martes, 26 de enero de 2010

Haití. Esfuerzos sepultados

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Montaje en Power Point que muestra el testimonio de "Adonai", responsable de los redentoristas en Haití, agradeciendo la solidaridad e invitandonos a la reflexión y el recuerdo por todos los que han fallecido en esta tragedia.
Haití

lunes, 25 de enero de 2010

"Supuestamente" irregulares y el deber de empadronar

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A raíz del acuerdo del Ayuntamiento de Vic de no empadronar a las personas sin permiso de residencia, se ha abierto un debate sobre la presunta incoherencia entre un hecho (estar irregularmente en España) y un derecho (estar empadronado y lo que implica).
La discusión revela al menos tres cosas:
• Una: hasta qué punto los ciudadanos estamos carentes de la más mínima cultura jurídica.
• Dos: el poco nivel de determinadas autoridades, incluidas las que han pasado por las Facultades de Derecho.
• Y tres, más importante: lo bajo que cotiza la dignidad humana.

Trataremos de aclarar algunas ideas básicas:
• Una cosa es la situación “material de hecho” (p.e., acabar de nacer, haber cometido un delito, haber superado un semáforo en fase roja o no contar con permiso de residencia legal).
• Otra muy diferente es la traducción “formal del Derecho”: así, no hay acceso a la personalidad jurídica hasta después de 24 horas de nacer, sólo se “es” delincuente cuando se dicta una condena firme tras un juicio con todas las garantías, únicamente se puede imponer la multa después de las alegaciones del conductor, contrastar las pruebas, etc., y, finalmente, una persona exclusivamente “es” irregular” cuando así se determine al término de un procedimiento con todas las garantías de la Ley de extranjería.
No hay contradicción alguna entre los términos materiales y los formales: simplemente se llama “garantías jurídicas” y han costado sangre y siglos formularlas. Por consiguiente, establecida jurídicamente y en firme la situación fáctica de irregularidad, en tanto no se ejecute la eventual expulsión, la persona extranjera permanece en territorio nacional sometida a todos los derechos y deberes que esta circunstancia territorial implica.
El Derecho, como la Democracia, también son las formas. Ayuno de las garantías procedimentales, el Derecho sustantivo deviene en totalitario. Por lo tanto, del mismo modo que, por respeto al Estado de Derecho, hablamos de “supuesto delincuente” (aunque haya hecho esfumarse delante de nuestras narices todos nuestros ahorros) hasta que no sea ejecutoriamente condenado, en rigor deberíamos empezar a hablar de “supuestamente irregular”: sólo se “es” irregular cuando así se haya establecido al término de un procedimiento reglado que, en su caso, culmine con la orden de expulsión y su efectiva ejecución.
Mientras tanto, dispone de los derechos recogidos en la legislación que son de aplicación a todas las personas que permanecen sometidas al paraguas legal e institucional del Estado en cuyo territorio se ubican. Incluido, por supuesto, no sólo el derecho sino el deber de estar empadronado. Entre otras razones, porque el Padrón, amén de puerta de acceso a la cobertura de necesidades elementales protegidas por la Declaración Universal de los Derechos Humanos, es, sobre todo, un instrumento de verificación estadístico que permite a las autoridades conocer el número de personas (y algunas de sus circunstancias) que habitan efectivamente en un territorio, con el fin de programar las politicas necesarias de orden público, sanidad, etc.
El no empadronarlos “porque van a ser expulsados”, además de anticipar el resultado “contra el reo” y de pervertir la lógica del buen Derecho, supone el ejercicio de una gravísima irresponsabilidad política de nefastas consecuencias en el ámbito de la sanidad y el orden público (difusión de enfermedades no controladas, proliferación de población sin domicilio conocido….).
En suma, abre un auténtico agujero negro que impide conocer elementalmente la realidad humana de un municipio. Sería una paradoja tener censadas todas las hayas o las ardillas y no hacer lo propio con las personas. De fondo subyace una peligrosa deriva hacia la relativización de la dignidad humana. Esta, por intrascendente, acaba perdiendo por el camino la universalidad de sus atributos y el efectivo ejercicio de los derechos humanos.
Por último, deben mencionarse los derechos de todos los niños (la Convención de 1989 es de directa aplicación en España) a que prevalezca su interés superior y su derecho a la educación, a la sanidad, etc., por encima de cualquier otra consideración, incluso cuando eventualmente fuere legítima.
A los regidores de Vic les vendría muy bien escuchar el Sermón de Fray Antón Montesino en 1511, recogido por Bartolomé de las Casas, cuando los encomenderos españoles tuvieron que oír desde el púlpito: “¿acaso no tienen animas racionales como nosotros los indios?” ¿Tendrán las aves rapaces más acceso a los censos que nuestros congéneres?

Jose Luis Segovia
Profesor de de Ética Social y DSI
Universidad Pontificia de Salamanca-ISP

¿Está Dios en Haití?

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Juan A. Estrada
Desde la perspectiva científica el terremoto tiene una doble explicación. Por un lado, una zona sísmica, siempre amenazada por terremotos y maremotos, que se suceden con frecuencia.
Por otra, que se ha practicado una deforestación masiva del país, que contrasta con la superficie de la República Dominicana, la otra parte de la isla.
Además se ha dado una sobreexplotación del suelo, un agotamiento de los recursos naturales, en parte por empresas que han sido pan para hoy y hambre para mañana, y una fuerte explosión demográfica bajo gobiernos corruptos y dictatoriales, como los Duvalier, cuyo heredero se gasta hoy su fortuna en Francia. Cuando el terremoto llegó casi todo se vino abajo, incluido el centro histórico y las instalaciones estatales. Pero el barrio rico y moderno de Pétion Ville, en Puerto Príncipe, apenas ha sufrido daños. Es una isla segura, sólida y bien librada del azote natural.
La conclusión es evidente: con otra política y gobierno, otra distribución de la riqueza y otro tipo de construcciones se hubiera amortiguado mucho la violencia de la naturaleza en el país más pobre de América. Antes que preguntarse por Dios, ¿por qué permite esto?, hay que preguntar al hombre ¿cómo consentimos que tantos seres humanos vivan en la miseria, indefensos ante la naturaleza?
La tragedia de Haití sigue al tsunami de Indonesia y vendrán muchos más, porque tres cuartas partes de la humanidad viven en la pobreza, sin medios para controlar la naturaleza. Tenemos los recursos técnicos y materiales para reducir al mínimo estos desastres, pero la distribución internacional de la riqueza los invalida.
¿Y dónde está Dios? Seguimos esperando milagros divinos que cambien el curso de la naturaleza; apelamos a la Providencia para que intervenga en las catástrofes naturales; rezamos y pedimos prodigios y señales. Y Dios guarda silencio y no actúa como esperamos. No aprendemos de la historia. No paró la cruz en el Gólgota; no intervino para evitar Auschwitz; no es el Dios relojero de Newton, que ajusta el reloj natural de vez en cuando; no modifica las leyes de la creación, descubiertas por la ciencia.
El hombre y el universo son obra de un creador que respeta la libertad humana y el dinamismo de la naturaleza. Si buscamos al Dios milagrero, siempre a la escucha de los deseos del hombre, busquémoslo en otra religión, no en la del Dios crucificado. Es inconcebible que los cristianos sigamos esperando intervenciones prodigiosas, como en tiempos de Jesús, sin asumir la mayoría de edad del hombre y la autonomía del universo, cuyas leyes conocemos mejor y cada vez más.
En cambio, encontraremos a Dios, si lo buscamos identificándose con las víctimas y llamando a los hombres de buena voluntad a la solidaridad y la justicia; si esperamos que Dios nos inquiete, nos provoque y nos llame a colaborar de mil maneras para mitigar el dolor en Haití; si creemos que Dios no es neutral y que el contraste entre el gran mundo pobre y la minoría de países ricos clama al cielo. Hay que ayudar a Dios para que se haga presente en Haití, porque necesita de los hombres para que llegue ahí el progreso y la justicia. Los muertos y refugiados de la catástrofe tienen hambre de justicia, la de las bienaventuranzas, y Dios necesita testigos suyos para hacerse presente.
Nadie puede hablar en nombre de las víctimas sin experimentar sus sufrimientos ni padecer su forma de vida, sólo hacernos presentes a ellos. El protagonismo corresponde al ser humano: Dios es autor de la historia, en cuanto inspira, motiva y envía para la solidaridad y la justicia. El Dios cristiano no es la divinidad griega que siente celos del hombre y castiga a Prometeo, sino el que se enorgullece de la capacidad para generar vida con la ciencia y el progreso, sólo exigiendo que los recursos naturales se pongan al servicio de todos.
Hay que actuar como "si Dios no existiera" y todo dependiera de nosotros, universalizar la solidaridad y cambiar las estructuras internacionales que condenan a pueblos enteros a la miseria. Desde ahí podemos esperarlo todo de Dios y pedirle que fortalezca, inspire y motive a los que luchan por un mundo más justo y solidario.
Dentro de pocos meses Haití será un mero recuerdo, excepto para los que siguen allí, y los habremos olvidado, como a Indonesia o las hambrunas del África subsahariana. La gran tragedia del siglo XXI es la de una humanidad que tiene recursos para acabar con el hambre y mitigar las catástrofes naturales, pero prefiere emplearlos en armamento, para defenderse de los pobres; en policías, para evitar que lleguen a nuestras islas de riqueza y en los despilfarros consumistas de una minoría de países.
Del mal de Haití somos todos responsables y la solidaridad no puede quedarse en el acontecimiento puntual, aunque sea necesaria, sino que exige otra forma de vida.

Sábado 23 de enero de 2010.
Fuente: Diario de Cádiz

jueves, 21 de enero de 2010

“Haití: Dios llora en la tierra”, carta de Mons. Jesús Sanz

Por Con 1 comentario:
Queridos hermanos y amigos: paz y bien.
Una vez más nos han saltado las alarmas. De nuevo hemos sido humillado en donde más nos duele: los pobres más pobres. No es la mano justiciera de un hada vengativa que se ríe de los opulentos del tener y del poder, sino un extraño e indeseado infortunio que se zafa ante un pueblo de por sí precario y mendigo.
Haití ha sido y sigue siendo en su interminable morgue, un tremendo dedo acusatorio que no sabemos a quién se dirige ni quién lo enarbola. Pero un dedo que se mete intruso en nuestra llaga más vulnerable y nos hace espantarnos ante una tamaña tragedia que nos deja sin hálito, sin palabra, sin nada. Y así lo hemos vivido y lo seguimos viviendo. No se trata de la cuestión de cuántos compatriotas hay bajo los escombros, o cuántos de los nuestros sean quienes sean éstos. Da casi lo mismo, y aunque no podemos ser insensibles a nuestro terruño y más a nuestra sangre, la muerte nos hace a todos iguales y lo único que nos sobrecoge es el hecho en sí mismo, sin pasaporte en ristre, sin parentesco, sin credenciales.
No han sido pocos los que se han preguntado de modo sincero por qué, e incluso no han faltado quienes se interrogan sobre el quién. Y no se halla respuesta a ninguna de las dos cuestiones por más vueltas que le demos: por qué suceden estas cosas que tanto nos duelen, quién sería el responsable al que dirigir nuestra protesta.
Y sin embargo, sí que existen esas respuestas por más que sea complejo hallarlas. Por un momento, nos damos cuenta de cuántas cosas a diario gozamos, tenemos, intercambiamos, dando por supuesto que todo eso debe ser así, dándolo por descontado, perdiendo demasiado a menudo el horizonte del don que significa el hecho de vivir, de caminar, de ver y oír, de amar. Acaso, a fuerza de sernos cotidianas todas estas cosas, perdemos de vista que suponen un regalo continuo, un don permanente.
En segundo lugar, el hecho de que los medios de comunicación nos acerquen en tiempo real lo que está sucediendo a miles de kilómetros, nos permite situarnos dentro de esta aldea global con una conciencia de proximidad que no permite que seamos indiferentes. No estamos asistiendo impávidos a una catástrofe que no tiene que ver con nosotros, que no nos afecta, sino que sentimos la necesidad no sólo de agradecer lo que tenemos como don y regalo, y hacer algo por quienes de pronto todo lo han perdido. Esta solidaridad nos hace humanos, nos saca de nuestros agujeros de seguridad y de nuestras fugas egoístas. Y nos permite adivinar con saludables sobresaltos que la humanidad no empieza ni termina en el patio de mi casa que es particular, sino que hay demasiados rincones de este mundo en donde hay gente que sufre, que está falta de libertad, de paz, de pan, de dignidad, de afecto, de fe. Una tragedia así, nos hace despertar de nuestras dormideras.
Por último, la gran pregunta que tantos se han hecho: ¿y Dios, dónde estaba? Sin duda que no estaba jugando al golf, haciendo turismo estirado o distrayéndose podando bonsáis. Dios estaba en las víctimas, muriendo con ellas una vez más. Pero también está en la gente que está entregado su tiempo, su dinero, sus talentos y saberes para ayudar a sus hermanos: ahí están las manos de Dios repartiendo ternura, ahí sus labios diciendo palabras consoladoras, ahí sus silencios cuando es callando como se dicen las mejores cosas, ahí su corazón cuando sabe palpitar con el latido de la gente que tiene entraña.
Nos unimos al dolor de ese pueblo hermano, ofrecemos nuestra oración por el eterno descanso de los que han perdido la vida, y nos brindamos de tantos modos a ayudar a cuantos necesitan todo tipo de consuelo, de esperanza, para levantar todo desde las cenizas.
Recibid mi afecto y mi bendición,

Fr. Jesús Sanz Montes, ofm
Obispo de Huesca y de Jaca
Por SIC el 18 de Enero de 2010

Tercer Domingo Tiempo Ordinario

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24/01/2010
La espiritualidad cristiana consiste en ir dejándonos seducir
por la alegre noticia de que hay esperanza.

Tiempo Or2..

lunes, 18 de enero de 2010

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

Por Con No hay comentarios:
Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal para las Relaciones Interconfesionales con motivo de la Semana de oración por la Unidad de los Cristianos

Semana de..

jueves, 14 de enero de 2010

Oración de Gratitud

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Con el alma sobrecogida aún por el fallecimiento de mi madre, Carmen, su recuerdo vive en mí habitado por su constante presencia: sus fotos, su ropa, su modo de ordenar su casa... los momentos más intensos de la historia de su vida (¡tantas veces me los contó!) se agolpan, recurrentes, en mi memoria agradecida.
Me siento deudor de su amor y, de todo corazón, agradezco vuestras muestras de cariño y de condolencia. Albergo la esperanza de que su "muerte no es muerte, sino tránsito feliz, descanso en el Señor".
La vida de mi madre, aunque con rachas mejores, estuvo, por su enfermedad (padecía una depresión nerviosa desde sus veinte años) atestiguada por el dolor. Su natural alegría la acompañó siempre con el servicio a los demás. ¡No quería morirse y la muerte se la llevó cuando aún albergaba sueños y tenía proyectos para realizar.
Con palabras de San Agustín que hemos reescrito como epitafio de su tumba, confío en que "su recompensa será grande, porque Dios la probó en el sufrimiento y la encontró digna de Él".
Vuestras condolencias han sido para mí, para mi familia como una "lluvia de rosas" que permanecerá, lo sé, siempre junto a su "corona de oraciones".
En comunión de vida,
Cefe.

Carmen[1]





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