domingo, 11 de enero de 2015

El derecho a emigrar. Yolanda Chavez

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Compartimos este artículo de Yolanda Chavez publicado en "eclesalia".


Una de las tareas escolares más recientes de mi hijo de once años en su clase de estudios sociales, consistió en hacer un mapa para explicar las primeras migraciones del ser humano. Dibujó caminos con líneas de flechas rojas para señalar los recorridos que aquellos migrantes hicieron sobre los continentes de nuestro planeta…“Ellos migraron porque se agotaron sus suministros de alimentos debido al súbito cambio de clima. Comenzó a hacer mucho frío; no podían cazar o recoger bayas. Si se quedaban en África, morían”.



La primera migración fue provocada por el hambre, el instinto natural por sobrevivir hacía que aquellos seres humanos de hace ya más de 50.000 años, salieran de los territorios tan conocidos por ellos para aventurarse a otros totalmente desconocidos. La posibilidad de encontrar alimentos les daba el coraje y el derecho de hacerlo.Es la misma razón por la que tuve que dejar mi país. En el hogar se habían agotado los suministros de alimentos para mis hermanos y yo desde el asesinato de mi padre. Hay una enfermedad provocada por vivir tanto tiempo entre la injusticia de una sociedad con rostro de impunidad, de persecución, de asesinato. Donde los salarios no son proporcionales a las jornadas de trabajo, donde se corta la cabeza que se levanta; Se llama desesperanza. Mi madre la contrajo, enfermó gravemente, perdió el ánimo, la fe y la fuerza para seguir adelante, ella ya no tenía ganas de vivir.La modesta beca por prestar mis servicios como maestra en comunidades de difícil acceso no daba para sostener mis estudios y una familia. Sin embargo sobrevivimos hasta que pude finalizar una carrera profesional.En ese tiempo de servicio aprendí a sentir a Dios muy de cerca. Ocurrió en una humilde aula para alfabetización de adultos en la que me reunía cada tarde con los campesinos que deseaban aprender a leer y escribir después de sus jornadas de trabajo y mis clases con los niños; lo sentí en el nombre escrito por primera vez con el puño y letra de su dueña o dueño y en el gozo de afirmar la propia identidad: “Yo soy Fermín” “yo soy Teresa” “yo soy Felipe”… en el modo en que celebrábamos semejante acontecimiento en el grupo, (cuando una persona lograba escribir por primera vez su nombre, levantaba con ambas manos la hoja donde lo había escrito y todos los presentes aplaudíamos y corríamos a abrazarle) pese a las condiciones de pobreza extrema que como yo, aquellas comunidades se encontraban, vivían con una esperanza que rebasaba mi sentido común.En aquella humilde aula, los campesinos aprendieron a leer y escribir y yo aprendí a hablar con Dios. Mis oraciones consistían en pedir una señal que me indicara que más debía hacer para poder llevar comida a mis hermanos porque en mi país tener una profesión no significa nada. Una serie de puertas que no se abrían me señalaron el camino al norte, emprendí sin remedio el camino a pie dejando atrás mi tierra; la tierra donde conocí a Dios pero también la tierra donde habían asesinado a mi padre y todas mis posibilidades.¿De dónde viene la fuerza que nos mueve como tomándonos por los brazos, a caminar más allá de nuestras propias tierras?¿De dónde viene la esperanza que nos llena el corazón para atrevernos a cruzar valles de muerte?¿De dónde vino aquella madrugada el dolor que me desencajó el rostro y me agotó las lágrimas al ver morir mi propia carne y mi propia sangre, en la muerte del extraño que no logró alcanzar la frontera como yo?¡Estoy segura que de Dios! Cuando se cruzan fronteras Dios las cruza con nosotros; nos habilita para hacerlo, está en la forma de los pies, en la estructura de las manos, en las ganas de vivir. Nos da la fuerza para desear el futuro y el derecho fundamental de pelear por la vida.Está también en el desconocido territorio donde se enfrenta la más dolorosa falta de solidaridad cuando se menoscaba la dignidad del ser humano, cuando se etiquetan a los grupos y se les excluyen de derechos como a los “Once millones”. Un grupo tratado como objeto, como masa con la que los gobiernos de los territorios que los expulsa y al que se llega, no saben qué hacer.No es una masa, son personas con una historia de vida, con genuina fe en el futuro. Personas de rostros invisibles para los poderosos a quienes Dios cuestiona su presencia: “¿Dónde está tu hermano?” (Gn 4,9)¿Cuál es el mejor momento para responderle? ¿Cerca de las elecciones o después de ellas?...Hoy sigo hablando con Dios en un aula, ahora como Maestra de Catequistas. En estas aulas hay personas que forman parte de familias que han sido separadas por las redadas de inmigración, han vivido las deportaciones de familiares arrestados en sus lugares de trabajo, o los han perdido en centros de detención.También en esas aulas se vive el gozo de afirmar la propia identidad con cuestionamientos tan fundamentales como: ¿Quién soy yo? La felicidad de descubrirse a sí misma, a sí mismo, ya no rebasa mi sentido común, ahora lo entiendo.Sucede un gran momento; En nuestras circunstancias sentimos el abrazo tierno de nuestra antigua madre; Nantzin, Tonantzin-Guadalupe; Mamita, Madrecita Nuestra… ese abrazo nos reúne como hijas e hijos. Nos alza contra su mejilla, nos despierta de un letargo añejado con miedos y dudas para iluminar nuestra existencia con una gran certeza: Somos los hijos benditos, sus más pequeños. Ella es la realidad sobre la que se ha apoyado toda nuestra vida. Nuestra Madre nos hace familia. Unión que es libertad, esperanza, experiencia profunda; nos encontramos de frente con el rostro maternal y tierno de Dios que cuida, protege y consuela a lo más débil, a lo más indefenso. “¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas?” (Is. 49; 15). Las personas inmigrantes reflejamos al hijo entrañable. Esta certeza nos infunde dignidad, fuerza para enfrentar las adversidades y caminar hacia el futuro. Por instinto natural comenzamos a buscar el amor, el cuidado, la justicia y la paz, características propias de Dios y desde nuestras condiciones su presencia se hace manifiesta. Sus entrañas de ternura nos impulsan, nos mueve a ser hijos e hijas solidarias trabajando para relacionarnos con todos nuestros hermanos y hermanas de maneras justas, dignas, compasivas…Nace la necesidad de rechazar lo incompatible a una familia humana, a cuestionar aquellos medios de comunicación que explotan el dolor de hogares desmembrados por las deportaciones, a comentarios de presentadores de noticias como: “Los inmigrantes marcharon por las calles exigiendo se respeten sus derechos…un momento, no tienen derechos, ¿Cuáles derechos?”Los derechos están en la persona, el ser persona ya nos da derecho.La Declaración Universal de los Derechos Humanos (Art.2) confirma que estos Derechos se aplican a todas las personas “sin distinción de ningún tipo, tales como raza, color, sexo, idioma, religión, opinión política u otra, origen social o nacional, propiedad, nacimiento u otro status”.Sé que como a los “Once millones”, Dios señaló un camino a aquellos seres humanos de las primeras migraciones hace más de 50.000 años para que no murieran. Los humanos seguimos migrando porque está en nuestra información genética. Se lucha por la vida hasta el último aliento.Pido a nuestra Señora que me ayude a descubrir los recursos, las palabras y las plataformas para llamar a las conciencias de mis hermanas y hermanos que han dibujado, con sus pasos, líneas de flechas rojas sobre los continentes, para que no se acostumbren al maltrato.Maltratar o ser maltratadas, maltratados, no está bien. Que se entienda de una vez por todas:No es moral que en los mares, en los cerros y desiertos de nuestra casa común aparezcan cadáveres de mujeres, hombres y niños inmigrantes cada día y nadie haga nada.La migración es un derecho. Los que persiguen, acorralan, o provocan la muerte de inmigrantes, lo están haciendo con Dios.Dios mismo representa la causa de las personas extranjeras:“No maltrates ni oprimas a los extranjeros, pues también tú y tu pueblo fueron extranjeros en Egipto” (Éxodo 23:9). 

domingo, 4 de enero de 2015

La luz brilla en las tinieblas

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Querida familia, en estas fechas compartimos una reflexión de Víctor Codina sobre la Navidad:

Meditación navideña desde Bolivia

                                                                            Víctor Codina sj

Cuando se acerca Navidad surgen voces críticas que denuncian el secuestro de la Navidad por el sistema y la sociedad del consumo. Nos han robado la Navidad, el gordinflón Papa Noel con su trineo de regalos suplanta al Niño Jesús, la fiesta de los pobres y sencillos se ha convertido en la fiesta de los ricos, los comercios entonan villancicos para hacer propaganda de sus productos, Navidad es la fiesta de los aguinaldos, de los canastotes, del panetón, de la Coca Cola, la sidra, y el pavo, mientras en la ciudad se iluminan los árboles con luces de colores. Los mismos gestos de beneficencia que abundan estos días muchas veces se convierten en propaganda comercial y política….




Se cae así en lo que Francisco llama la “mundanidad espiritual”, el manipular la religión en provecho propio, el revestir con un barniz de  espiritualidad actitudes mundanas de poder, riqueza y bienestar. Mantenemos la apariencia religiosa de la Navidad pero la hemos ido vaciando de su auténtico contenido espiritual y evangélico.

Todo esto es cierto. Más aún, podríamos añadir que muchas veces la misma institución eclesial en su liturgia y en su teología y pastoral, parece ocultar más que esclarecer el sentido de la Navidad ¿Qué entiende el pueblo de la participación de la naturaleza divina, del admirable intercambio entre divinidad y humanidad, de una persona con dos naturalezas, de la unión hipostática, de la kénosis del Verbo? 

Y sin embargo, como afirma el Prólogo del evangelio de Juan, las tinieblas no han logrado apagar la luz, sino que la luz brilla en medio de las tinieblas (Juan 1, 5). También en la primera Navidad la luz brilló en medio de las tinieblas de la prepotencia y opresión del Imperio Romano, en medio de la hipocresía de los sacerdotes y fariseos judíos, en medio de la crueldad del rey Herodes, en medio de la indiferencia de los vecinos que no le dieron posada y no le recibieron (Juan  1,11). Los pastores y magos captaron esta luz.

¿De dónde brota en estos días un sentido de conmoción humana, de bondad, de reconciliación y de alegría aun en medio de las dificultades y el dolor? ¿Por qué estos días hay tregua en las guerras y en los conflictos sociales? ¿Cómo se explica la sonrisa de los niños y de los ancianos al besar la imagen del Niño Jesús? ¿Cuál es el fundamento de los deseos de felicidad que la gente expresa con palabras, tarjetas, mensajes electrónicos  y regalos? ¿Es únicamente costumbre? ¿Es para festejar el nuevo solsticio y el nuevo año? ¿Por qué las familias se reúnen estos días, se abrazan y se abuenan? ¿Por qué se regala comida y juguetes a los niños potosinos que con sus madres invaden las calles de las ciudades pidiendo limosna? ¿Por qué en estas fechas sentimos una misteriosa atracción a ser mejores, más humanos, más solidarios, más compasivos, más pacientes y tolerantes? ¿Todo en Navidad es consumo, materialismo, egoísmo y comercio? ¿No hay algo más profundo que las tinieblas del mundo no consiguen ahogar?

Los villancicos al Niño Manuelito, los cantos y bailes de los chuntunkis ante el pesebre, las visitas al templo llevando las imágenes del Niño para recibir la bendición para sus casas ¿no indican que se barrunta que existe un misterio de bondad, de cercanía de Dios a la humanidad, que hay esperanza, que hay perdón, que hay salvación, que no todo es violencia, corrupción y maldad en nuestro mundo? Hay ciertamente tinieblas, pero en medio de ellas permanece encendida una luz de humanismo y de  esperanza, porque solo Dios puede hacerse tan humano y suscitar en nosotros sentimientos de bondad y de fraternidad. Navidad es Jesús en medio de nosotros, Dios con nosotros, Diosito que nos acompaña siempre


No nos dejemos robar esta esperanza porque la luz de Navidad anticipa ya la luz de la Pascua de Resurrección y vence a las tinieblas de nuestro mundo. Aunque sea una luz tan pequeña como la de repartir chocolate con buñuelos a los niños de los barrios populares...

viernes, 28 de noviembre de 2014

Noticias del este de la República Democrática del Congo

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Seguramente todas sabemos, por las noticias que nos llegan a través de diferentes agencias y canales de
comunicación, que la población del Este del Congo está siendo 
víctima de matanzas salvajes perpetradas por diferentes grupos rebeldes. Este flash, que reproduce el informe de Caritas de la Diocesis de Butembo-Beni, quiere hacernos participar de alguna manera en lo que están viviendo nuestras hermanas y hermanos porque: 

Dentro de este mundo globalizado nos encontramos con personas obligadas a vivir situaciones de éxodo...Esta realidad nos compromete a salir de nuestras zonas de confort y de los sentimientos de impotencia, para “estar con”, ofreciéndoles nuestro don de comunión(Compromiso Colectivo 2014) 


Pinchad en el enlace para acceder al Flash:
Flash 43:Noticias del este de la R.D:C

miércoles, 22 de octubre de 2014

Encuentro de animadores y hermanas acompañantes de los asociados laicos

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Os dejamos con el testimonio de Manolo Plaza, nuevo animador del grupo de asociados laicos Malaga 2.


Hola a todos:

El 4 y 5 de octubre tuvimos en el albergue de Collado Mediano el Encuentro de Animadores y hermanas acompañantes de grupos de Asociados laicos. También nos acompañó Pilar Serrano, secular de la Familia que acompaña a los grupos de Extremadura.
En el encuentro animado por el Comité Nacional y donde participamos unas 22 personas vivimos un espíritu de cercanía, fe y   esperanza en el camino que como familia vamos recorriendo.
Cada animador compartió, en un primer momento, el trabajo realizado durante el curso pasado. Quedó patente la riqueza y la diversidad de vida y experiencias, con sus luces y con sus sombras. En un segundo momento, compartimos los proyectos de futuro y temas que cada grupo se plantea para seguir profundizando y animando.



La tarde del sábado se dedicó por parte del Comité de laicos a exponer las líneas o retos a trabajar a lo largo del curso y en el futuro, haciendo antes un ejercicio práctico de compartir a raíz de un texto, experiencia que luego podemos trasladar a los diferentes grupos. Finalizamos este día de trabajo compartiendo la Eucaristía en la Parroquia del pueblo, momento cumbre de nuestra vida personal y como Familia.


La mañana del domingo la empezamos con una oración donde le pedimos a Dios que nos siga ayudando a “Pasar haciendo el bien” y se dedicó el resto del tiempo a informaciones por parte del Comité a nivel económico, de estadísticas de grupos y personas, de informaciones de diferentes ámbitos y donde además, nos entregaron para cada grupo un pen-drive con diferentes documentos de la tercera fase del congreso de familia, así como otros materiales útiles para trabajar los grupos.
Es la primera vez que participo en este encuentro como animador de mi grupo. Quiero compartir con vosotros la alegría que da encontrarse con hermanos y hermanas de diferentes grupos pero con un sentimiento único como quería Pedro Bienvenido, que imitáramos a los primeros cristianos, que tengamos un sólo corazón y una sola alma.

Dicen que la vitalidad de una institución es saber mirar hacia atrás el camino recorrido, valorar todo lo bueno que se ha hecho y en el momento presente ser creativa para plantearse los nuevos retos y desafíos que se les presenta. Así me siento yo hoy respecto a nuestro carisma fundacional, como heredero de una larga y rica tradición, pero con la apasionante tarea de recrear esa herencia adaptándola al siglo XXI. Si somos capaces de hacer esto, estaremos siendo fieles a la llamada de Dios y ayudando a crear en este mundo las estructuras necesarias para que se instaure el Reino.
Desde aquí, quiero dar las gracias al Comité por la confianza que ha puesto en mi para que desempeñe el servicio de animador de mi grupo, así como a todas las personas que cada día me han ido mostrando diferentes facetas de la Sagrada Familia y de las que aprendo mucho cada día, especialmente a personas como: las apostólicas Carmen Novoa y Mari Cruz Maritorena, con las que pude compartir años de trabajo en el colegio de Málaga, a Marisa y Pepe Pastor, que han acompañado a nuestro grupo desde que iniciamos este camino en la Familia, así como a todo mi grupo de Málaga-2, con los que con nuestras luces y sombras, vamos haciendo camino. Qué la Sagrada Familia de Nazaret nos aliente y anime a ser cada día más audaces en la vivencia de nuestra fe. 

Saludos a todos.
            
                                                                                      Manolo Plaza - Málága 2


Margaret Muldoon en el Sínodo de la Familia

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Os dejamos un par de enlaces donde desde Flash, Margaret Muldoon nos cuenta su experiencia en el Sínodo de la Familia convocado por el Papa Francisco. La primera etapa del sínodo (Sínodo extraordinario) tu lugar este mes de octubre en el Vaticano.

Primera Semana
Segunda Semana

OS recordamos que tenéis un archivo de muchas de las publicaciones de la Familia en enlace "Nuestras publicaciones" en la parte derecha de la página.

martes, 19 de agosto de 2014

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Os dejamos el enlace a la música de la preciosa danza de bendición que Lidia Lizarraga nos enseña a bailar tan bien:


Danza de bendición


TextoTexto oculto

EL ALMACÉN Y LA LUNA. Envejecer con la vida religiosa

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Os dejamos un artículo de Dolores Aleixandre: http://www.feadulta.com/es/buscadoravanzado/item/5087-el-almacen-y-la-luna.html


La Vida Religiosa en Europa ha experimentado un notable descenso a partir del post-concilio y afronta hoy la situación de un acusado envejecimiento de sus miembros. A partir de algunas de las recomendaciones, que se hacen hoy a los adultos mayores para envejecer saludablemente, se busca más allá de su referencia a lo físico, el sentido que pueden tener a la hora de envejecer de una manera espiritualmente fecunda.



Antes de decidirme por el subtítulo he tenido dudas con las preposiciones: ¿envejecimiento de la Vida Religiosa (VR) o en la VR? Finalmente he optado por "envejecer con la VR" que expresa mejor lo que vivo y lo que quiero decir aquí. El título se lo debo a este haiku:
Mi almacén arde.
Ya nada se interpone entre la luna
en lo alto y yo.



¿Está ardiendo el almacén de la VR en Europa? Sin darle un tono dramático al verbo arder ni peyorativo al sustantivo almacén, algo de verdad hay en la afirmación y podemos aventurar, al menos, que su techumbre está un poco chamuscada; en palabras del papa Francisco, su momento es "delicado y fatigoso" y Carlos Palacios SJ habla de "anemia evangélica" y de una determinada "figura histórica" que parece estar llegando a su fin.
A las generaciones tan numerosas que llenaron conventos y monasterios durante buena parte del siglo XX han seguido el descenso del post-concilio y los números mucho más escasos de las últimas décadas. Podríamos detenernos en el análisis de sus causas o en la descripción de tantos valientes y creativos esfuerzos de reestructuración que se están llevando a cabo en la mayoría de las Congregaciones. Pero mientras algunas se fusionan, las provincias se unen, las regiones se agrupan y las comunidades se reajustan ¿qué pasa con los sujetos reestructurados, reconfigurados, unidos, agrupados, fusionados o reajustados? Porque lo que de verdad importa es si estamos aprovechando el incendio como una oportunidad excepcional para que nada nos oculte la luna.
Para empezar la reflexión, vamos a situarnos en contexto: los religiosos mayores formamos parte de un gran colectivo de hombres y mujeres en una franja de edad que va en aumento: en los países del Norte el proceso de envejecimiento que se inicia en torno a los 60 años se prolonga cada vez más, hasta el punto de que al G8 se le han disparado las alarmas y reprochan a los "adultos mayores" estar poniendo en peligro el sistema europeo de pensiones.
De entre las reacciones que este fenómeno ha provocado (sociológicas, económicas, psicológicas...), me centro en una muy llamativa: el casi infinito número de recomendaciones y consejos que proliferan en la red sobre cómo envejecer saludablemente. Nunca habíamos estado los mayores tan aconsejados ni tan advertidos sobre qué habilidades y estrategias debemos desplegar si queremos vivir el envejecimiento de manera adecuada.
Animada por la actualidad y vigencia de este género literario de exhortación que, junto con el consejo sapiencial posee gran raigambre bíblica, he escogido algunas de las recomendaciones más repetidas, tratando de estirarlas más allá de su significado primero e imitando, en tono menor, aquellas trasposiciones "a lo divino" que les gustaba hacer a nuestros clásicos.
COMBATIR LOS HÁBITOS SEDENTARIOS
El acuerdo es unánime: la falta de ejercicio acarrea atrofia muscular, deterioro cartilaginoso y aumento del colesterol. Las advertencias se vuelven implacables: las más violentas hablan de "atacar" el reposo, otras se remiten al refranero: "De viejo, poca cama, poco plato y mucho zapato". Alertados ante tan inminentes peligros, nos lanzamos intrépidamente a caminar por calles, parques y senderos, sordos a las protestas de nuestras rodillas y decididos a batirnos en duelo con la vida sedentaria.
Es el mismo ímpetu que recomendaban los Padres para combatir la tentación de acedía (de a-kedos, des-cuidado, negligente...), esa mezcla de indiferencia, desaliento y apatía que tanto preocupaba a los antiguos maestros del espíritu.
Dice Enzo Bianchi: "Pertenezco a la última generación que ha conocido la enseñanza del arte de luchar contra las tentaciones, un arte que se nos transmitía junto con la fe cristiana. He asistido a la progresiva desaparición de esta pedagogía que he experimentado como una gracia, como una ayuda durante toda mi existencia. (...) Esta lucha y a veces ruda disciplina, requiere pronunciar algunos "síes" y algunos "noes", es una disciplina que humaniza y que es portadora también de felicidad. Verdaderamente, vale la pena luchar porque el combate espiritual es una lucha por la vida plena, una lucha cuyo fin es el amor: saber amar mejor y ser mejor amados. Equivale a afirmar la esencialidad humana y cristiana de una ascesis – palabra que, no lo olvidemos, significa "ejercicio"-, de una lucha por alcanzar una vida plena y realizada: la vida cristiana" vida «a la medida de la estatura de Cristo» (Ef 4,13).
Es así como describía Pablo su itinerario vital: «olvidando lo que queda atrás, lanzándome hacia delante...» (Fil 3,13). De la raíz verbal empleada procede lo que Gregorio de Nisa llama epéktasis, una actitud de tensión por alcanzar algo, una continua aspiración de la humanidad a la unión con Dios.
Más amenazadora que la que atañe a nuestro físico, es la atrofia de esa epéktasis lo que paraliza nuestro deseo de ir a más en el seguimiento de Cristo y en la configuración con él. Se instala en nuestro interior, junto con el desánimo, el tedio y el disgusto, esa banda sonora cacofónica del "eso son cosas de cuando eras joven...", "ya estoy demasiado mayor para...", "con mis años, como quieres que...", "qué se puede esperar a mi edad...", "ahora sólo busco tranquilidad y que me dejen en paz..."
Son pensamientos tóxicos que detienen el desplegarse de nuestra vida y anquilosan nuestros deseos: "No está aún el amor para salir de razón- decía Teresa de Jesús-; más querría yo que la tuviéramos para no contentarnos con esa manera de servir a Dios, siempre a un paso". "No contentarnos", no ponernos techo, no apoltronarnos en la instalada comodidad del "total ya para qué...", dejar de enarbolar nuestros muchos años como pretexto para no cambiar.
«¿Cómo puede un hombre viejo volver a nacer?» argumentaba Nicodemo (Jn 3,4), dando una lección de realismo antropológico a aquel galileo joven que aún no sabía de los límites que impone la edad. «Llevo 38 años intentando meterme en el agua...» alegaba el paralítico al que Jesús ofrecía la sanación, dando ya por imposible algo diferente a permanecer petrificado sobre una camilla (Cf Jn 5,1-17).
Los dos estaban contaminados por la convicción "mundana" de que la acumulación de los años es una barrera tan insalvable, que ni Dios mismo puede franquearla y por eso preferían quedarse del otro lado, sin atreverse a emprender la aventura de nacer de nuevo, ponerse en pie y volver a andar. Pero la respuesta que reciben es otra: "No es cosa vuestra esa transformación: es el Espíritu la partera de ese nuevo nacimiento, es mi palabra la que posee la fuerza que puede poneros en pie y hacer que soltéis vuestras camillas".
ESTIMULAR LA MEMORIA
Palabras cruzadas, sopas de letras, sudokus y crucigramas han reemplazado a los rabos de pasas, tan recomendados en nuestra infancia como remedio para la mala memoria. El gran desafío de la edad avanzada es lograr recordar el pasado inmediato ("¿dónde acabo de dejar las gafas?", "¿no había puesto aquí las llaves hace un momento?"); para el pasado remoto tenemos menos problemas y eso es una bendición porque podemos exponernos al poder fantástico que posee la memoria para transformar nuestro presente.
En tiempos de tanta insistencia en lo del mindfullness y el ahora, no podemos olvidar nuestra pertenencia a una comunidad de memoria, arraigada en la tradición de un pueblo familiarizado con el imperativo: ¡Recuerda! «Recuerda que fuiste esclavo en Egipto» (Dt 5, 15); «Recuerda el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer...» (Dt 8,2); «Recordad las maravillas que hizo, sus prodigios, las sentencias de su boca » (Sal 104,5).
La misión de los orantes es mantener viva esa memoria: «Recuerda, Señor, que tu ternura y tu lealtad son eternas, acuérdate de mí con tu lealtad, por tu bondad, Señor» (Sal 24,6-7). La Pascua es el gran memorial: «Éste será un día de memorial para vosotros y lo celebraréis de generación en generación» (Ex 12,14). En la cena de la noche en que iba a ser entregado, Jesús participa de ese rito de memoria que se convierte en el «Haced esto en memoria mía».
El recuerdo, como una onda expansiva, envuelve nuestro presente y nos convierte en partícipes y coetáneos del acontecimiento. «Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos», recomendaba Pablo a Timoteo (2Tim 2,8).
En una escena del evangelio de Marcos, Jesús invita a sus discípulos a hacer un ejercicio de estimulación de memoria: estaban discutiendo entre ellos porque se habían olvidado de proveerse de panes, solo llevaban uno y esa escasez momentánea acapara tanto su atención que, cuando Jesús les previene contra la levadura de los fariseos y de Herodes, creen que también él participa de su preocupación por la falta de provisiones. Oyeron "levadura" y pensaron en "panes", pero Jesús les invita a recordar: « ¿No os acordáis de cuando partí cinco panes para cinco mil?...Y cuando partí siete panes entre cuatro mil ¿cuántas espuertas llenas de trozos recogisteis?.. » (Mc 8,19-21).
El momento en que él había roto y repartido unos pocos panes para saciar el hambre de la multitud estaba reciente, pero los ojos, oídos y corazón de los que lo habían presenciado estaban aún embotados, incapaces de comprender hacia dónde apuntaba el signo realizado. La pregunta de Jesús les invita a caer en la cuenta del gesto asombroso de prodigalidad, esplendidez y exceso que habían vivido y, al pedirles que recordaran el número de canastos de sobras recogidas, intentaba liberarlos del hábito de calcular y de medir las cosas sólo por su utilidad. Y si les invitaba a hacer memoria de aquella desmesura, era porque solo el recuerdo de tanta abundancia podría desviar su atención de lo que ahora les faltaba.
Es ese el trabajo interior más necesario cuando las circunstancias fatigosas y limitantes del envejecimiento ("sólo tenemos un pan...") intentan acaparar toda nuestra atención y teñir el ahora que vivimos con los tonos sombríos de la queja y con la impresión de que es inevitable vivir esta etapa tardía bajo el signo de la escasez, la carencia y la penuria. Lo mismo que ante los israelitas en el desierto, dos caminos se abren ante nosotros en esta etapa: el de la murmuración y el de la bendición. Elegir éste supone la decisión de practicar una memoria selectiva para recordar los doce canastos de dones con los que hemos sido colmados. Cuando ponemos ahí nuestros ojos, brota inevitablemente el agradecimiento por tanto bien recibido, tanta misericordia y tanta gracia acogidas:
Cuando te encuentre,
nunca podré cubrir con mi agradecimiento
el vasto abismo que llenaste
con tu misericordia.
(A.Núñez SJ)
MANTENER UNA DIETA EQUILIBRADA
Como de la importancia de la ingesta de fibra y de la urgencia de beber ingentes litros de agua ya se encargan con afán los médicos, paso directamente al Génesis que es donde aparece por primera vez el tema del comer. En el segundo relato de la creación, Dios modela del polvo de la tierra un ´adam «soplando en sus narices un aliento de vida» (Gen 2,7). Eso supone que el ´adam no estaba "rematado", ni resultaba perfecto sino incompleto y "agujereado", portador de ese hueco vacío que forman los orificios nasales, la boca, la garganta y la tráquea que el hebreo llama nefes y que traducimos etéreamente como alma. Por ahí respiramos, comemos y bebemos y sólo por ahí puede llegar a nosotros el aliento de la vida de Dios. Sin lo que nos llega "de fuera" no hay vida posible y esta necesidad absoluta que nos constituye, descarta cualquier pretensión de autosuficiencia por nuestra parte.
Al haceros mayores, sin embargo, nos acecha el peligro de "cerrar la boca" creyendo que lo ya vivido nos ha nutrido suficientemente y que no necesitamos más novedades, ni más experiencias, ni más palabras. Es la postura escéptica de quien piensa que ya lo ha visto todo, lo ha oído todo y se lo sabe todo y, como no hay nada nuevo bajo el sol, para qué necesito interesarme por lo que pasa, abrirme a nuevas ideas, contactar con otras realidades o estar dispuesto a cambiar de casa, o de cuarto, o de ciudad, o de clima, o de médico.
A partir de cierta edad, ninguna dolencia nos hace tanto daño como la costumbritis que nos fija y aprisiona con tenazas de hierro y desemboca en la "herejía emocional", esa forma peligrosa y real de ateísmo por nuestra parte, "ese sentimiento extendido y difuso de que Dios y la fe en él no tienen ya ningún poder sobre este mundo; de que no lo tiene tampoco sobre nuestras Congregaciones religiosas; de que tampoco lo tiene ya en nosotros" (J.A. García).
Todo lo contrario de esa actitud hospitalaria que a veces nos deslumbra en gente mayor en nuestras comunidades que se han hecho "como niños", según la recomendación de Jesús, y por eso aprenden, escuchan, acogen, se interesan por todo, se duelen y se alegran con el dolor y la alegría del mundo, mantienen la capacidad de admiración y de asombro.
«Abre toda tu boca y yo la llenaré», pide el Señor a Israel en un salmo (80,11): déjame seguir soplando en ti mi aliento, déjame continuar alimentándote y re-creándote y ensanchando tu corazón y haciéndote crecer «hasta que alcances en plenitud la talla de Cristo» (Ef 4,13).
VIGILAR LA AUDICIÓN Y LA VISTA.
Ambos sentidos amenazan pérdidas de fastidiosas consecuencias, de ahí la necesidad de vigilar las cataratas, ponernos audífonos o situarnos cerca de los altavoces. Voy a detenerme en otros altavoces por los que nos llegan constantemente muy provechosas y realistas informaciones sobre la edad que tenemos. Porque adolecemos con frecuencia de unas cataratas que nos impiden visualizar correctamente los datos de nuestro DNI, y suelen ser los demás quienes se encargan de recordárnoslos.
Cantamos con fervor el comienzo del salmo 121 que traducido literalmente dice: «¡Qué alegría con los que me dijeron (´omerim es en hebreo el participio de la raíz ´mr, decir): Vamos a la casa del Señor!». Pero esa alegría que proclamamos cantando, suele empañarse cuando llegan los ´omerim y nos recuerdan, de mil maneras, que estamos ya a un paso de la casa del Señor, anuncio que suele hacernos poca gracia.
La visión es otro sentido a vigilar. Dice Chesterton hablando de San Francisco: "Si hubiera visto, en uno de sus sueños extraños, la ciudad de Asís puesta del revés, podría ver y amar cada una de las tejas de los empinados tejados, o a cada uno de los pájaros de las almenas, pero a todos los vería bajo una luz nueva y divina de eterno peligro y dependencia. En vez de enorgullecerse de su fuerte ciudad por verla inamovible, agradecería al Todopoderoso que no la hubiera dejado caer; agradecería a Dios que no hubiera dejado caer el cosmos entero, como un vasto cristal que se haría añicos en una lluvia de estrellas. Quizá San Pedro viera el mundo así, cuando le crucificaron cabeza abajo. (...). El que ha visto la jerarquía humana cabeza abajo, siempre tendrá una leve sonrisa para sus superioridades".
Podemos creer ingenuamente que es la edad la que concede esa "leve sonrisa" ante la realidad, pero es el Evangelio y no los años el que puede hacernos ese gran regalo. Pero para eso hay que vivir pegados a lo que Jesús llamaba «pensar según Dios» (Mc 8,33): solo desde ahí cambia nuestra mirada y podemos llegar a contemplar las situaciones de creciente fragilidad, disminución y pérdidas como "mensajeras" encargadas de anunciarnos la novedad que ha llegado a nuestras vidas y a la de nuestras congregaciones. Nunca las hubiéramos elegido y más bien seguimos añoramos ser muchos, fuertes, jóvenes e influyentes, pero en muchos lugares estamos siendo llevados a lo contrario y nuestra resistencia al empobrecimiento se está convirtiendo en una fuente de depresión espiritual corporativa que nos bloquea los proyectos y nos impide vivir felices y ser creativos.
¿No está ante nosotros el kairós de descubrir en nuestra precariedad el «camino nuevo y vivo» del que habla Heb 10,20 en el que la fuerza se manifiesta en la debilidad y la vida en la muerte? ¿No está siendo la hora de fiarnos perdidamente del Dios que está trabajando algo nuevo con nuestra pobreza e incluso con nuestra pérdida, y de aceptar ser en la Iglesia "portadores de las marcas de Jesús", una realidad débil, siempre frágil y nunca acabada?
Pero si no nos decidimos a apurar hasta el fondo las muertes a las que vamos siendo conducidos, si no llegamos a "gustarlas", no seremos capaces de dejar emerger la vida que está queriendo nacer a través de ellas: una llamada a centrarnos en lo esencial, una manera distinta de relacionarnos, de apoyarnos a nivel intercongregacional, de dejar espacio a los laicos, de aprender mejor lo que son la reciprocidad y la colaboración.
Imaginemos la liberación de energías que supondría dejar de agobiarnos por asegurar a toda costa la propia supervivencia y de culpabilizarnos o afligirnos ante la disminución y la precariedad. Porque entonces ellas nos mostrarían su rostro luminoso y se nos revelarían, no como una desgracia o un drama, sino como una ocasión, a la vez dolorosa y preñada de posibilidades, de fiarnos de esa sabiduría del Evangelio que habla de perder y dejar.
¿No estamos hoy en la mejor de las ocasiones para vivir todo eso a pleno pulmón? Una consecuencia inmediata sería que, en los lugares en que experimentamos el envejecimiento de la VR, nos ayudáramos unos a otros a ensanchar nuestra mirada y nuestra mente y llegáramos a alegrarnos de que otras Congregaciones y en otros países vivan momentos de crecimiento y expansión. Y esta "consolación vicaria", este gesto de gratuidad y de desprendimiento estaría seguramente en la mejor tradición de nuestros fundadores y constituiría uno de eso signos de novedad que andamos buscando: ¡nada menos que abandonar la estrechez de nuestras miras y dejar latir nuestro corazón al ritmo de la universalidad de la Iglesia!
¿Qué es difícil mirar la situación con este "descaro teologal"? Pues claro. ¿O es que cuando nos decidimos a seguir radicalmente a Jesucristo nos garantizaron que el futuro iba a resultarnos fácil?
DESCANSAR AL SOL
Una imagen del profeta Zacarías evoca un tiempo futuro en el que las plazas de Jerusalén estarán llenas de niños que juegan y de ancianos y ancianas que se apoyan en sus cachavas (Cf.Za 8,4). No precisa que estén sentados al sol ni que den de comer a las palomas, pero podemos imaginarlo sin esfuerzo.
Hay un descanso que nos llega con la jubilación y otro, más interior, que no tiene que ver necesariamente con esa etapa pero que se da más fácilmente en ella. Se trata de la invitación a sosegar búsquedas, pausar trabajos, disminuir esfuerzos y encontrar "casa y techo". Al comienzo de la escena del encuentro de Jesús con Zaqueo (Lc 19, 1-10), ambos están en movimiento: Jesús entra en Jericó, la atraviesa, pasa bajo el sicómoro donde está Zaqueo; y éste que buscaba ver a Jesús, corre, se sube, pasa, baja, le recibe...Al final, su búsqueda coincide con el del Hijo del hombre que andaba buscando lo perdido y que quiere hospedarse y permanecer junto a él. Por fin los dos se han encontrado y ahora ya no buscan más y descansan el uno en el otro.
En ese tiempo de descanso y hospitalidad, Zaqueo deja de ser productivo: no negocia, no cobra impuestos, no se ocupa de acrecentar su fortuna, no ejerce como jefe de nadie. Ha escapado del circuito de la utilidad y ha entrado en el de la significación. Se ha situado en clave de decrecimiento y de pérdida de lo que antes era la finalidad de su existencia y ha entrado en ese ámbito al que su Huésped llama ganancia y salvación.
La historia de Zaqueo puede ser la nuestra y no ya de manera ocasional, sino permanente. Llega un tiempo en que la edad y sus consecuencias nos sacan de la rueda de lo útil y lo productivo, y nos sitúan, no sin resistencias por nuestra parte, en otro paisaje que alguien ha calificado como "desconocido existencial". Podemos entonces empeñarnos en seguir aferrados al árbol ya conocido de antiguos hábitos, ritmos y costumbres y abrazados a esa rama de nuestro personaje a la que llevamos tanto tiempo encaramados. Nos rebelamos ante la desagradable constatación de que ahora somos "laboralmente prescindibles" ( "-¡Con todo lo que yo he trabajado en este colegio...!, ¡Con las horas que me he pasado guisando en esta cocina...!" ) y nos pilla a contramano el que se cuente poco con nosotros y encima sean laicos los que nos reemplacen.
Pero por debajo de esa algarabía, podemos oír también otra voz que nos llama por nuestro nombre: «Baja enseguida, necesito hospedarme hoy en tu casa». Una alegría honda y desconocida puede acompañarnos si nos decidimos a emprender ese "descenso" (menos mal que se trata de bajar, que ya no estamos para muchas subidas...), y ponernos en camino hacia nuestra verdadera casa. Al atravesar su umbral, la reconocemos ahora como habitada y nos sorprende una nueva percepción sobre esas "posesiones" que habíamos ido cuidadosamente almacenando y que dejan de pronto de resultarnos esenciales.
«Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres...». A lo largo de nuestra vida hemos ido seguramente entregando esa mitad de lo que somos y tenemos, pero quizá albergamos la secreta nostalgia de no haber sido lo bastante generosos como para entregar también la otra mitad. Aún estamos a tiempo: la presencia del Huésped hace posible saludar confiadamente a esos "agentes de disminución" que llaman a nuestra puerta o se cuelan por nuestro tejado: a poco que consintamos a su trabajo, ellos solos se encargan de despojarnos de esa otra mitad que tan ávidamente tratábamos de retener.
El tejado de nuestro almacén arde.
En lo alto, en medio de la noche, resplandece la luna.

Dolores Aleixandre
Sal Terrae, Junio 2014





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