Jesús son el centro.
Tenemos que preguntar con libertad evangélica a los responsables de los asuntos públicos, cómo es posible que aun disponiendo de tantos medios económicos y técnicos, no han sido capaces de ordenar la vida común de un modo verdaderamente justo y humano, preguntar si se están repartiendo con equidad las cargas de la crisis, y si de verdad se esfuerzan por encontrar todos los recursos posibles y necesarios para remediar lo que ya son necesidades primarias como la comida, la salud, la vivienda, la educación, la cooperación al desarrollo de los países empobrecidos, etc. No podemos creer que la palabra “no hay alternativas” sea la última palabra de nuestro momento presente como si fuese ya el fin de la historia. Nosotros creemos en el ser humano porque creemos en el Dios de la esperanza como motor de la vida.
Nos unimos, pues, a todas las voces, angustiadas o indignadas, que claman, en el día de hoy y cada día, por una sociedad distinta, donde sean posibles la justicia y la misericordia.
MADRID, 15 de noviembre de 2012.