jueves, 30 de junio de 2011

14 Tiempo Ordinario

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En esta época, en la que muchas personas se toman sus vacaciones,
tiene especial resonancia la invitación de Jesús al descanso.
El descanso es necesario y, como dice el poeta,
“pertenece al trabajo como los párpados a los ojos” –Tagore-.
Que nuestro descanso sea el tiempo para serenar el espíritu,
reflexionar, disfrutar del regalo de la existencia,
reencontrarnos con la vida y con nosotr@s mism@s.
Para encontrar descanso no hay que recorrer grandes distancias.
Basta recorrer la que nos lleva a encontrar la paz de nuestro corazón.
Que aprendemos y practiquemos el arte de descansar.

Tiempo Ordinario 14 -A- JES+ÜS, NUESTRO DESCANSO. 03-07-11

El Espíritu habita en nosotros
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¿Cómo contemplar el Corazón de Jesús y el Corazón de María?

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El corazón es un signo sencillo que encierra un gran misterio. Es asequible, concreto y profundo. Dice más de lo que es, mucho más. Está cargado de afectos. Referirse al corazón es un modo sintético de considerar el gran misterio de la entrega en el amor. Los enamorados pintan corazones en los árboles y en las iglesias.
El Sagrado Corazón no es sólo una representación sensible, ni su devoción se queda en un conjunto de prácticas religiosas. La devoción al Sagrado Corazón evoca el amor del Hijo de Dios que se encarnó por amor y que entregó su cuerpo en la cruz mediante un acto de amor. Esta devoción ayuda a centrar la vida espiritual en el amor de Jesús, rico en misericordia.

Si alguien tiene sed que venga a mí y beba (Jn 17, 37)
El buscador de Dios encuentra en la oración una respuesta. La meditación diaria es un momento de gracia en que el Espíritu Santo viene con Su poder y nos cubre con Su sombra (cf Lc 1,35). Allí, el amor se convierte para el sediento en la única ocupación.

Desde el día en que el soldado traspasó el costado de Jesús con su lanza (Jn 19,34), la Iglesia es regada por esa fuente de la que mana la Vida. Por eso ayuda mucho contemplar en la oración la herida en el costado de Jesús. Junto a María, al pie de la cruz, ver cómo brotan el agua y la sangre, figuras del bautismo y de la eucaristía. Es un continuo fluir de la misericordia divina que nos lava y nos nutre y sacia nuestra sed a través de los sacramentos. El costado traspasado de Jesús nos baña con su infinita misericordia que brota del manantial del amor: el Sagrado Corazón.

Un modo de contemplar el amor de Jesús es, pues, a través del costado traspasado. Les comparto tres consideraciones delante de la herida del costado de Jesús que me han ayudado en la oración:

1. Dios nos ama con un corazón humano
Una dificultad frecuente en la vida de oración consiste en que se ve el mundo espiritual demasiado lejano a nuestra realidad cotidiana. Me gusta imaginar a un bebé buscando desde el suelo la mirada de su padre sin poder alcanzarlo. De pronto el padre se tumba en el suelo, se pone a su nivel y le sonríe. Luego lo carga y lo levanta. Nosotros no alcanzamos a Dios y, de pronto, Él desciende hasta nosotros y nos eleva a Sí.
En Cristo, Dios se hace asequible. (cf Jn 1,14) El Corazón de Jesús representa la humanidad de Cristo; lo vemos como uno de los nuestros. Dios se encarnó para amarnos con un corazón humano. Así nos permitió vivir la comunión de vida con Él. Y cuando vemos a Dios amándonos así, con un corazón como el nuestro, nos brota espontáneo decirle: ¡Así te necesito, de carne, sangre y hueso!
Si el amor de Dios nos parece demasiado espiritual para estar a nuestro alcance es que aún no conocemos a Jesús de Nazareth, el que nació en Belén y murió en Jerusalén por amor a nosotros.

2. Contemplar para escuchar
Otra dificultad que se plantea continuamente en la dirección espiritual y en los cursos de oración cuando se explica que orar es sobre todo escuchar, es la pregunta ¿Y qué significa escuchar en la oración? ¿Cómo se hace para escuchar a Dios? Mi respuesta suele ser: si quieres escuchar, contempla.
Contémplalo en la cueva de Belén, contémplalo en la cruz, contémplalo en la creación, contémplalo en el Sagrario, contempla los corazones traspasados de Jesús y de María…. y escucharás que te dice que te ama.

Contemplar los misterios de la vida de Cristo es comprobar la abundancia del amor de Dios a nosotros. "Mirarán al que traspasaron" (Jn 19, 37; Zac 12, 10). Mirarle con los ojos interiores, mirarle sobre todo cuando estamos dolidos y arrepentidos y escuchar que nos dice una y otra vez: “No pasó nada, te sigo amando igual”.
Así se lo dijo a Sor Faustina:
“Has de saber hija mía, que mi corazón es la Misericordia misma. Desde este mar de Misericordia las Gracias se derraman sobre el mundo entero. Ningún alma que se haya acercado a Mí ha partido sin haber sido consolada. Cada miseria se hunde en mi Misericordia y de este manantial brota toda Gracia salvadora y santificante..." (Diario de Sor Faustina # 1777, p. 626)

3. Dejarse amar
¿Quién entiende la pasión de Cristo? ¿Quién entiende la Eucaristía? No tratemos de entender, son misterios que más bien es preciso contemplar y agradecer.
Este icono que apareció en el siglo XII en Oriente es fuente de fecunda inspiración.
Centra la mirada en las manos de Jesús. No están atadas con cuerdas. Las cuerdas que le atan debe descubrirlas el corazón contemplativo: son las cuerdas del amor a la Iglesia. Se encuentran libres, pero Jesús libremente se somete y se ofrece como manso cordero.

“Nadie me quita la vida, yo la doy voluntariamente” (Jn 10,18) “Su no-violencia es la fuerza del amor” (Jean Corbon)

Después de resucitado quiere quedarse con las manos voluntariamente atadas, preso en el Sagrario, para que vaya a visitarle y allí encontrar yo mi descanso: “Venid a mí los que estáis cansados y agobiados, que yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Él es el preso y sin embargo, cuando voy a acompañarle, soy yo el que sale consolado.
Para mí, éste icono, llamado “Del esposo”, es el icono de los Corazones traspasados de Jesús y de María. Mira los rostros de Jesús y de María.
Jesús reclina su cabeza sobre la Madre, significando aceptación. Y María, representándonos a todos nosotros, se une a Jesús llena de compasión (en este contexto puedes leer con provecho el artículo ¿Cómo sé si rezo bien el rosario?). Ese diálogo contemplativo de la mirada de María, nos hace comprender que el quehacer en la oración es dejarse amar y amar. El rostro de Cristo Redentor: manso y misericordioso. En sus ojos cerrados repasa la historia de tu vida y de la suya, deja que te invada de paz y junto con San Pablo concluye sin decir palabra: “Me amó y se entregó por mí” (Gal 2, 20)
Y una vez que has experimentado el grande amor que Dios te tiene: dale amor. El camino nos lo indican las dos manos de María. ¿Hacia dónde están orientadas? Hacia el costado traspasado: así nos muestra ella el camino de la interioridad y la conversión. Conocer el amor, vivir el amor, compartir el amor.
Este icono me dice que la oración, más que actos y técnicas es un tiempo para estar juntos, sin preocuparnos de pasos y de métodos, sino de estar en su presencia, contemplando el rostro de Cristo. Estarse allí, como María: dándole amor, gustando su amor, compartiendo su amor.

Una sugerencia para la meditación personal en la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

En la solemnidad del Sagrado Corazón haré mi oración de esta manera, tal vez alguno quiera hacer lo mismo: trayendo a la memoria el icono de los Corazones traspasados estaré rumiando esta expresión de San Agustín que me hace tanto bien en el momento presente de mi vida:

“El pasado ponlo en las manos de la Divina Misericordia.
El futuro en manos de la Divina Providencia.
El presente en manos del Divino Amor.”
¡Sagrado Corazón de Jesús! En ti confío.

sábado, 25 de junio de 2011

La Eucaristía, vida y fortaleza del voluntariado cristiano

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Festividad del Corpus Christi, día de la Caridad (26 de junio de 2011)

“Estoy en medio de vosotros como el que sirve”(Lc 22,27). Estas palabras del Señor Jesús centran nuestra atención y compromiso este año en la fiesta del Corpus Christi cuando la Comunidad Europea celebra el Año Europeo del Voluntariado. Dos celebraciones que para nosotros, cristianos, no resultan entre sí extrañas ni indiferentes, sino muy relacionadas y mutuamente implicadas.
En el misterio de la Eucaristía hacemos memoria de la vida del Señor entregada hasta el extremo, hasta darlo todo, hasta hacerse Cuerpo entregado y Sangre derramada [1]. Como dice Benedicto XVI, «cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero» [2]. Y en el acto oblativo de Jesús, hacemos también memoria de todos los hombres y mujeres que saben hacer entrega de su tiempo, su trabajo, su servicio, su vida en favor de los hermanos [3]. Por eso, cuantos creemos en Jesús y hemos decidido hacer de nuestra vida una vida entregada con Él al servicio de los otros, encontramos en la Eucaristía la fuente y el alma de nuestro voluntariado.

1.- Reconocemos y agradecemos la generosidad del voluntariado cristiano.
Al hacer memoria de esta estrecha relación entre Eucaristía y voluntariado el primer sentimiento que surge en nosotros es de reconocimiento y gratitud. Reconocimiento sincero porque somos una Iglesia rica y generosa en voluntariado, cosa que podemos afirmar mirando la presencia de los cristianos allí donde hay pobres, enfermos, personas abandonadas y seres humanos excluidos.
La Iglesia es en sí misma como un cuerpo hecho de miembros que ponen cada uno lo mejor de sí mismo al servicio de los otros: unos su capacidad de enseñar, otros su don de profetizar, otros su don de curar, otros su don de servir a los más pobres y repartir el pan, todos su capacidad de amar [4]. Hasta tal punto es así que la Iglesia no se comprende a sí misma sin esta multitud de servidores en la que se expresa su identidad más honda de ser «como un sacramento o signo e instrumento de la unión íntima de los hombres con Dios y de todos los hombres entre si» [5].
Los cristianos sabemos que amor a Dios y amor al prójimo son inseparables [6]y que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios» [7]. Esta fusión de estos dos amores es la que hace de nosotros una comunidad en la que cada uno pone su vida al servicio de los otros, sea de manera espontánea e individual, sea de manera comunitaria y organizada, de tal modo que bien podríamos decir que el voluntariado es el modo de ser connatural de todo cristiano.
Por eso, queremos tener una palabra de gratitud para todos los que ponéis vuestra vida de manera voluntaria y gratuita al servicio de los otros en los múltiples servicios de la comunidad cristiana: sea como catequistas, educadores, servidores de la Palabra, responsables de movimientos, servidores del bien común en el compromiso público-político y en la atención a los pobres.

2.- La Eucaristía, memoria de Jesús y del servicio a los pobres
Al contemplar a Jesús en el sacramento de la Eucaristía recordamos y actualizamos lo que él dijo e hizo en la Última Cena con sus discípulos: «Haced esto en memoria mía»[8]. Una memoria que encierra y actualiza toda su vida: sus palabras, sus gestos, su cercanía a los pobres, su entrega hasta la cruz y su resurrección.
El Evangelio de Juan no incluye la narración de la institución de la Eucaristía y nos presenta en su lugar el lavatorio de los pies que finaliza con estas palabras de Jesús: «Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis»[9], un mandamiento que evoca el otro de «haced esto en memoria mía» y con el que Jesús explica de modo inequívoco el sentido de la Eucaristía[10].
Celebrar la Eucaristía y estar al servicio de los otros, en especial de los pobres, son dos formas inseparables de recordar a Jesús. Así lo expresa Pablo en el primer relato que tenemos de la Eucaristía al corregir a sus cristianos diciéndoles: «cuando os reunís en comunidad, eso no es comer la Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está borracho»[11].
La autenticidad de la Eucaristía se refleja en gran parte en «un compromiso activo en la edificación de una sociedad más equitativa y fraterna»[12], de modo que celebrar la Eucaristía es también hacer memoria de los pobres y de las pobrezas de la sociedad.

3.- La Eucaristía, alimento del espíritu del voluntariado
Puesto que Eucaristía y servicio a los pobres son inseparables, los obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral Social os invitamos a todos los voluntarios, de manera especial a quienes dedicáis vuestro voluntariado al servicio caritativo y social, a alimentar vuestra vida en la comunión eucarística y en lo que ésta significa. Y junto con nuestra palabra de aliento, os queremos hacer llegar también nuestra afectuosa exhortación en este día:
a) Vivid vuestro voluntariado como una verdadera vocación y misión.
Habéis sido ungidos por el Espíritu para ser Buena Noticia para lo pobres[13]. Sentios llamados y enviados por el Señor en el seno de la comunidad cristiana para ser manifestación y testimonio del amor de Dios. Sentid que vuestro servicio, como vocación divina, es un verdadero ministerio de la caridadtan digno y necesario en la Iglesia y en el mundo como cualquier otro. Y no olvidéis que este servicio os compete de manera individual, pero es también tarea que compete a toda la comunidad eclesial[14]. Vivid, pues, vuestro voluntariado como una verdadera vocación y vividlo muy en comunión con la vida y misión de vuestra comunidad cristiana.
b) Alimentad en Cristo vuestra espiritualidad.
Una caridad sin Espíritu no será nunca una verdadera caridad[15]. Y la espiritualidad que da consistencia a nuestra caridad es trinitaria y es eucarística[16]. Su fuente está en la experiencia del amor de Dios y en la vivencia de la Eucaristía. El servicio de la caridad «es amor recibido y ofrecido»[17], por eso necesita personas capacitadas profesionalmente pero, sobre todo, necesita personas configuradas con Cristo en la dinámica de su entrega[18]. Sólo así se puede mirar a los pobres con los ojos de Dios y amarlos con el corazón de Dios. No caigáis nunca en la tentación de vivir el servicio caritativo y social sin la experiencia de Dios en la Eucaristía y en los hermanos.
c) Trabajad por la justicia y trascendedla con la gratuidad.
Trabajamos por la justicia y hay que dar a cada uno lo “suyo”, lo que le pertenece, lo que le corresponde en justicia. Pero “la caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo «mío» al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo «dar» al otro de lo mío sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos”[19].
Debemos sentirnos motivados por la caridad para dar a los necesitados aquello que deberían recibir de otros en justicia, y que les falta a causa de la torpeza humana. Vosotros sois testigos para el mundo de que es posible y hace feliz la experiencia de la gratuidad, la experiencia de dar gratis lo que gratis habéis recibido y de trascender la justicia con la gratuidad y la misericordia[20].
d) Promoved siempre el desarrollo integral.
Es necesario recuperar la centralidad y el protagonismo de la persona y promover su desarrollo integral. El auténtico desarrollo humano afecta a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones, material y espiritual, individual y comunitaria, natural y sobrenatural [21]. Este servicio a la persona es fundamental en una cultura que limita el horizonte del desarrollo al ámbito material o que reduce el alma humana a lo psíquico y emocional [22]. Estad atentos a todas las dimensiones que configuran la dignidad de la persona y trabajad para que ésta pueda desarrollarse en toda su integridad.
e) Colaborad en la reconstrucción de la verdad, de la justicia y el amor
En la actualidad, cuando de nuevo se recrudecen los problemas económicos y de convivencia en tantas poblaciones del mundo y en nuestra propia sociedad, queremos invitaros con palabras de la encíclica Mater et magistra, cuyo 50 aniversario celebramos, a “la reconstrucción de las relaciones de convivencia en la verdad, en la justicia y en el amor… ni la justicia ni la paz podrán existir en la tierra mientras los hombres no tengan conciencia de la dignidad que poseen como seres creados por Dios y elevados a la filiación divina [23]”
f) Y vosotros, los jóvenes, descubrid el valor de una vida hecha servicio
Por último, cerca ya de la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud que tendrá lugar en Madrid el próximo Agosto, os invitamos a vosotros, los jóvenes, a abrir los oídos y el corazón a las palabras que os dirigirá el Santo Padre y a descubrir el voluntariado como un camino gozoso de servir a Dios y a la humanidad respondiendo con generosidad a lo que la Iglesia necesita y espera de vosotros.
Pedimos al Señor que nos conceda tener un corazón de voluntarios, de servidores de la comunidad, tal como nos lo enseñó el Señor que no vino a ser servido, sino a servir:

Quiero ser, Padre, tus manos, tus ojos, tu corazón.
Mirar al otro como Tú le miras:
con una mirada rebosante de amor y de ternura.
Mirarme a mi, también, desde esa plenitud
con que Tú me amas, me llamas y me envías.
Lo quiero hacer desde la experiencia del don recibido
y con la gratuidad de la donación sencilla y cotidiana
al servicio de todos, en especial de los más pobres.
Envíame, Señor,
y dame constancia, apertura y cercanía.
Enséñame a caminar en los pies del que acompaño y me acompaña.
Ayúdame a multiplicar el pan y curar las heridas,
a no dejar de sonreír y de compartir la esperanza.
Quiero servir configurado contigo en tu diaconía.
Gracias por las huellas de ternura y compasión
que has dejado en mi vida.
En tu Palabra encuentro la Luz que me ilumina.
En la Oración, el Agua que me fecunda y purifica.
En la Eucaristía el Pan que fortalece mi entrega y me da Vida.
Y en mi debilidad, Señor, encuentro tu fortaleza cada día.
Amén

Reavivar la memoria de Jesus

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26 de junio de 2011
El Cuerpo y la Sangre del Señor
Juan 6,51-58

La crisis de la misa es, probablemente, el símbolo más expresivo de la crisis que se está viviendo en el cristianismo actual. Cada vez aparece con más evidencia que el cumplimiento fiel del ritual de la eucaristía, tal como ha quedado configurado a lo largo de los siglos, es insuficiente para alimentar el contacto vital con Cristo que necesita hoy la Iglesia.
El alejamiento silencioso de tantos cristianos que abandonan la misa dominical, la ausencia generalizada de los jóvenes, incapaces de entender y gustar la celebración, las quejas y demandas de quienes siguen asistiendo con fidelidad ejemplar, nos están gritando a todos que la Iglesia necesita en el centro mismo de sus comunidades una experiencia sacramental mucho más viva y sentida.
Sin embargo, nadie parece sentirse responsable de lo que está ocurriendo. Somos víctimas de la inercia, la cobardía o la pereza. Un día, quizás no tan lejano, una Iglesia más frágil y pobre, pero con más capacidad de renovación, emprenderá la transformación del ritual de la eucaristía, y la jerarquía asumirá su responsabilidad apostólica para tomar decisiones que hoy no nos atrevemos ni a plantear.
Mientras tanto no podemos permanecer pasivos. Para que un día se produzca una renovación litúrgica de la Cena del Señor es necesario crear un nuevo clima en las comunidades cristianas. Hemos de sentir de manera mucho más viva la necesidad de recordar a Jesús y hacer de su memoria el principio de una transformación profunda de nuestra experiencia religiosa.
La última Cena es el gesto privilegiado en el que Jesús, ante la proximidad de su muerte, recapitula lo que ha sido su vida y lo que va a ser su crucifixión. En esa Cena se concentra y revela de manera excepcional el contenido salvador de toda su existencia: su amor al Padre y su compasión hacia los humanos, llevado hasta el extremo.
Por eso es tan importante una celebración viva de la eucaristía. En ella actualizamos la presencia de Jesús en medio de nosotros. Reproducir lo que él vivió al término de su vida, plena e intensamente fiel al proyecto de su Padre, es la experiencia privilegiada que necesitamos para alimentar nuestro seguimiento a Jesús y nuestro trabajo para abrir caminos al Reino.
Hemos de escuchar con mas hondura el mandato de Jesús: "Haced esto en memoria mía". En medio de dificultades, obstáculos y resistencias, hemos de luchar contra el olvido. Necesitamos hacer memoria de Jesús con más verdad y autenticidad.
Necesitamos reavivar y renovar la celebración de la eucaristía.

José Antonio Pagola

Corpus Christi

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26/06/11
Día de la Caridad: “Sociedad con valores, sociedad con futuro”
Monasterio Sagrada Familia (Oteiza de Berrioplano)
Texto-homilía del Capellán, Ramón Sánchez-Lumbier

Después de la multiplicación de panes y peces, el evangelio de Juan coloca en labios de Jesús un discurso pronunciado en la sinagoga de Cafarnaún. Es como una catequesis: Jesús es el Pan vivo en el desierto de la existencia. Y puede saciar el hambre más radical de todo ser humano. Su Palabra era, es y será alimento para cuantos creen en Él (cf. 1ª lect. y evangelio).
“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida…; el que come este pan vivirá para siempre”. Escándalo general y todo un reto para el discípulo. ¡La carne y la sangre de Jesús! Dios se nos hizo hombre y pan, hermano y manjar; sangre derramada, vida entregada por amor a todos.

Las primeras comunidades cristianas actualizaban en la Eucaristía su presencia salvadora. Partían y compartían el Pan, brindaban con el cáliz de la Salvación, celebraban el triunfo del Amor. Los creyentes en Jesucristo se sabían unidos como miembros del mismo Cuerpo del Señor. Por Él, con Él y en Él, “Pan vivo bajado del cielo”, los cristianos formamos “un solo cuerpo” (cf. 2ª lect.).

¿Por qué no subrayar la insistencia del texto? Y es que, también hoy, ante las palabras de Jesús, coexisten fe, escándalo e indiferencia. Además, la increencia, a veces, se hace burla y sacrilegio, insulto y persecución… Pero la fe viva y la adhesión inquebrantable hoy se hacen adoración y alabanza, compartir fraterno y canto familiar, gratitud y compromiso, gozo y esperanza.

La Iglesia, que necesita unidad y paz (cf. oración sobre las ofrendas), celebra la fiesta del “Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo” y suplica que todos podamos llegar a vivir con gozo la misma vida de Dios (cf. oración post-comunión). Lo dijo Él: “el que me come vivirá por mí”; “el que come este pan vivirá para siempre”.

Hermanas, amigos, lo sabemos y lo repetimos: la Eucaristía es misterio de comunión con Dios y con los hermanos. “La Eucaristía hace presente constantemente a Cristo resucitado, que se sigue entregando a nosotros, llamándonos a participar en la mesa de su Cuerpo y su Sangre. Y de la comunión plena con Él brotan cada uno de los elementos de la vida de la Iglesia; en primer lugar, la comunión entre todos los fieles, el compromiso de anuncio y de testimonio del Evangelio, y el ardor de la caridad hacia todos, especialmente hacia los pobres y los pequeños”. (Benedicto XVI)

Sí, damos gracias a Dios porque la Eucaristía es la señal-clave de nuestra identidad, “el Sacramento de nuestra fe”. Caminamos hacia el Padre y nos alegra saber que Jesucristo es, a la vez, Camino y Buen Pastor; también, el mejor Alimento. “Estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc 22,27). Estas palabras del Señor Jesús centran nuestra atención y compromiso este año en la fiesta del Corpus Christi cuando la Comunidad Europea celebra el Año Europeo del Voluntariado. Dos celebraciones que para nosotros, cristianos, no resultan entre sí extrañas ni indiferentes, sino muy relacionadas y mutuamente implicadas. En el misterio de la Eucaristía hacemos memoria de la vida del Señor entregada hasta el extremo, hasta darlo todo, hasta hacerse Cuerpo entregado y Sangre derramada. «Cada celebración eucarística actualiza sacramentalmente el don de la propia vida que Jesús ha hecho en la Cruz por nosotros y por el mundo entero» (Benedicto XVI).

Y en el acto oblativo de Jesús, hacemos también memoria de todos los hombres y mujeres que saben hacer entrega de su tiempo, su trabajo, su servicio, su vida en favor de los hermanos. Por eso, cuantos creemos en Jesús y hemos decidido hacer de nuestra vida una vida entregada con Él al servicio de los otros, encontramos en la Eucaristía la fuente y el alma de nuestro voluntariado. (cf. Mensaje de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, de la CEE).

Hermanas y amigos: Jesús de Nazaret se nos hizo hermano, compañero, maestro y salvador. Resucitado de entre los muertos, orienta nuestros pasos y aviva la esperanza porque es garantía de futuro y sustento cotidiano. Su entrega pascual, acogida con fe, suscita y hace crecer la novedad de la vida eterna. Él nos asoma al corazón de Dios. Es el Viviente que nos ofrece vivir su misma vida por obra de su santo Espíritu.

Si Él se entregó por nosotros y por todos, también nosotros debemos dar la vida por Él y por los hermanos. Jesucristo, adorado y recibido en el misterio eucarístico, está presente, a su vez, en el misterio del prójimo. Este domingo del Corpus nos pone de rodillas adorando al Amor bajado del cielo. La piedad sincera de los hijos de Dios, expresada y potenciada en la adoración del Santísimo, aportará igualmente audacia y coraje para el testimonio público.

El Señor Sacramentado fortalece nuestro caminar peregrino en fe, esperanza y amor. Unidos a Él, renovemos la entrega personal, en ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. ¡Día del Corpus, Día de la Caridad!, ¡bendición de todo generoso voluntariado! Corpus, Campaña de Cáritas cuya obra y servicios alaban “cielos y tierra” tanto más cuanto mayor es la indigencia y el apremio de millones de gentes. Lo vemos, más aún, en nuestros días. Y Cáritas mendiga algo de todos para mejor servir a las personas y dignidad de todos.

viernes, 24 de junio de 2011

Adoración final de la Pascua

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Después de haber dado gracias a Dios por lo que ES (Fiesta de la Trinidad) hoy agradecemos a JESÚS por lo que nos ha DADO.
El milagro más grande de Jesús es: que COMULGUEMOS con su CUERPO RESUCITADO.
DiumCorpA11cas

Cuerpo y Sangre de Jesús

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En la mesa de la vida, en el banquete del desarrollo, hay muchas y graves ausencias, que no podemos pasar por alto. Las estadísticas nos alarman, de vez en cuando, respecto al sinsentido de nuestro olvido. Ciertos acontecimientos puntuales sacuden nuestra indiferencia y nos mueven a la solidaridad. Pero no basta con esas buenas respuestas esporádicas, porque la pregunta, la interpelación es constante. Más aún, es urgente, pues el hambre está causando demasiadas víctimas, para que nos encojamos de hombros. Urge una más justa distribución de la riqueza, es inaplazable la solidaridad en el reparto de los alimentos, ya que es insostenible una mesa repleta de comensales hartos, en medio de una multitud muerta de hambre. En el banquete de la humanidad es urgente que estemos todos compartiendo el pan y disfrutando de la palabra.
Luis Betés
_CUERPO





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